Posteado por: mellondeep | 12/01/2012

Tormenta. Tecla. Teclado. Origen

En días como los que estoy atravesando últimamente creo que escribiría no una columna, sino un libro entero. Y sin embargo no lo hago. No lo hago, y ni siquiera sé las razones, a estas alturas de mi vida.

Quizá terminaría por contar una historia incongruente, carente de sentido. Eso es lo malo de no ser escritor, que ya te puedo avanzar que vas a encontrar mucha poesía barata en las próximas líneas. Que cuando pares de leer puede que tengas la certeza de que has perdido tu tiempo, y por eso te aviso de antemano.

Pero sin embargo, por lo que a mí respecta, aquí voy a seguir. Escribiendo casi por escribir, letra a letra, palabra a palabra, construyendo frases que hoy son de un color y mañana serán, probablemente, de otro. Que quizá algún día sean relevantes para alguien, aunque también es probable que, como tantas otras cosas, se diluyan en el vacío.

Pero tengo que seguir. Lo necesito casi como el comer, en días así. A veces me pregunto qué sería de mí sin mis textos, aun hoy, después de haber derribado tantas barreras que yo mismo me impuse a costa de mi propia persona.

¿Qué me pasa?”, me pregunto. “Ahora, ¿qué?”. Y no sé responderme.

¿Cómo me siento?”, me vuelvo a preguntar. Tantos meses jugueteando con ideas, con conceptos, con palabras, para esto. Para que cada vez me resulte más complicado expresar(me) cómo me siento.

Pero uno ya se conoce lo suyo. Por eso de vez en cuando me toco ciertas teclas, intuyendo lo que puedo llegar a desencadenar en mi interior. Haciendo cosas diferentes. Originando terremotos que, felizmente, sólo me afectan a mí, mientras el resto del mundo permanece ajeno e inalterable.

Por eso, apago todo, y en el más absoluto de los silencios, trato de encontrar una respuesta medianamente razonable, y sigo digiriendo el último chute de estímulos.

Enero. Camino. El centro de la plaza. Las risas que nos echamos aquel sábado. Chopos. Recta. Macy Gray. Torre lejana. Estación abandonada. Torre cercana. Pájaros revoloteando 369 días después. Sol tenue. Lo castizo. Molinos. Belenes. El manchego. Horizontes infinitos. Puesta de sol. Crepúsculo. Calles vacías. Vapor. Pensamientos puros. Manos inmóviles. Luna casi llena. Luces a lo lejos. I believe in something. La llanura enmudecida. Frío amanecer. Encuentros conmigo mismo. Fotos perdidas. La memoria y el olvido. La venta y la noria. Pasar sin llamar. Fotos re-encontradas. Rectas y curvas. Sol radiante. Patio de armas. Ávila y Calpe. Patos en el estanque. Extrarradio. Mente inquieta. Mandarinas. Rioja. Acento. Atracción. Andenes. Radio. Pegatina azul. Paco, Pepe, Armenteros y compañía. Bufandas del Granada. Sonrisas. Tumulto. Comida / Merienda / Cena. La barra que da a la calle. Miradas perdidas. Propina. Magia. Niños intrépidos. Inocencia. Ternura. Relojes. Vista atrás. Cuesta. Leones y columnas. Las Letras. La voz acatarrada de los abuelos desde el callejón. Santa Ana. Luces. Mercadito. El saludo del desconocido. Mirada iluminada. Imanes, llaveros y dedal. Release yourself. El codo. La estatua solitaria que una tarde posó junto a mí. Explanada. Vistas nocturnas. El rumor incesante. Parejas. El reflejo de las piedras en la oscuridad. Platón. Skyline. Manos casi inmóviles. We found love. Próxima parada. Dos estrellas. Tres. Cuatro. La Puerta del Sur. Espejo. Cercanía. Galletas. Pies desnudos. Roce. Compañía. Cariño. Jerseys de quita y pon. Cruasán caliente. Fotos. Invierno. Imágenes retenidas. Postales. Posteridad. Parar el tiempo cada segundo. Sol más radiante. Detrás de cada paso. Luz natural. Contrastes. Té con jazmín. Memoria. Memorias. Mente selectiva. Naturalidad. Escucha. Sé y haz. Intensidad. El retorno. Lo que se queda. Lo que dejo. Todo lo que me llevo. Pelos de punta. A flor de piel. Paco, Pepe, Armenteros y compañía sonando en el coche. Ocre. El monasterio. Los campos encendidos despidiendo el día. Recuerdos de aquel viaje. Lágrimas. Alto en el camino. La primera vez. La mitad del trayecto. Manzana, plátano y galletas. Siluetas recortadas en el atardecer. Sonideros. Los domingos anteriores. Paisajes plateados. A Dub for Mali. Tormenta visual. Tormenta sonora. Tormenta sensorial. Tan lleno. Tan vacío.

