Posteado por: mellondeep | 23/11/2011

Quiero entender el mundo

Hace unos meses leí que los chimpancés hablan, mienten y hacen poesía. Nosotros los humanos, al ser una de las versiones más evolucionadas de los chimpancés, tenemos la capacidad de poder hacer las tres cosas a la vez. A esta conclusión debí haber llegado hace mucho tiempo, pues me hubiese servido de bastante en mi empeño por comprender cómo funciona el mundo, y para explicarme situaciones no tan extremas como la que voy a describir, pero que con mayor o menor intensidad o duración me toca vivir con cierta frecuencia, y que me hacen preguntarme cosas tan triviales como qué habré hecho yo para que me caigan encima muertos de este calibre.

Era una mañana como otra cualquiera en el trabajo. A una determinada hora, una figura desconocida para mí, como tantas otras que aparecen por la entrada, hizo acto de presencia, y preguntó por algún responsable. Estas preguntas ya me causan algo de no-sé-qué, pero la cuestión es que para gilipolleces, yo era (y soy) el responsable, así que por cojones me tocaba atenderle.

Se presentó. Por supuesto, no recuerdo su nombre, aunque tampoco viene al caso. Tampoco recuerdo -y ésto sí me resulta llamativo- a qué me dijo que se dedicaba exactamente. La cuestión es que el tío hizo una breve presentación, y acto seguido empezó a hablar. Mientras pasaba las hojas de un gran catálogo, largaba y largaba sin ningún miramiento. Que si os puedo hacer el rótulo de la empresa, que si hago publicidad en programas de radio, que si toco algo el teatro, que si no me apetecería un cartelito luminoso. Mi cabeza se iba cargando de in-formación, y el tío sólo hacía pequeñas pausas para coger aire que yo me encargaba de rellenar con monosílabos, mientras le miraba, perplejo y fascinado por tanta capacidad de verborrea. Aunque echando la vista atrás, lo que más me sorprendió fue el hecho de que yo le escuchase atentamente durante varios minutos sin ponerme a pensar en mis cosas, que es lo que he solido hacer toda mi vida con todo aquel que se dignase a hablarme sobre algo, interesante o no. Pero con gente así, estas viejas costumbres se convierten en auténticos mecanismos de defensa.

La única vez que me permitió articular más de una palabra, procedí a detallarle las expectativas reales de negocio que, a día de hoy, tenía con mi empresa, con una frase del tipo “no está el horno para bollos”, “menudo va el negocio como para pensar en publicidad”, “con este panorama ni se lo plantearé a mis jefes”, o algo así. Y fue entonces cuando de su boca, si mal no escuché, salieron unas palabras que me dejaron totalmente anonadado:

-Pues se empiezan a ver brotes verdes.

Creo que fue al terminar de decir esto cuando por fin se calló. Me acordé de uno de aquellos espectáculos de variedades de Jose Luis Moreno que me tragaba los sábados por la noche en casa de mis abuelos cuando era pequeño. No sé por qué extraña razón me encantaban aquellos programas. Y en ellos había un momento cumbre: aquel en el cual Rockefeller le soltaba a su mentor un sonoro “¡¡Toma morenooooo!!”, a cuento de cualquier barbaridad.

Se empiezan a ver brotes verdes”. Es una frase que he oído en más de una boca. Un intento de profecía que algún sinvergüenza se inventaría hace algunos meses con la esperanza de convertirlo en un hit, pero que la cruda realidad se encargó de ponerla de nuevo bajo tierra, a la espera de tiempos mejores. Desde luego, si alguien se tragó aquello, poseía una curiosa percepción de lo que solemos conocer como realidad.

Tras haberse adornado con sus brotes verdes, el buen hombre guardó silencio. Parecía que había llegado mi turno de palabra, y en un principio me debatí entre tres posibles actitudes a tomar, cada una con su respuesta pertinente.

Darle la razón como a los tontos con un “pues sí, se empiezan a ver brotes verdes. Debe ser la primavera”.

Dudar de su afirmación, con una especie de “uf, no sé yo…” o similar.

O, por el contrario, responder de la forma más clara, escueta y sincera que se me ocurría: “eres gilipollas”.

Pero preferí no decir nada, quizá ante la duda, o quizá ante la certeza de estar ante uno de esos tipos a los que, de forma irremediable, cada palabra que le dirijas desencadena torrentes por su parte, decenas de frases a cada cual más intrascendente. Siento absoluta fascinación por este tipo de gente que, sin ton ni son, te empiezan a contar su vida, y por conocer algún día qué extraño proceso puede tener lugar en sus cabezas para actuar de esta forma.

Total, que el tipo, en respuesta a mi no-respuesta, continuó hablando. Yo le miraba fijamente. Sus ojos bailaban frenéticamente hacia todas direcciones.

-Y también hago imitaciones. Como podrás deducir, lo mío son las letras -sentenció.

Aquello era increíble. Ya no sabía si me estaba ofreciendo algún producto o pidiéndome trabajo.

Me pregunto cómo esta gente puede seguir existiendo con el paso de los años, cuando siempre que topamos con uno se nos asemejan a algo parecido a una especie en extinción. En mi intento por comprender el mundo, me resulta especialmente llamativo constatar ese vicio popular tan extendido por servirse de los recursos de los demás sin intercambio, sólo por el propio interés. Yo hablo, y si no te interesa, sigo hablando.

Quizá la gran mayoría somos incapaces de hacernos a la idea de que sólo somos eso, ideas y poco más, en la cabeza de los demás. Igual que los demás lo son en la nuestra.

