Posteado por: mellondeep | 23/10/2013

El sueño compartido

(Viene de aquí)

No sé si pasaron minutos, horas, días, semanas, meses o incluso años.

La luna llena estaba a punto de ponerse, y presentaba un aspecto rojizo en la oscuridad del otro lado del horizonte. Desde mi campo de visión, un avión la cruzó de derecha a izquierda dejando tras de sí una estela plateada. La vida es un amasijo de causas y efectos donde por momentos me resulta difícil distinguir qué me conduce a qué, pero quizá fue la contemplación de esta bella estampa lo que me hizo volver a ser consciente de dónde estaba.

A través del gran ventanal la claridad se adueñaba perezosa e inevitablemente de la estancia. Poco a poco podía distinguir las siluetas de más objetos esparcidos en aquel estudio. Las paredes me aislaban de cualquier sonido proveniente tanto del resto del edificio como del exterior, pero mirando hacia abajo pude constatar como el habitual ajetreo matutino iba tomando forma en la calle. Otro día más a estrenar para los que quedamos vivos.

Volví a pensar en el reloj asomado al vacío. Y a diferencia de las ocasiones anteriores, sin saber por qué ya no tuve tan claro eso de que debía olvidarme de la hora. De pronto, un teléfono en cuya presencia no había reparado comenzó a sonar en la penumbra de un rincón, y en una reacción motivada a partes iguales por el instinto y el temor (supongo que en estos casos ambos se funden), decidí que había llegado el momento de salir de allí a toda leche.

Bajé corriendo las escaleras, de dos en dos como hacía en Gestalgar a diario cuando era un crío y como hago a veces en Llíria cuando tengo prisa o quiero volver a sentirme aquel crío por unos segundos. No había descendido un par de pisos cuando caí en la cuenta de que había dejado encendido el botón rojo de “ON AIR”. Contuve una risita que hubiese sonado traviesa e infantil. El sonido del teléfono quedaba cada vez más lejano, aunque era precisamente ésa la melodía que estaría sonando en las ondas.

En el trayecto escaleras abajo, me crucé con varias personas que subían ensimismadas y no me prestaron la mínima atención. Esto es lo bueno de las urbes: sin importar el lugar o la hora, uno pasa desapercibido por defecto.

A medida que descendía pisos, comencé a escuchar más cercano el sonido de otro teléfono, supuse que el de la mesa de recepción. No supe si sería un teléfono real o el sonido que emitían los altavoces desde arriba. En cualquier caso me alarmé, pero antes de llegar comprobé por el rabillo del ojo que esta mesa seguía vacía y nadie parecía dispuesto a aparecer por allí y descolgar el aparato. Salí del edificio.

El cielo seguía clareando, aunque la iluminación artificial permanecía encendida. Tal como había adivinado desde las alturas, la amplia avenida estaba mucho más animada que en plena noche cuando había llegado hasta aquí. Sin saber por qué, crucé corriendo un paso de cebra con el semáforo para peatones en rojo para encontrarme caminando en la acera de enfrente. El ruido del tráfico me resultaba molesto tras el rato de tranquilidad del que había disfrutado, y me desvié en la primera calle que apareció a mi paso. Nada mas girar pude escuchar el sonido de mis propios pies retumbando en el asfalto, y supe que aquí el amanecer y la vida discurrían con más lentitud que en la contigua avenida. Si la memoria no me fallaba, cerca quedaba un parque de grandes dimensiones, y se me ocurrió que a falta de algo mejor que hacer, pasear por él podía ser una buena opción para comenzar el día.

Tardé unos quince minutos en orientarme bien y llegar. El trayecto había sido de lo más extraño y entretenido. Había pasado por un bar en cuya terraza un camarero servía mesas en las que no había nadie sentado. También por otro sin camareros en cuya terraza unos ancianos parecían haber estado departiendo durante horas. En una discreta esquina, un chico joven orinaba al tiempo que empleaba la mano que le quedaba libre en teclear impulsivamente un smartphone. Un autobús paraba en marquesinas vacías sin que nadie subiese o bajase del mismo. Un señor jubilado que, incapaz de hacer algo diferente con su vida, se había levantado puntual como todas las mañanas y se presentaba a revista en la puerta de su antiguo negocio. En varios escaparates las televisiones emitían la imagen de lo que parecía ser un presentador de informativos petrificado ante la cámara, sin hablar y ni siquiera parpadear. “Mejor así”, pensé. Las noticias son el mejor argumento que podría utilizar García Márquez para defender esa hipótesis que deja caer en “Cien años de soledad” de que el transcurso del tiempo no es lineal, sino que gira en redondo y en realidad sólo existe una época, a cuyas etapas volvemos cíclica e indefinidamente como volvemos a las horas del reloj y a las cuatro estaciones del año.

