Opino que todos aquellos y aquellas que nos dedicamos, aunque sea de vez en cuando, a esto de juntar palabras, lo hacemos por uno de estos dos motivos fundamentales: o bien para desahogarnos, o bien para intentar cambiar el mundo. A veces, incluso por ambas razones.
Lo primero es relativamente fácil; basta con que yo me siente aquí, y mi desahogo resultará más o menos directamente proporcional al nivel en el que decida abrirme, o en resumidas cuentas, ponerme a largar.
Lo segundo, al menos en lo que a mí se refiere, se me antoja cada día menos factible. Si lo hubiese sabido cuando empecé con todo esto, vete tú a saber, igual ni hubiese abierto la paraeta. Pero sin embargo a estas alturas, consciente ya de que no voy a conseguir cambiar el mundo, para mi sorpresa no me siento decepcionado. Ni respecto a mí mismo, ni respecto a nadie más.
Y no sólo eso, sino que por momentos me siento animado para seguir contando cosas.
No se ha producido ni se va a producir, como digo, ese efecto secundario de cambiar el mundo. Tampoco me han llamado de ningún periódico, ni de ninguna plataforma en la que pueda, de alguna manera, ganarme la vida contando mis batallas. Creo que ni siquiera he conseguido cambiarme a mí mismo, y esto sí que me resulta llamativo, después de tantas horas dedicadas a escribir sobre mí y sobre mi vida.
Porque uno siempre está hablando, lo quiera o no, de sí mismo. Y se está hablando, lo quiera o no también, a sí mismo. Esta página es un claro ejemplo de ello, y en ocasiones este extraño arte yo lo he llevado casi al extremo, pegándome auténticos homenajes en forma de palabras.
Pero en alguna que otra ocasión, extiendo esa especie de homenaje que me doy a ciertas personas de mi entorno. Hoy va a ser uno de esos días. Una de esas ocasiones en las que no me hace falta calentarme mucho la cabeza para plasmar ideas, porque casi salen solas. Y porque llevan bastante tiempo queriendo salir.
Hace ya muchos meses que no me llena mi trabajo. Esto en ocasiones es frustrante, y sólo quien ha pasado por algo así puede llegar a entenderme. Recuerdo que una idea que siempre he tenido presente desde hace varios años era que la naturaleza de mi trabajo no me permitía interactuar con personas parecidas a mí. O, dicho de otra forma, que me impide conocer gente de ésa que me suele resultar interesante. Exacto: no puedo ligar. Pero además me reduce drásticamente las posibilidades de hacer nuevos y buenos amigos.
Por eso una parte de mí no se terminaba de convencer cuando aparecieron por allí dos clientes nuevos. Jóvenes, en comparación a las carrozas que estoy acostumbrado a ver. Extrañamente amigables y abiertos me resultaban la rubia y el moreno cuando se dirigieron por primera vez a mí, según me recuerdan preguntándome por un abrelatas “de verdad”. Habituado a tratar con alcornoques y vejestorios más cerrados que los politiqueros de mi pueblo -y la mayoría, con un nivel de educación bastante peculiar-, no recuerdo bien qué pudo pasarme por la cabeza la primera vez que posé mi vista, mi oído, y no sé si algún sentido más sobre esta pareja, pero puede que fuese algo parecido a una bocanada de aire puro y fresco.
Solían venir los viernes. A veces en pack, o a veces venía sólo el moreno. Lo mismo me daba. Yo tenía la certeza de que ese día para mí iba a tener cinco minutos, diez, o incluso quince, diferentes al resto de la semana. Enriquecedores. Y este hecho me hacía afrontar el día con más optimismo e ilusión.
No hace mucho tiempo que me di cuenta de lo tremendamente estrecho y cerrado que me he mostrado hasta hace muy poco a la hora de relacionarme con desconocidos. Quizá el hecho de haber vivido siempre en un pueblo pequeño, unido a alguna que otra experiencia negativa, me hacían sentirme en terreno pantanoso cuando se trataba de abrirme por iniciativa propia a conocer gente. Pero llegó un momento en el que, o bien por estar hasta los huevos de ser así, o por tomar consciencia de estar perdiéndome muchas cosas y muchas personas por la pereza de no quitarme ese estúpido prejuicio, decidí que había llegado el momento de dar un vuelco a mi carácter en este sentido. Y felizmente para mí, mi apertura al mundo ha coincidido con la época en la que se me ha presentado en bandeja la posibilidad de conocer, y dejarme conocer, por estos dos elementos.
