Posteado por: mellondeep | 04/09/2011

On air

Que los sueños son raros de cojones imagino que estará fuera de toda duda para todo aquel o aquella que se haya tomado la molestia de intentar analizar o concebir una explicación coherente a alguna experiencia onírica. A algo de lo que se acuerde haber soñado, claro, porque ésa es otra de las peculiaridades de los sueños. Sus detalles se suelen esfumar en el mismo momento de despertarnos, como si la mente hiciese un pequeño barrido de memoria y eliminase la información inmediatamente anterior.

Y dándole vueltas al asunto, imagino que algo en común tiene que haber entre estos dos hechos: el de soñar cosas que se nos antojan raras y el de no acordarnos de lo que acabamos de soñar, quizá por eso mismo, por lo extraño que era, y por lo distintos que eran en nuestro sueño los patrones de esa realidad virtual en comparación con lo que nos rodea habitualmente.

Probablemente por eso aquella noche me desperté a altas horas, sobresaltado. Me acordaba perfectamente de lo que había estado soñando. Quizá porque no era la primera vez que lo soñaba. Quizá porque no era un simple sueño.

Tomé un largo trago de agua. Me tumbé de nuevo boca arriba en la cama, sin ganas de volver a dormirme. De hecho, me sentía extrañamente despierto, y también extrañamente feliz.

Encendí la cadena de música de la habitación. Zapeé entre las emisoras de radio. Las ondas me devolvían música, o palabras, que casi retumbaban en el silencio de la noche. O igual, vete tú a saber, sólo retumbaban dentro de mí.

Apagué la radio y miré la hora. Aún faltaba bastante para que amaneciese. No tenía nada de sueño y, conociéndome, supe que no tardaría mucho tiempo en agobiarme allí acostado, despierto. Fue entonces cuando noté como si se me encendiese una bombilla en algún rincón de mi cabeza, y creí oír una voz que me susurraba un par de palabras en un tono interrogatorio, casi desafiante.

-”¿Y si…?”

Me imaginé los puntos suspensivos ahí, flotando en el silencio, y esperando mi respuesta.

-”¿Y si…?” -me volví a repetir yo, esta vez en voz alta.

Decidí no ponerme a pensar, no fuese que me volviera a echar atrás, una vez más.

Fui al estudio y rebusqué en un viejo estuche de latón. No tardó en aparecer el pequeño billete usado de metro que buscaba, y que guardaba allí como recuerdo. Mientras me vestía casi con lo primero que encontraba en el armario, una parte de mi me preguntaba si estaba loco. Otra, directamente, lo afirmaba. Pero al cabo de los años uno tiene que aprender a convivir con tantas y tan diferentes voces en la cabeza, así que traté de no hacerles mucho caso y salí inmediatamente de casa, expectante de lo que podría encontrar al franquear la puerta.

No sé si encontré lo que esperaba, porque no sé si lo esperaba. Diría que no esperaba nada en concreto, pero cuando uno coge un billete de metro, lo más normal es que tenga una estación cerca. Yo desconocía si tenía una estación cerca. Lo supe cuando me encontré en plena calle, y a pocos metros apareció a mis ojos la boca y la escalera descendiendo, con el típico cartel que le pone nombre a la estación.

Bajé lentamente las escaleras, atento a lo que sucedía a mi alrededor, aunque no sucedía nada en concreto. No había ni un alma por allí a esas horas, y sólo se podían escuchar, lejanos, el sonido de los pocos trenes nocturnos en sus idas y venidas.

Llegué al andén, donde pude elegir tranquilamente en qué banco sentarme a esperar el primer tren que parase. No tengo ni la menor idea del porqué, pero siempre me ha resultado encantador esperar trenes en el andén, y aún más, fijarme en las caras de la gente, tanto allí, como durante el viaje, en el interior del tren.

Esta vez iba a tener que buscarme otro pasatiempo, porque a lo largo de los vagones del tren que acababa de tomar no se veía a nadie: yo era, a esas horas, el único pasajero.

No se me hizo largo el trayecto, que duraría unos quince minutos, en los cuales el tren paró un par de veces más. Nadie bajó. Nadie subió. Cuando nos acercábamos a mi parada, me levanté y me dirigí hacia la puerta. Me pregunté entonces qué encontraría cuando me volviese a asomar a la superficie, y recuerdo cómo subí varias hileras de escaleras mecánicas antes de descubrirlo.

Cuando mis ojos, también el resto de mis sentidos, y en definitiva todo mi ser, tomaron contacto de nuevo con la calle, quedé petrificado.

