La mañana era fresca. Bueno, más que fresca, hacía una rasca de cojones, que empezó a invadirme nada más bajar del coche, el cual quedó aparcado en la misma calle donde dejé aquel otro coche que me trajo a este mismo lugar en otra fría mañana de un domingo de enero hace… ¿cuánto? ¿seis años, ya?.
Qué diferente era aquel chaval que bajó de otro coche, azul, aquel día. Era tan diferente que, en ocasiones, sino fuese porque mi memoria retiene demasiadas imágenes y sensaciones, pensaría que no era yo. Pero sí, era yo. Aquel tipo de gafas que estrenaba un abrigo de publicidad reversible que le hacía parecerse a un esquimal no podía ser otro que yo.
Es un lugar muy especial para mí, éste al que volvía. La primera vez me lo descubrieron mis padres, cuando tendría yo unos quince años, y creo que quedé tan fascinado por la belleza que emanaba de sus calles, de sus edificios y del paisaje que lo rodea, que desde aquel día estuve deseando volver. Y ahora que lo he visitado tantas veces, que he paseado por esas callejuelas de día y de noche, es uno de esos sitios a los que, sencillamente, uno tiene irremediablemente que volver de vez en cuando, aunque sea para encontrarme, de nuevo, con todo lo que dejé.
La segunda vez que estuve fue aquel domingo de enero de hace seis años. Lo visité yo solo. Había quedado con un amigo, pero hubo un par de malentendidos y a última hora me dejó tirado, así que decidí que, entre quedarme amargado en mi casa pensando en planes truncados y lo bien que lo podíamos haber pasado, o cambiar por unas horas de aires, haría mi primera escapada en solitario. Poco sospechaba yo todo lo que ese día iba a empezar a vislumbrar en mi interior, y en definitiva a cambiarme, muy poco a poco, la vida. Creo que ese día me empezaron a crecer unas hermosas alas. Es una sensación rara, la de pensarlo tiempo después de haber despegado. Es extraño, como digo, tener la certeza de que el gran sentido de las cosas puede que esté al principio de todo, en ese punto de partida que emprendemos casi a ciegas, y que sólo somos capaces de ver y ubicar en el espacio y el tiempo cuando echamos la vista atrás y nos damos cuenta de lo lejano que queda ya. Lejano, sí, pero ahí está para siempre, y más conviene no olvidarlo. Y, quien me lo iba a decir, mientras escribo esto suena en mis auriculares eso de “caminante no hay camino / se hace camino al andar”.
Pero volvamos a la última vez que estuve allí, la más reciente, que es la que me lleva a largar todo esto.
Después de echar un vistazo y tomar un par de fotos de las vistas del río desde el puente, igual que aquel lejano domingo de hace seis años, ascendí caminando a paso lento por la larga y empinada cuesta que conduce a la parte alta, trazando sus curvas ahora a la izquierda, después a la derecha, mientras pensaba en ese otro lugar de esa ciudad, cercano a aquel por el cual transitaba en aquellos instantes, donde se cuenta una historia que, creo recordar, tiene como protagonista a un joven conocido como “el apuesto Diego”. Sonreí para mí.
Cuando pasé bajo los arcos que llevan a la plaza, ascendí unos metros más hasta llegar a la altura de la catedral, y una vez allí tomé una callejuela que dejaba sus muros a la izquierda, para volver a girar a la izquierda e ir a parar a una calle mucho más estrecha, y menos concurrida que las anteriores.
Caminé ahora muy lentamente, deteniéndome de vez en cuando para contemplar las vistas que se presentaban a mis ojos hacia la derecha, cuando la ausencia de casas permitía otear un paisaje dominado por la luz del sol y sus reflejos en las piedras, y el estrecho puente de madera suspendido en el vacío; pero también teñido de color ceniza, supongo que por el humo de las chimeneas y por la bruma que generaban el río y el frío.
Aquello era increíble, y como no podía ser de otra forma, empecé a batir las alas. Era una de esas situaciones en las que uno no puede tener otra cosa mejor que hacer que echar a volar, una vez más, la imaginación.