Recuerdo la gratitud interior que sentía cuando el moreno, en nuestra tercera o cuarta conversación con un mostrador por medio, ya me estaba invitando a viajar con ellos a su país. Pero sobre todo recuerdo expresiones, y recuerdo miradas. No sé si con el tiempo y la observación he podido aprender algo sobre lecturas en frío, pero cuando miraba a esos dos pares de ojos, no sé si cegado por mi ilusión y mis sentimientos, creía vislumbrar lo mismo o algo similar a lo que sabía que mostraban los míos.
Tras un par de meses de breves charlas, hubo un día especialmente productivo. Recuerdo que estuvimos hablando, entre risas, de esa gran certeza que es el hecho de que la gente no sabe -sabemos- escuchar algo ajeno a nuestro propio diálogo interior. También, quizá a cuento de esto, pasamos de puntillas sobre lo interesante que nos resultaba la programación neurolingüística. Y fue en esta ocasión, coincidiendo también con el hecho de que me preguntasen por mi identidad en cierta red social para agregarme, cuando supe que tenía que hacer todo lo que estuviese en mi mano por acercarme a la rubia y al moreno. Avisándoles, eso sí, de que no se asustasen de lo que pudiesen leer o descubrir sobre mí en la red, o lo que es lo mismo, aquí.
Después de eso, pasaron algunas semanas infructuosas, en las cuales un par de mensajes enviados por mí animándoles a quedar fuera del trabajo no dieron resultado, y ya empezaba a pensar que eran como tantos otros con los que parece que uno siempre tiene que quedarse a las puertas de todo, cuando me crucé con ellos alguna tarde, con la lengua fuera (con la lengua fuera yo, quiero decir) porque estaba empezando a salir a correr, y cruzamos algunas impresiones.
Una de aquellas tardes llegué en tal estado de excitación a casa que tuve tentaciones de abrir un documento como éste, para rellenarlo y colgarlo sólo con una palabra: “gracias”. Pero en realidad nadie lo iba a entender, empezando quizá por mí mismo. En cualquier caso, lo que viví en aquellos momentos creo que estableció en mi mente la certeza de que más temprano que tarde el tiempo nos pondría en nuestro lugar, y eso era lo realmente importante, así que decidí echar un poco de paciencia y estar a la expectativa, cosas que por otra parte últimamente se me dan bastante bien.
Por fin -y en esto sí creo que tuvo mucho que ver un artículo sin alusiones que escribí aquí, aunque a mí sólo me corresponde sospecharlo-, una tarde de junio la rubia se puso en contacto conmigo, y se ofreció, junto al moreno, a acompañarme a presenciar una puesta de sol en un magnífico mirador de Edeta, y a pasar unas horas en mi casa.
La puesta de sol fue la hostia. Pero para mi sorpresa, esas preciosas imágenes que tomé del astro rey ocultándose tras las montañas fueron casi lo que menos sacudió todo mi ser aquella tarde – noche.
Fue durante aquellas horas cuando pudimos realmente presentarnos sin interrupciones. Bueno, no exactamente, porque quien me conozca sabe que hablando conmigo interrupciones no van a faltar. Pero fue aquel día, tratando e introduciendo tantos temas interesantes sobre el mundo, sobre la vida, y sobre lo que nos apeteció hablar, cuando de verdad pude entrever lo que podían aportar a mi existencia esas dos personas, que además eran marido y mujer; así que iba a tener la suerte de disfrutar de la compañía de ambos a la vez, lo cual -y a esta conclusión estoy llegando mientras escribo estas líneas- quizá podría servirme también para aprender a hablar para más de un receptor, que era lo contrario de lo que yo estaba acostumbrado a hacer hasta entonces.
No sólo me acosté tarde, sino que me costó mucho conciliar el sueño aquella noche de luna llena. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan activo interactuando con alguien, y mi mente aún hervía como una olla a presión cuando me tumbé en la cama.
Al día siguiente me levanté como un trapo, y sin embargo me sentía extrañamente feliz. Mi mente seguía activa e hirviendo, y tuve la impresión de que la digestión de aquella cena se prolongaría unas cuantas horas, o incluso varios días.
No me equivoqué. Pero lo mejor es que parece ser que alguien más estaba pasando por lo mismo que yo.
