La luna brilla fríamente sobre un cielo azul intenso, donde escasas estrellas relucen pálidas como mica. La sombra llena la mitad de la calle, grabando en los guijarros una silueta de tejados, chimeneas y cornisas, dejando el otro lado blanco de luna. Las fachadas de las casas con sus escuetas ventanas podían estar talladas en hielo. En la oscuridad de un portal cabecea una mujer acurrucada bajo un mantón pardo. Sin embargo, del acordeón que apoya en su regazo sale una canción que oscila y danza por la silenciosa calle abajo. En el escalón de la puerta, hay un platillo para los céntimos. En la puerta contigua, dos golfillos duermen arrebujados. La luna destaca con burlón interés sus flacos pies llenos de mugre, sus piernas estiradas sobre el helado pavimento y los asquerosos harapos que apenas cubren sus carnes. Dos hombres salen tambaleándose de una taberna, cogidos del brazo; dos pobres hombres con trajes de pana, que andan, vacilantes, haciendo grandilocuentes ademanes de lástima, derribando las rígidas fachadas con generosas frases de borracho, sostenidos a medias por el calor del vino. (…)
Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo: un odio, hasta entonces amortiguado, se despertaba en su alma contra la sociedad, contra los hombres…
—De veras te digo —concluyó diciendo— que quisiera que estuviera lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho ascuas.
Y, rabioso, invocó a todos los poderes destructores para que redujesen a cenizas esta sociedad miserable.
Jesús le escuchaba con atención. —Eres un anarquista —le dijo.
—¿Yo?
—Sí. Yo también lo soy.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que he visto cómo se entrega fríamente a la muerte un pedazo de Humanidad; desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y en los hospitales —contestó Jesús con cierta solemnidad.
Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la Ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.
El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la Vía Láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.
A lo lejos, el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.
El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.
—¡Cuánta estrella! —dijo Manuel—. ¿Qué serán?
—Son mundos, y mundos sin fin.
—No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos? —preguntó Manuel.
—Quizá, ¿por qué no?
—¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?… ¿Eh? ¿Crees tú?
Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril…
En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.
No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido a la ley del deber, y el horizonte de la Humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul…
Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel… Luego, los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.
Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma…
Rocinante vuelve al camino (John Dos Passos)
Comentarios recientes