A tiro de piedra me quedaba un túnel que sumergía en las sombras la calle durante un par de metros, titulado en su entrada como “pasadizo”. Entré, y leí por tercera vez en mi vida aquella otra leyenda relativa a aquel lugar, una de las típicas castellanas, en la que se narraba en un par de azulejos adosados a la pared la historia de un humilde jornalero, una bella joven que vivía enamorada de él, una relación imposible, un tercero que se entromete y, cómo no, un final de lo más trágico.
Como en las ocasiones anteriores, me planteé si aquello pudo haber ocurrido allí. Pensé en otras épocas. En otras personas. En todas las historias y situaciones que, además de esa que relataba el azulejo, se podían haber vivido y sentido en aquel punto exacto del mapa.
Pensé, sobre todo, en todas esas esas historias que ni las paredes, ni los muros, ni las piedras, se atrevieron ni se atreverán a contar.
De pronto, alguien atrajo mi atención. Cegado por la oscuridad del pequeño túnel, no había reparado en que había alguien más allí dentro.
-El apuesto Diego -me pareció oír, en un hilo de voz, mientras me sentí escrutado por unos ojos que no pude ubicar.
-¿Nos conocemos? -pregunté, temeroso. Lo ubiqué de oídas, ya que allí me sentía incapaz de distinguir forma humana alguna.
En aquel instante distinguí dos puntos brillantes en la oscuridad, que parecían mirarme fijamente.
-Estás temblando. Ven, anda. Siéntate. Hay sitio para alguien más. O, mejor dicho, siempre habrá sitio para ti en un lugar como este.
“Lo dirá por los amores imposibles”, pensé, no sin cierta amargura. Su voz sonaba joven, fresca. Muy cercana. Casi diría familiar, aunque mi memoria no la terminaba de ubicar. Sin plantearme qué extraña pulsión me llevaba a hacer aquello, me senté al lado de los dos puntos brillantes, y casi instantáneamente sentí una oleada de calor humano, ternura o algo parecido.
-¿Por qué estás aquí? -le interrogué. Los ojos parecieron brillarle, por segundos, con algo más de intensidad.
-¿Te extraña que esté aquí? -su pregunta dejaba caer un tono de incredulidad.
-Bueno… me extraña encontrarme personas en estos lugares. Aquí dentro, quiero decir.
-Curioso.
No respondí, así que volvió a hablarme.
-Te extraña encontrarme aquí, y sin embargo, has venido porque intuías que me encontrarías. Porque sabes que he venido a lo mismo que has venido tú.
Volví a quedarme mudo.
-¿O me equivoco? -uno de los puntos se ocultó durante unas décimas de segundo. ¿Un guiño, quizás?
-Bueno, necesitaba un déjà vu. Para ir tirando, ya sabes.
-Ah.
Permanecimos ambos callados unos segundos. ¿O fueron unos minutos?
-¿Conoces el amor, Diego? -me preguntó de forma repentina.
Sonreí interiormente, recordando ese dicho que reza algo así como que cuando hables, procures que tus palabras sean mejores que el silencio.
-Pues… quizá sí. Pero en realidad no lo sé. -Al terminar la frase sentí más frío. O puede que sólo fuese una pequeña ráfaga de tristeza.
-¿Nunca has estado enamorado?
-Pues tampoco lo sé. Si alguna vez lo he estado, no me ha durado mucho.
-¿Y eso?
-Bueno, imagino que no habré sido correspondido. Así que a fin de cuentas conozco más el desamor.
Se hizo el silencio. Y no sé a cuento de qué, me vino a la mente un eslogan muy gracioso que leí en algún trozo de papel, no hace mucho. “Loterías y apuestas del amor”, decía. Ah, ya recuerdo donde. En la invitación de una boda.
-Entiendo -respondió, al fin.
Nuevo silencio. Esta vez más breve que el anterior, interrumpido por una nueva pregunta suya.
-¿Qué es el amor, entonces?
¿Era posible que alguien me hiciese esa pregunta, precisamente, en aquellos momentos? En aquel punto de mi vida en el que casi todo se me sacudía, por fuera y por dentro, adquiriendo a veces nuevos significados, y otras veces quedando sólo conceptos vacíos y aislados, a los que era incapaz de encontrarle sentido, yo tenía que explicarle a aquel tipo del cual sólo podía distinguir el brillo de sus ojos en la oscuridad lo que era el amor para mí.