De todo lo que ha ocurrido desde entonces no hay mucho más reseñable para contar, salvo todo lo que me llevo cada vez que me junto con la rubia y el moreno para hacer un poco más grande nuestro mundo, y de paso para ver si se me pega algo de ellos. Para pasear, para correr, para comer, para cenar, para hablar, para hacernos buena compañía. Para lo que nos nazca hacer juntos, en definitiva. Por demasiadas razones, y todas buenas, no creo que olvide jamás este verano de 2011, pero sin duda ellos dos son la principal. Son la imagen que crea mi mente cuando recuerdo los mejores momentos vividos en esos meses en los que empecé a descubrirme a lo grande día tras día. Lo hubiese hecho igualmente sin ellos, pero no habría sido lo mismo.
Algunas de las personas con las que he tratado a lo largo de mi vida me han llegado a decir, o sino lo han insinuado, que me exijo demasiado. Nunca he entendido del todo esta valoración, y quizá por eso sigo viviendo muy agustito con mis auto-exigencias, porque entre otras cosas me llevan a centrarme en mi vida y no en la de los demás, a esperar lo máximo de mí mismo, y nada de los demás. Quizá por esto uno no se sienta lleno al lado de cualquiera. Quizá por esto a veces me siento solo, o aislado, en un mundo taladrado de injusticia, de banalidad, de relaciones superficiales, en el que por momentos me resulta realmente difícil llegar a comprender de qué coño va todo lo que me rodea en un momento determinado.
Quizá también por esto muchas veces pensaba en lo que me hubiese podido ayudar y orientar un hermano mayor. Esta reflexión no la había compartido con nadie hasta ahora mismo, ni siquiera con la rubia y el moreno, que durante los últimos tiempos se han convertido en una especie de ése hermano mayor que uno sabe que, por lejos que esté, siempre queda cerca, y que te llama con cierta frecuencia sólo con el único pretexto de querer saber cómo estás.
Y esto para mí no tiene precio.
Suelo tirar de dos indicios para mí reveladores a la hora de valorar mi relación con los demás. Uno de ellos lo uso en mis interacciones, y es el humor. Cuando alguien me ríe las gracias, intuyo hasta qué punto podemos llegar a comprendernos. El otro son los sueños, que uso para mis reflexiones más personales e íntimas. Pero a juzgar por las risas que nos pegamos los tres, y por los paseos que se pegan a sus anchas en mis últimas experiencias oníricas, por descabelladas que me puedan resultar, no me queda otra que pensar que la rubia y el moreno me han marcado mucho.
Aquí a mi vera tengo la caja de infusiones que me regalaron el otro día porque sí. Según me contaban, la vieron, pensaron en mí y me la cogieron. Hacía bastante tiempo que no desenvolvía un paquete, y no encontré mejor forma de manejarme en tal coyuntura que repetirme con el “muchas gracias”, totalmente consciente de que no iban a entender lo que significaba tal detalle para mí. Cuando me preparo uno de esos deliciosos sobres con forma de pirámide, siento algo parecido a cuando me pego una de mis excursiones, y, en un momento dado, me paro y me pongo a contemplar el cielo azul. La diferencia, la única, es que con esas infusiones creo estar deleitándome saboreando un trocito de ése cielo azul. Quizá si llegan a leer esto todo sea ya más fácil de comprender, aunque en realidad toda esta historia ya la llevaba construyendo e ideando muchas semanas.
Sólo me queda repetirme de nuevo, ahora olvidándome de hierbas, sonriente y feliz por poder contar con el aprecio y la amistad de personas así. Por esa sensación tan agradable que me proporciona la certeza de que nunca tendremos nada que demostrarnos, y la de que nuestros caminos, sino tan cercanos como hoy, en muchos sentidos siempre discurrirán paralelos, aunque sólo sea para que los podamos juntar de vez en cuando.
Por todo esto, hoy os utilizo a mi antojo, como excusa para pegarme este nuevo auto-homenaje en forma de palabras, y os lo agradezco todo de nuevo. Gracias, Eva. Gracias, Fabio. Os quiero un huevo a los dos.
Y felicidades por ser como sois; porque precisamente por eso tanto hoy, como mañana, como siempre, tendréis algo que celebrar.
Afortunado yo, que mi camino cruzóse también con el de la rubia y el moreno gracias, por supuesto, a ti. Sólo espero terminar esta etapa tan intensa de estudios y cambios vitales para poder acogerte por aquí y para ir a verte a ti y a la rubia y el moreno :P Un abrazo a todos, y un brindis este fin de año por esos cruces de caminos que tanto enriquecen.
Por: apergo el 28/12/2011
a las 0:12