La mañana era soleada, sumamente agradable para estar en aquel lugar.
Me dirigí hacia una pareja que se encontraba sentada a la orilla del río para que nos recomendasen algún paseo que nos hiciese aún más ameno el día por allí. Junto a ellos se encontraba un nano que no tendría más de dos años, intentando dar sus primeros pasos con ayuda de la chica, que debía de ser su madre.
Mientras departía con ellos, le miré varias veces de reojo, reparando en la cuenta de que me observaba. Les pregunté por el nombre del figura.
-Se llama Adrián -respondió ella.
Me acerqué al nano y me agaché, para estar a su misma altura. Él fijaba ahora su atención en la llave de mi coche, que sobresalía de una de mis manos, cerrada para sostenerla. Entonces decidí ofrecerle la otra.
-Adrián -le dije- ¿te vienes con nosotros?.
No respondió. Se lo repetí de nuevo, y entonces asintió con la cabeza, al tiempo que agarraba la mano que le había ofrecido. Aunque su atención permanecía fija en la que portaba la llave del coche.
Comencé a caminar lentamente con Adrián, alejándome de sus padres. Él no echaba la vista atrás, mientras éstos se partían el culo. También mis colegas, viéndome llegar con el regalito de la mano.
Mis amigos le preguntaron si quería venirse, y él asentía siempre. No tenía ni puta idea de lo que le esperaba, y eso era precisamente lo que le fascinaba. Todo era nuevo. De vez en cuando volvía la vista a mi mano cerrada con la llave del coche; y, cargado de curiosidad por saber lo qué sería aquello, un par de veces hizo amago de abrirme la palma.
Tuvo que acercarse su madre a recogerle, porque no había manera de que Adrián les echase de menos.
-Es increíble -nos dijo al llegar- no para nunca. Desde las nueve que se levanta, hasta las once que se acuesta. Se pasa el día inventando.
Aquellas cinco palabras me pusieron del revés.
Quizá algún día, hace mucho tiempo, todos los adultos fuimos como Adríán. Quizá también yo llegué a ser como él. Sintiendo una voraz curiosidad por todo lo que me rodeaba. Sintiendo auténtica fascinación por lo desconocido.
Al parecer un buen día, o puede que en mitad de alguna noche, a los adultos nos cambiaron la configuración que traíamos de fábrica, y esas sensaciones tan primarias que sólo llevan a crear y construir fueron transformadas por miedo, pereza y todas esas cosas.
Pues desde ya, me revelo ante eso. Yo de mayor quiero ser -o volver a ser- como Adrián.
Crear y construir. Construir y crear. Y a poco más aspiro en esta vida.
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