Por todo eso, preferí ser honesto conmigo mismo, y también con mi acompañante, por muy interesante que me resulte siempre tratar sobre tal asunto.
-Creo que, hoy por hoy, no estoy en condiciones de poder definir el amor. Al menos de forma más o menos lúcida.
-Pues entonces descríbelo como te apetezca. Invéntate una definición. Al fin y al cabo cada ser humano tendrá la suya, ¿no crees?
Aquella reflexión me recordó a una de un texto que me gusta tener muy a mano, y que siempre que lo releo termino llorando a lágrima viva. Pensé que no me quedaba otro remedio que utilizarla.
-Un día leí que lo jodido del amor es que uno se lo tiene que inventar todo. Así me siento yo a veces.
-¿Te inventas el amor, entonces?
-Quizá sí.
-¿Cómo lo haces?
-Pues puede que incluso se me dé bien, porque creo que lo hago de varias maneras.
-¿Por ejemplo?
-Bueno… en ocasiones una sola mirada me basta para inspirarme. Para sentirme muy vivo. Para pensar que todo lo que me rodea vale la pena. Que todo lo que me ha traído hasta aquí está cargado de sentido. Para llenarme de ilusión, energía y vitalidad, y pensar que siempre habrá alguien por quien merezca la pena inventármelo. Aunque sea por un instante. Aunque no sea correspondido. O, peor aún, aunque nunca llegue a conocerle. Imagino que algo así debe ser el amor. Una especie de huida hacia adelante, de flujo que te mantiene agarrado a la idea de que todo esto tiene más sentido cuando uno se deja la piel. Cuando te sientes envuelto por algo; algo mucho más grande que tú y yo juntos. Cuando sólo te crees capaz de dar lo mejor de ti mismo.
-Al final lo has definido sin querer.
Sonreí.
-¿Y lo haces mucho, dices, eso de inspirarte?
-Eso creo.
-¿Crees?
-Uno tiene demasiado por dar, y todas esas cosas.
-Entonces no te estás inventando nada. Sólo sacas lo que tienes dentro.
-Podría ser.
-¿Piensas que encontrarás a alguien?
-¿Qué más da lo que yo piense respecto a eso?
-Bueno, a mí me interesa.
-Pues… hace tiempo que lo de encontrar a alguien lo doy por imposible.
-Lo cual no significa que lo sea.
-De ahí lo que te decía, de que lo que yo piense no va a cambiar nada.
-Lo importante es que no pierdas la ilusión de encontrar aquello que te hace inventar lo que inventas. Esa mirada. O ese gesto. Y que tengas la certeza de que se pueden presentar de múltiples formas.
“Incluso sin rostro”, estuve tentado de decirle, pero no lo hice. En lugar de eso, aproveché un nuevo silencio para, allí en la oscuridad, batir de nuevo las alas.
-Es todo tan… -balbuceé.
Los dos puntos brillantes se clavaron en mis ojos.
-¿Mágico? -creí escuchar.
-Por ejemplo -admití- Debe de ser eso. Entre otras cosas, claro.
Sentí la calidez de una mano deslizándose por mi espalda, después bajando por mi brazo, hasta detenerse a la altura de mi mano diestra.
-Sigues temblando -me dijo la voz, cogiéndome de la mano.
Deseé que el mundo acabase, o mejor aún, que se detuviese en aquel preciso instante.
Mi pensamiento volvió a todo lo que en aquellas paredes se pudo vivir a lo largo de tanto tiempo. A tantos sentimientos que nunca pudieron ver la luz. A tantas almas amando a escondidas, como puede que haya hecho yo muchas veces.
Como quizá estaba volviendo a hacer en aquel momento aquella mañana, mientras temblaba de frío, o de lo que fuese, agarrado a una mano cuyo tacto creía haber catado antes.
-Gracias por dejarte ver -dije, emocionado, dirigiéndome a los dos puntos brillantes, al tiempo apretaba su mano-. Gracias por existir.
Hay sueños de los que, felizmente, uno no despierta nunca. Y puede que sean esos sueños los que, a fin de cuentas, le mantienen a uno vivo. Muy vivo.
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