Cuando era pequeño me daba miedo cualquiera, por aquello del tamaño y la supremacía física. Conforme he ido creciendo, mis miedos se han ido enfocando hacia quienes intuía que podían hacerme daño, y no físico, precisamente. Que, todo sea dicho, era un grupo bastante numeroso, porque cuando uno se siente vulnerable, cualquiera que se le pone enfrente puede joderle el dia. Con el paso del tiempo diría que he recortado bastante el círculo, y ahora sólo siento algo de miedo cuando se cruza en mi camino algún desconocido con tiempo libre, de esos que te plantan el spam en las narices pensando que el tiempo de los demás tiene el mismo valor irrisorio que el suyo.

Le leí a Millás algo así como que el mundo se entiende mejor desde la literatura que desde la historia. No sé yo, pero desde luego, se entiende mucho peor desde el comportamiento de algunos individuos de la especie humana.

A todo esto, el tipo seguía hablando. Al final sonó el teléfono. Sentí que se me abrían las puertas del cielo, y pude por fin quitármelo de encima. Salí disparado hacia el venerable aparato, librándome de él.

Descolgué el auricular. Era publicidad.


Respuestas

  1. Cuando sonó el teléfono posiblemente fueran los de Jazztel o Movistar, o vete tu a saber quién, dando el coñazo. Pero lo cierto es que mientras el operador rebobinaba el rollo que le había metido a la llamada anterior, posiblemente ese chico o chica pensara en que esa no era la mejor forma de invertir su tiempo, por mucho que le pagaran por ello.
    Y es que el trabajo nos aliena, nos hace soportar situaciones que no podemos enviar a la papelera de reciclaje.
    En el fondo, la situación te ha hecho reflexionar sobre esto. Quizás si este señor no hubiera entrado, hubiera pasado el día sin ninguna relevancia. Y quizás también, el señor cuando oyó cerrarse la puerta tras si, se dio cuenta de lo cerca, sino pegando, que había estado del ridículo.
    Pero como tu bien dices en una frase que todos deberíamos de tener en un post-it pegado en el espejo para leerla cada mañana:
    ”Quizá la gran mayoría somos incapaces de hacernos a la idea de que sólo somos eso, ideas y poco más, en la cabeza de los demás. Igual que los demás lo son en la nuestra.”
    Simplemente eso. Somos ideas, y valoramos cada instante y cada palabra, juzgando unas veces mas directa que indirectamente. Pero que carajo, ¿quién no juzga a quién?

  2. ¿Quién no pre-juzga a quién? Pues sí, lo hacemos con bastante frecuencia, y es más sano no tener prejuicios que tenerlos, pero en muchas ocasiones este acto de pre-juzgar a alguien obedece a otro mecanismo de defensa que creamos inconscientemente, como en estos casos.

    Estoy de acuerdo contigo (y en esto eres ya la voz de la -aunque sea corta- experiencia, y la última vez que hablamos te quise preguntar, pero entre tantos temas interesantes se me olvidó ;-) en que muchos de los que se dedican a esto de intentar vender son conscientes de que están perdiendo la mayor parte de su horario laboral -si no todo- a cambio de dinero. Entiendo que en estos casos la necesidad lo puede justificar. Pero lo que no entiendo es que muchas empresas -cuyos jefazos se “ganan” su sueldazo a base de reuniones intrascendentes en confortables despachos, viajecitos pagados, dietas y cosas así- vivan al margen de lo que sucede en la calle, y se tenga la idea de que este tipo de “estrategias” les causa beneficios, cuando a mi modo de ver no sólo no resulta rentable, sino que en muchos casos puede terminar dañando la imagen de las empresas. No entiendo, y por lo tanto no comparto, ese pensamiento al parecer tan extendido en el mundo empresarial, de que comiéndole la cabeza a la gente se vende más. Al menos conmigo jamás ha funcionado.

    Estamos en el siglo XXI. Que se den cuenta, joder. Si necesitamos algo, pues nos buscamos la vida, nos informamos por nuestra cuenta y decidimos, que nos sobran información y medios. Invirtiendo el tiempo que queramos o podamos en ello, y no el que otra persona nos robe a su costa sin nuestro permiso.

    Un abrazo, Iván. Nos leemos pronto :-)

    • Sinceramente creo que todo esto del tele marketing a los primeros que perjudica es a las propias empresas. Como tú dices, los usuarios no son tontos, y si tienes ganas de cambiar de compañía, pues lo harás, y si no, pues no.
      Con esto quiero decir que la gente que contrata los servicios por estas vías es de pura chorra. ¿Por qué? Pues por mil motivos, descontento con su compañía, tenía previsto cambiarse… mil y una cosas. Pero lo cierto es que ese usuario acabaría informándose por sí mismo, comparando ofertas y, en el fondo de todo, eligiendo.
      Cuando estuve en Jazztel el respeto en las llamadas era mínimo. Saltaba la llamada y tenías casi que ponerle un cuchillo en el cuello para que aceptara la oferta. Así, de repente, sin casi coger aire. Desde luego que hasta me parece una intromisión en la intimidad de las personas. Debería de estar mucho más regulado y nosotros, como clientes, deberíamos de quejarnos mucho más, pero no a los operadores, sino a las empresas que los contratan para cobran suculentas subvenciones por contratar a mujeres mayores de 50 años o a parados.
      Así está el mundo, a golpe de dólar/euro/libra. Y todo lo demás, queda para los románticos.


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