Ahora salgo a la calle y vuelvo a ver lo mismo de siempre. Los días y las noches se siguen sucediendo. El mundo sigue girando, quien me lo iba a decir, tal como lo hacía hace una semana, o como hace dos y también tres. Las piezas del puzzle parecen recolocarse poco a poco. Pero después de unos días en los que a la mínima se me ha erizado el vello y se me ha puesto la piel de gallina, no seré tan ignorante de pensar que nada ha cambiado, y de ignorar lo que ocurre, o ha ocurrido, dentro de mí.

Ahora todo es distinto, al menos por dentro. Ahora vivo despacio, pero vivo. Y en momentos como éste echo la vista atrás, y recuerdo tanto tiempo vacío, en el que ni siquiera vivía despacio porque apenas vivía. No vivía mi vida, quiero decir. Vivía la de otros, aunque aún no sepa cómo se hará eso. Presenciaba, a veces expectante, desfilar de largo mis ilusiones, mis sentimientos, y al instante me despegaba de ellos. Aunque ahora tampoco sepa cómo uno puede aprender a hacer algo así.

No me siento especialmente bien, ni tampoco mal. Tampoco triste. Mi estado de ánimo varía constantemente en las últimas semanas, pero lo cierto es que no tengo ni puñetera idea de cómo me siento. Sólo sé que me siento diferente, y que también sentirse así tiene que llevar, necesariamente, a algo, aunque esto último sea, básicamente, una intuición.

Recuerdo esa sensación lejana de no sé cuanto tiempo atrás, cuando me sentía como si me faltase algo, o alguien. Me cuesta un huevo sonreír, o más que eso, me cuesta echar mano de esas finas ironías que uno se fabrica con más o menos frecuencia para ir tirando. Abro la agenda del recién estrenado año. Paso las páginas aleatoriamente buscando frases lapidarias, de ésas que me gustan a mí. Lloro. A veces (creo) de alegría; otras veces no tengo ni idea del motivo, pero la cuestión es que las lágrimas terminan por aparecer en mi rostro. Como sin mucha hambre, y bebo sin apenas sed. Duermo sin excesivo sueño. O quizá sí tenga hambre, sed, sueño y todas esas cosas, pero las considero tan secundarias durante estos días, que si no fuese yo el protagonista de todo esto, me resultaría casi irrelevante satisfacer estas necesidades.

Pero soy yo, y debo suponer que, a pesar de todo, sigo caminando en una sola dirección.

Ésa es casi la única certeza que tengo respecto a mi vida en el día de hoy: que sigo caminando, sin tener la mínima idea de hacia donde voy. Y que, aún así, sin conocer el destino, no puedo parar ahora. O no debo. Que quizá después de todo esté moviéndome en la oscuridad, pero en la dirección correcta.

Imagino que suena muy gracioso. Y muy poético.

A veces me río, aunque sea interiormente, cuando pienso en el típico elogio que he recibido desde pequeño. Bueno, no desde pequeño, porque yo de pequeño era un demonio. Pero por lo visto al entrar en ese terreno tan pantanoso que -dicen- es la adolescencia, quizá por miedo, o por pudor, parece que me apacigüé. Y entonces los mayores, y en especial los profesores, me decían que tenía muy bien amueblada la cabeza. Sí señor. Me lo decían los demás, y entonces también terminé tragándomelo y diciéndomelo yo. Y sin embargo, aquí me tienes. Sí que la tengo amueblada, sí. La tengo tan amueblada que, tras casi treinta tacos viviendo en mi propio pellejo, no sé qué diablos quiero hacer con mi vida. Por eso ahora me pregunto qué podía significar aquello de la cabeza amueblada, cuando cualquier estímulo nuevo me remueve todo lo que parecía estable, sin tener ni la más mínima idea de a dónde me puede conducir.

Cuando uno ve cómo se tambalea lo que llevó tiempo y trabajo construir, se pregunta muchas cosas, y más que una cabeza amueblada, lo único que se tiene son muchas dudas.

O igual sólo es que soy demasiado sensible. O demasiado débil. O demasiado humano.

Leí un buen día que existen otros mundos, pero que todos están dentro de éste. Y me digo que hay algo de cierto en esta cita, porque en mi caso tiene mucho de verdad. Hace tiempo que empecé a crear y diseñar mi mundo, un mundo más o menos a mi medida, o incluso a mi imagen y semejanza. En la mayoría de ocasiones que lo pienso, me felicito por ello, e incluso creo que algo de mérito debo atribuirme. Mi madre, por ejemplo, no opina lo mismo, ya que siempre ha parecido reprochármelo. “Es que tú siempre has ido a tu bola”, me espeta. Y nunca he entendido qué es lo que me echa en cara, cuando mi mundo siempre termina donde empieza el de los demás. Yo no impongo nada a nadie. Tú llevas unos minutos sumergido en mi mundo, leyendo estas líneas, y nadie te ha obligado a entrar, así como nadie te obliga a permanecer en él.