Con todo, me pregunté si es que el mundo se había vuelto definitivamente loco, o de lo contrario qué diablos significaba todo aquello.

Pasé por varias estaciones de metro. Al contrario que las marquesinas del autobús, en ellas sí había trajín de personas que bajaban y subían escaleras. Me fijé en muchos rostros, y constaté que en cierto modo cada uno de manera individual, al igual que cada estación en su conjunto, contenía como mínimo una metáfora de la vida misma. Todos con múltiples significados o connotaciones según los ojos que se posasen en ellos; pero totalmente neutros o abstractos en el fondo, cuando nos vemos desprovistos de cualquier prejuicio, apego o emoción creado por la mente. Así funciona el amor más puro y primigenio: nos vemos irremediablemente atraídos por un concepto, una paja mental, una proyección ideada al gusto y antojo de nuestra propia fantasía.

La iluminación artificial había sido apagada.En las escaleras que daban acceso al parque se desperazaba un mendigo, que no me dedicó ni una mueca mientras pasé fijándome en él y propinándome un sentimiento de inmensa pena por su desolador aspecto. En las partes altas de los edificios ya se veían despuntar los primeros rayos de sol. Mientras este espectáculo tenía lugar en las alturas, mirando hacia el cielo, en la calle el ajetreo de los vaivenes cotidianos y rutinarios iba en aumento. Compleja vida la que nos ha tocado vivir, en la que casi en cualquier momento nos vemos rodeados en la misma medida de maravillas y de miseria.

Me presenté en la amplia entrada justo cuando sus puertas estaban siendo abiertas por un operario, que pese a mi saludo tampoco pareció reparar en el hecho de que yo iba a ser hoy el primer visitante.

Me resultaba sorprendente y reconfortante la sensación de comprobar cómo, a medida que me alejaba de la calle, toda la vegetación que me rodeaba engullía o absorbía casi todo el ruido exterior convirtiéndolo en un lejano rumor. Caminé y dí interminables vueltas sin rumbo fijo. Ya transcurriese de forma lineal o en redondo, perdí la noción del tiempo en aquel oasis urbano, mientras el sol alcanzaba las copas de unos árboles cuyas hojas cambiaban de color coincidiendo con la nueva estación. Bellas estampas otoñales asomaban a mis ojos. Quise echar mano del móvil para fotografiar algunas, pero sin saber por qué no lo tenía en ninguno de mis bolsillos.

De pronto, algo ocurrió. Me fijé en un árbol con grandes hojas de un color rojizo, que brillaban con la luz que filtraba el sol a través de ellas. Una de las hojas se desprendió de su rama, y dando lentas vueltas sobre sí misma comenzó un descenso sosegado y silencioso, casi hipnótico. Contemplé anonadado cómo se posaba, elegante, sobre el suelo. Allí quedó depositada, inmóvil junto a otras hojas idénticas. Me desplacé hasta el punto exacto donde había caído y me agaché junto a ella, sin llegar a tocarla. Me pregunté cuántas veces se podía repetir esta escena en aquel parque durante un día como aquel, y también si alguien de los cientos de personas que probablemente viesen caer delante de sus narices una triste hoja sería capaz ya no de conmoverse como lo acababa de hacer yo, sino simplemente de dedicarle la más mínima atención.

Llegué a la altura de unos bancos de madera. Mientras me pensaba si me apetecía sentarme o seguir caminando, advertí que en uno de ellos, situado a una veintena de metros, una figura masculina parecía fijarse en mí. El color de su piel y su cabello me resultaron por un momento familiares, pero en seguida bajé la cabeza para alejarme.

-¡¡Diego!! -me gritó.

Me detuve en seco y volví a levantar la mirada. Una inconfundible sonrisa iluminó su semblante, y recordé que además de ideas y pajas mentales, en contadas ocasiones otras cosas mucho más simples pueden llegar a hechizarnos. Mi reacción inmediatamente posterior a reconocerle allí, sentado en aquel banco de aquel lugar a aquellas horas, fue un ligero mareo. Me recompuse y corrí a abrazarle.