La avenida debía de ser larguísima, porque no alcanzaba a vislumbrar ni el principio ni el final a un lado o al otro. Estaba flanqueada por altos edificios. Un chorro interminable de luces urbanas lo inundaba todo, mirara donde mirara. Y de repente, una cortante ráfaga de aire me hizo recordar dónde estaba, y a qué había venido. Y me hizo recordar también la anterior vez que estuve allí, la única, en la que al salir del metro también me golpeó una ráfaga similar, y entonces quedé impactado por el festival de luces y de vida de la gran ciudad. ¿Cuánto hacía, un año? ¿Más, quizás?

La diferencia respecto a la vez anterior era el ruido, ahora mucho menor, probablemente por las horas. Exceptuando los cuatro o cinco taxis que paraban o reemprendían la marcha, no había apenas tráfico, tanto de vehículos como de personas. Miré hacia arriba, a los edificios, y no muy lejos encontré el que buscaba. Era uno singular, rematado con la esfera de un reloj cuyas varillas en un color rojo vivo parecían suspendidas allí en lo alto, marcando la hora.

Pero no me fijé en la hora. Después de llegar allí, para mí eso era lo de menos. El reloj constituía únicamente mi referencia para saber a qué edificio tenía que dirigirme. Para eso me había levantado de la cama y había salido de mi casa, aquella noche, a aquellas horas.

Cuando llegué a la puerta, esperaba encontrar vigilancia, bien en el portal, o bien al franquear la entrada, pero no había nadie apostado. La planta baja quedaba perfilada por una tenue luz blanquecina, y pude distinguir a mi derecha lo que supuse como una mesa de recepción, vacía, y a mi izquierda un ascensor junto a unas escaleras. Sin pensarlo, comencé a subirlas peldaño a peldaño, intentando no hacer el menor ruido, temiendo que de un momento a otro apareciese alguien y todo se viniese abajo, empezando por mi entonces trayectoria ascendente por aquel edificio que a esas horas debía estar vacío, o casi, a juzgar por el silencio que inundaba todas aquellas estancias.

Unos minutos después llegué al piso más alto, que debía estar debajo de la azotea, y justo a la altura del reloj que se divisaba desde la avenida. “¡Olvídate del reloj!”, oí de repente. Giré sobre mí mismo pero no vi a nadie, así que debió de ser otra voz en mi cabeza. Esta vez me pareció coherente y conveniente hacerle caso y olvidarme del reloj.

La puerta de aquella última planta estaba abierta de par en par, y desde fuera se divisaba que la única iluminación que había allí a esas horas era la de un par de monitores que permanecían encendidos. El resto era oscuridad. “¿Es posible que tampoco haya nadie aquí arriba? ¿Cómo… como me ha podido salir todo tan bien?”.

Entré sigilosamente, dando una vuelta por las dos estancias separadas por una pared totalmente transparente. El resto de paredes estaba recubierto de un material que sólo había visto una vez en mi vida, corcho, o algo parecido. En cada estancia había una gran mesa y un monitor encendido. De una de ellas procedía el hilo musical que sonaba en recepción, a un volumen muy bajo. De la otra no salía sonido alguno. Imaginé que lo que yo había venido a hacer tendría que hacerlo en la que emitía música, así que entré en la estancia.

En la mesa, junto al monitor encendido que mostraba los títulos de las canciones que iban sonando en non-stop, sólo interrumpidas por los jingles, había un micrófono, unos cascos y una mesa de mezclas. El amplio ventanal situado junto a la mesa ofrecía unas vistas espectaculares tanto del skyline, si mirabas al frente, como de la avenida y sus interminables luces, si mirabas abajo. “Menudos amaneceres se podrán contemplar desde aquí”, pensé.

Y a todo esto, no debía de faltar mucho para que el cielo comenzase a clarear. Pero yo no debía pensar en eso.

No tardé en localizar en la mesa de mezclas el botón que me interesaba especialmente. Estaba apartado del resto, arriba a la derecha. “ON AIR”, ponía simplemente, en letras blancas sobre fondo rojo. Obviamente, estaba apagado.

Vale. Ahora sólo hay que apretarlo, y listo. Es todo tuyo”. Pero estaba acojonado. Si ya sin apretar ahí me podían pasar mil cosas y ninguna de todas buena, si apretaba estaba perdido. Era imposible que aquello no estuviese, de alguna forma, controlado o vigilado. Era del todo inviable que yo pudiese estar paseándome a mis anchas por la emisora, aún a aquellas horas, y hacer lo que me diese la gana en el estudio. Tomé aire, y decidí solucionar el asunto con una buena paja mental.

Estás soñando, Diego. No existe nada de lo que te rodea en estos momentos. ¿Te estás divirtiendo? Pues ya está. Sigue disfrutando, que no va a pasar nada. No te cortes ahora la bola y haz lo que te plazca. Ponte en el aire. Háblale al mundo. ¿Cuántas veces has soñado que lo harías?”

