Posteado por: mellondeep | 22/01/2012

Un domingo cualquiera

Antes de empezar, como casi siempre, me pregunto qué me trae aquí, y me respondo, de nuevo, más o menos rápido. Podrían ser las ganas de no hacer otras cosas, como un nuevo tostón de ejercicio en inglés. O de no saber si debo expresarle a alguien lo que quiero expresarle. O puede que sea una especie de incontinencia, que me acecha en los últimos días, y que me obliga a contar lo que sea. Por todo esto, o por lo que sea, aquí estoy de nuevo.

La luz del sol se derrama, alegre, sobre una parte del comedor. Vuelvo mi vista hacia el amplio ventanal, desde el cual observo edificios, con sus preciosas antenas coronándolos, y un par no menos estéticas grúas. Más al fondo, montañas. A la izquierda puedo divisar aquel pico que subí hace un mes; más a la derecha, aquel otro en el que empecé mis andaduras como currante, hace más de siete años.

Todo ello se presenta a mis ojos bajo el telón de fondo, una vez más, de un cielo limpio y azul, tan sólo manchado por la estela, breve, de aviones que lo surcan de punta a punta.

Suena alguna que otra traca, lejana. Suenan, más cercanas, las campanas de alguna de las mil iglesias de este pueblo. Si paro la música y dejo de teclear, puedo escuchar también, amortiguados, los sonidos de la calle. Si me levanto y fijo mi atención en lo que ocurre fuera del séptimo, allá abajo, puedo constatar que esa luz del sol que se derrama sobre una parte de mi comedor es la misma que ilumina esa calle de punta a punta, que juguetea caprichosamente trazando curvas en las esquinas, en las macetas, en los edificios, en las caras de la gente. Esos rostros, conocidos o no, que hoy ponen el freno de mano a unas vidas quizá frenéticas, y se paran en las aceras a charlar en tono más distendido de lo que pasa en el mundo. Bueno, de eso, y por supuesto de los demás.

¿Y qué pasará en el mundo?. En las más de quince horas que llevo encerrado aquí, me lo he preguntado en más de una ocasión. Al final, y aunque sea durante unos minutos, vuelvo a ese estado de ignorancia en el que uno es capaz de pensar que algo de lo que pasa igual lo cuentan en las noticias. O en Informe Semanal, donde anoche vi parte de un reportaje sobre Fraga, aquel ministro franquista que, como tantos otros, se recicló a demócrata para hacer carrera. Me lo tragué más por morbo -bueno, y por otro reportaje que le precedía y que valía la pena, que no todo es malo en Informe Semanal- que por otra cosa, porque una de mis dudas existenciales era quién sobreviviría a quien. Fraga a Informe Semanal, o viceversa.

Pero lo que más gracia me hizo fueron aquellas imágenes del Fraga ministro, y su séquito, marcando tipito y dándose un chapuzón en la costa almeriense para ahuyentar los fantasmas de que el mar por allí podría estar infestado de radioactividad proveniente de un accidente de sus amigos yankees. Al parecer, fue el mismo Fraga quien ideó aquello de “Spain is different”, y justamente ése eslogan me vino a la mente cuando vi el paripé. De verdad que sí: España es otra cosa. Yo no conozco otros países, pero mucho me temo que mucho de lo que acontece en éste en el que vivo sólo puede pasar aquí, y en ningún otro sitio más.

Además de Fraga, también está de rabiosa actualidad un nuevo emplazamiento turístico que ha surgido en algún rincón de la costa italiana, por lo visto porque allí se puede contemplar la silueta de un crucero a la deriva, o de lo que va quedando del mismo.

Tampoco es que las noticias, o la actualidad, me la traigan al pairo. Simplemente la consumo a mi manera, en muy pequeñas dosis, pasándola por mi filtro y quedándome sólo con la parte que me interesa de la misma. Lo del crucero éste es un buen ejemplo, porque de lo poco que he visto y leído estos días sobre ello, sólo me quedo con un artículo de uno de los señores que escribe en el periódico que hojeo los fines de semana. Admiro la forma de escribir de este hombre, porque en cualquiera de sus brevísimas columnas, de apenas cincuenta o sesenta palabras, es capaz de poner el mundo del revés. Y ayer establecía un divertido símil entre este idílico crucero y otro llamado Europa. También entre sus tripulantes.

Quizá de todo esto, y de Urdangarín, hablen esas figuras que se detienen en la acera, o en el parque, o en un bar, una tranquila, soleada y, de nuevo, casi primaveral mañana de domingo.

Ése es el problema de la actualidad, y de todos los que la siguen. Que, al igual que un informativo transita de refilón sobre todo, y particularmente sobre lo más importante, uno puede terminar pasando igualmente de puntillas por todo lo verdaderamente relevante de la vida. O, peor aún, obviarlo directamente, distrayéndose con lo de siempre.

La calle sigue tranquila. El sol avanza lentamente en su camino, marchándose de mi comedor.

Si el mundo se parase alguna vez, debería ser en momentos así.

Dentro de unas horas, todo volverá a su estado habitual, el de cualquier otro domingo. Caerá la tarde, luego la noche. Las ondas radiarán los partidos de otra jornada de liga. El tráfico y el ajetreo volverá a erigirse en el protagonista de la vida en la ciudad. Esta noche todo estará, de nuevo, en calma. Todos en su sitio, velando armas, a la espera de un nuevo estallido de actualidad mañana, temprano. Mientras tanto, a los pueblos volverá esa estampa de quietud que domina su día a día.

En realidad, pienso a veces, urge que el mundo se pare. Ahora lo pienso de nuevo. Debe ser por esta incontinencia que me acecha últimamente, pero la cuestión es que me gustaría que se parase en cuanto pueda. Aunque sólo sea para que nos demos cuenta de lo mal que nos lo montamos.


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