-¿Qué haces aquí? -me interrogó, sin estrechar un milímetro la sonrisa.

-No, qué haces tú -respondí- Yo te hacía en el otro lado del charco.

-Me apetecía volver a ver todo esto.

-¿Lo echabas de menos?

-En absoluto. No he estado físicamente, pero en realidad aún no me he ido. Todo me sigue resultando familiar. Pero cuéntame, ¿qué te ha traído a ti por aquí?

Titubeé unos instantes. A ver cómo se lo explicaba.

-Verás… he venido… es que estoy dentro de un sueño -fue todo lo que me salió. Preferí omitir detalles que probablemente no hubiesen ayudado mucho, como que acababa de hackear una emisora de radio.

Él explotó en una sonora carcajada al oír lo del sueño. Pasaron bastantes segundos hasta que dejó de reír para volver a articular palabras.

-Explícame eso, anda -dijo al fin.

-Es que no hay mucho que contar, en realidad. Anoche tuve un sueño, salí de mi casa y aparecí aquí. No sé cuántas horas han transcurrido desde que llegué. Ni tampoco cuándo despertaré.

-¿Cómo puedes saber que estás soñando?

-¿Y tú como puedes saber que estás despierto?

-En ningún momento he dicho que lo estuviese -la sonrisa se transformó en enigmática.

Permanecimos observándonos mutuamente, con curiosidad. Creo que ambos llegamos a la conclusión de que sí, la vida nos había seguido moldeando día a día y habíamos evolucionado, pero en el fondo poco o nada había cambiado en nosotros desde el primer paseo que compartimos en aquella ciudad.

-¿Sigues sin entender el mundo? -me preguntó.

Hice una breve reflexión, basada principalmente en lo que había presenciado antes de llegar hasta allí. Entendía muchas cosas, como por ejemplo por qué salían y se ponían el sol y la luna, por qué hace más frío en las montañas que en el mar o por qué se caían las hojas de los árboles en otoño. Incluso creía entender por qué nacemos y por qué morimos. Lo que percibía que escapaba a mi entendimiento es todo lo que suele ocurrir entre estos dos instantes. No comprendo gran parte del comportamiento humano. Y sé que él se refería a esto último cuando me preguntó porque le pasaba exactamente lo mismo que a mí.

-Cada día menos -respondí, tras un suspiro- El otro día se lo conté a un amigo y me dijo que eso me pasa porque no empatizo.

-Quizá tenga razón.

-Entonces me centraré en empatizar y me olvidaré de comprender -resolví.

Permanecimos allí, en una conversación interminable. Siempre hay cosas agradables de las que hablar con alguien con quien, dentro de las inevitables diferencias entre dos personas distintas, se llegan a compartir ciertas actitudes y estados de ánimo ante la vida. Es como encontrar un cálido y reconfortante refugio tras pasar varias noches a la intemperie. Además, yo desconocía si nos volveríamos a ver, así que seguía negándome a despertar. Me daba lo mismo que fuese de día, y por supuesto la hora me traía sin cuidado. Además de que el gran reloj del edificio de la radio quedaba lejos y ya no sentía la amenaza de volver a la realidad cerniéndose sobre mí. Si es que existía algo más real que aquello. Porque había encontrado algo que, sin saberlo, anhelaba desde hacía algún tiempo: el consuelo de las preguntas, las inquietudes y los sueños compartidos en el encuentro de dos almas solitarias en medio de la ciudad.


Responses

  1. Reblogueó esto en El Filósofo Loco.

    • Hola ,extrañaba tus escritos, ya que el último que leí es de enero del año, maravilla compartida… sentí la sensación de vivir la experiencia,ver el paisaje y la alegría del encuentro con un otro, alguien familiar en sentires. habitar el sueño es la felicidad misma. Tal vez te parezca exagerada mi emoción, la siento como vivida. cuando hablas del tiempo circular del presente permanente habitado, siento eso y en mi blog tengo cosas escritas que hablan desde esa referencia o mirada de las cosas de la vida.
      Gracias!
      Te saludo desde un lugar lejano en kilometros, tal vez muy cercano en manera de sentir, en un espacio donde no es mensurable la distancia. Circular
      te envío buenos aires desde aquí
      Rocío Laguna


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