Me puse los cascos. Volví a tomar aire y, con la mano casi temblando, apreté el botón, que se encendió al instante. La música dejó de sonar, y el vacío se hizo en las ondas.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no había pensado en nada para rellenar aquel silencio. O quizá es que, simplemente, no imaginaba llegar tan lejos.

Se me tenía que ocurrir algo rápido. Pensé en la cara que se le habría quedado a quien pudiese estar escuchando aquella radio a aquellas horas de la noche, si es que había alguien escuchándola. Reprimí una sonora carcajada. “¡Piensa en algo, rápido!”, me reprendí.

Se me ocurrió que podría buscar una canción de ésas que me molan a mí, y que no suenan en la radio. Me empezaron a venir a la cabeza algunas de las que han protagonizado grandes momentos en mi vida. El “Hard frequency” de Db Boulevard, el “Find” de Ridgewalkers, el “You are sleeping” de PQM, el “Ride” de Luke Chable, el “Dial-A-Tone” de Move D, el “The man with the red face” de Laurent Garnier, el “Swallow me” de Deep Dish, el “My friend” de Groove Armada, el “Please” de Sultan y Tonedepth… o, puestos a pensar que estoy dentro de un sueño, cualquiera de Ulrich Schnauss, de Moby, o de William Orbit.

Se me nubló la mente, como casi siempre que me pongo a pensar en música, y entonces decidí que, ya que estaba ahí sentado, con el micro en las narices, tenía que decir algo.

Si tuvieses que decirle algo al mundo, en pocas palabras, ¿qué dirías?” -me interrogué. Había llegado mi oportunidad, la de demostrar lo que me chifla hablar, y lo que me gustan las palabras. Aunque, más que eso, puede que lo que realmente me apasione sea, simplemente, soltar la mía. Entonces me vino algo a la mente. Un par de palabras que, desde hace ya tiempo, significaban mucho para mí.

Sabía que nadie lo iba a entender. Sabía que nadie me iba a entender, pero al fin y al cabo es esto lo que nos suele pasar a todos respecto a casi todo el mundo. La diferencia, la única, era que ahora mi audiencia potencial era mucho mayor, y aún así, estaba seguro de que nadie sería capaz de comprenderme.

Existen tantos idiomas en la Tierra como seres humanos habitando el planeta, o incluso tantos como seres vivos. Nos comunicamos con los demás con mensajes cifrados, así que a fin de cuentas lo que yo iba a decir tampoco lo iba a interpretar nadie como una barbaridad. Incluso en alguna otra parte del globo podrían pensar que estaba cuerdo y todo, así que, sin más, palpé el micro, carraspeé, y volví a tomar aire por enésima vez en aquella madrugada, para soltar, casi a voz en grito:

-”¡¡¡Buenas tardes!!!”

Entonces me sentí vacío, o me quedé en blanco, y ya no me salieron más palabras. Permanecí sentado junto al micro, en el aire. Me giré hacia el ventanal, y pude observar como en el horizonte empezaba a clarear. Pronto amanecería. No tardaría en venir alguien allí y pillarme, más aún teniendo en cuenta que, ahora mismo, la emisora sólo emitía los golpecitos secos de mi mano al micro.

Durante un instante me planteé salir disparado escaleras abajo, pero entonces me volví a sugestionar a lo grande. Yo quería ver amanecer desde allí. Quería contemplar cómo se iba despertando y desperezando aquella gran avenida, aquella gran ciudad.

No va a pasar nada, Diego. Es sólo un sueño. Sigue disfrutando”.

Esta vez tuve mis dudas acerca de esto, pero sin embargo, me ocurrió algo, como si un pálpito, o una poderosa fuerza superior a mí, me retuviesen allí. Quizá mi propia consciencia, o mi subconsciente. O quizá venía desde fuera. Pero en esos momentos mi voluntad me decía que tenía que permanecer allí sentado.

Tuve entonces la convicción de que mi vida y mi destino, sencillamente, estaban allí, en aquel estudio. Que debía estar tranquilo, porque yo estaba en el lugar donde me correspondía estar. Lo de menos era si lo que me rodeaba en aquel momento era real o virtual.

Simplemente, yo lo había creado, y eso estaba por encima de todo lo demás.


Responses

  1. hola wapooo, ya veo que sigues escribiendo cada dia mejor, me gusta un monton, a ver si para estas navidades tienes ya ese librito para reyes ehhhhh, bueno, muchos besos ya tenemos internete, por fin puedo seguir leyendo todo lo que escribes, besosssss

  2. los sueños son raros como nosotros mismos..pero a veces un sueño puede transportarte a donde ni tu mismo imaginarias que podrias llegar, te abre sensaciones, sentimientos y cosas que te planteas poder a llegar a hacer en tu vida, cuando despiertas, sientes que de verdad puedes hacer cualquier cosa, y te pones manos a laobra, entonces una sonrisa en tu rostro aparece y no va para nunca mas….

  3. […] (Viene de aquí) […]


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