Tengo que admitir que vivir en mi mundo a veces es la hostia.

¿Sabes? Un día, no sé a cuento de qué, imaginé cierta situación. Yo estaba en una gran ciudad. Era de noche. Paseaba por las plazas, por los parques. Creo que hacía frío. No estaba solo. Venía alguien conmigo. En un momento del paseo, nos paramos y nos abrazamos, no sé durante cuanto tiempo, en mitad de la calle, sin importarnos todo lo que nos rodeaba.

Hace algunas noches, presencié una situación idéntica a la que imaginé. Paseaba por un parque en aquella misma ciudad, y vi allí en medio a dos personas, abrazadas, sin despegarse una de la otra. Ajenas a todo, rodeadas por el manto oscuro de la noche, con las interminables luces titilando al fondo. Sentí frío. Y sentí también una extraña sensación, como si dos trenes chocasen, el de mi mundo imaginario y el del real. La diferencia, la única, era que en el real yo no era, como de costumbre, el protagonista de la historia. Y pensé que eso es lo que me revienta de la realidad, que yo casi siempre soy el espectador.

Eso es lo jodido. Que mi papel en el mundo real se suele limitar a salir a la calle y encontrarme, una vez más, con lo de siempre. Con miradas vacías, con semblantes inexpresivos. Con maneras que me resultan bastante curiosas, o distantes, de llevar a cabo una vida, una existencia, o una “como quieras llamarle”.

Es entonces cuando palpo el vacío, y te puedo asegurar que duele. Duele, cuando uno marcha, irremediablemente ya, hacia las profundidades, y se da cuenta de todo lo que queda en la superficie. Por cada acera, por cada esquina, por cada asiento del tren, buscando las huellas de los que pasaron antes por allí. Recogiendo lo que otros sintieron, y reciclándolo a mi manera. Pensando inútilmente en la razón por la cual los mismos estímulos que yo recibo provocan respuestas tan dispares en los demás; o, peor aún, esos mismos estímulos no provocan respuestas.

En realidad es bastante curioso, todo esto.

Es una especie de regreso al origen, lo que estoy viviendo estos días. A no explicarme nada, o casi nada. A re-plantearme muchas cosas. A activar en mi ser esa tecla que me obliga a sentarme ante este teclado para intentar colorear los sentimientos que me envuelven con palabras.

Y aunque por mucho que lo intente nunca consiga explicarlo como un escritor de verdad, me alegro mucho de estar viviendo, de nuevo, algo así. De encontrarme con esa parte tan extraña de mi que ya creía perdida, y que, para qué engañarnos, echaba de menos.

Podrá parecer una tontería, pero de alguna forma me reconforta el simple hecho de reflejarlo aquí. De esta forma siento que estoy cumpliendo conmigo mismo. Honrando de alguna manera la sensación de que no puedo, ni debo, dejar que pase de largo, porque ya he dejado escapar demasiado en lo que llevo de vida.

Es ahora cuando más impulsado me siento a seguir haciendo cosas diferentes, a eliminar de mi vida la palabra “rutina”, a jugar de nuevo con el cubo de Rubik que me acabo de comprar. A combinar colores, y a hacer de mi vida algo parecido. A seguir contrastando mi mundo con los demás, a base de tormentas sensoriales, de chutes masivos de estímulos, aunque sea sólo para ver si algún día seré yo el protagonista en ambos.

A continuar, en definitiva, tocando las teclas que me erizan el vello y me ponen la piel de gallina. Las teclas que activan este teclado, y que han provocado todo lo que estoy terminando de contar.

Y aún no me he quedado a gusto; tengo mucho más por aquí, que irremediablemente deberá ser escrito. Porque es por lo que dejo en estas líneas, y sobre todo por lo que queda de mí entre ellas, por lo que estoy aquí.

Porque cuando uno ve, oye y siente mucho a su alrededor, que existan o no las palabras para transmitirlo y explicarlo es lo que menos me debe importar. Por mi propio bien, yo sólo debo intentarlo. Y por descontado, vivirlo tan intensamente. Aquí empieza y termina mi deber.


Respuestas

  1. “Totalmente desprevenidos entramos en el atardecer de la vida. Y lo peor de todo es que nos adentramos en él con la falsa presunción de que nuestras verdades e ideales nos servirán a partir de entonces. Pero no podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo “programa” que la mañana, pues lo que en la mañana era mucho, en el atardecer será poco. Y lo que en la mañana era verdadero, en la tarde será falso”. -Wayne Dyer, El Cambio.

    Un abrazo lleno de amor y gratitud, hermano.


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