Bajo mi humilde opinión, y también desde mi experiencia, pienso que la soledad es un asunto de extremos y con poco lugar para las medias tintas: o la adoras, o la aborreces. También hay quien la teme. En mi caso, al menos desde que me alcanza la memoria, siempre he sido uno de esos extraños tipos que necesitan como el comer un rato al día de estar solito, por mínimo que sea, para poner cierto orden en mis ideas, o lo que quiera que circule por mi cabeza. Así que si alguna vez das conmigo y por lo que sea no he podido disfrutar de ese tiempo, que sepas que no responderé ni de mis palabras ni de mis actos. Sencillamente, te encontrarás con una versión muy alejada de lo que soy habitualmente.
Como decía, desde siempre he buscado y encontrado ese tiempo, por poco que fuese, en el que casi nada ni casi nadie interrumpía el curso de mis pensamientos. Exceptuando esos homenajes míticos que me doy con cierta frecuencia, y en los que además de estar solo veo algo de mundo y me da un poco el aire, normalmente ese tiempo para mi propio feng shui diario se reducía, a lo sumo, a un par de horas al día. Y lo aceptaba y estaba contento con ello, hasta hace dos años. Por entonces, mis padres se largaron una semana de viaje y me dejaron en casa de Rodríguez (aunque no estoy seguro de que sea éste el término apropiado para autodefinirme). Durante esos cinco o seis días, y sin dejar de pasar muchas horas fuera currando ni alterar significativamente mis rutinas, tuve la oportunidad de probar a ratos un caramelo cuyo sabor me supo a gloria y encima se me hacía corto, así que puede que me sentase mucho mejor a mí el retiro de mis progenitores viviéndolo desde casita que a ellos mismos dando vueltas por ahí. Por eso cuando volvieron cambiaron muchas cosas. El cuerpo empezaba a pedirme a gritos más caramelos como aquellos, por momentos sentía que me faltaba el aire entre esas cuatro paredes –paradójicamente, rodeadas de montañas- en las que había crecido, y las discusiones con mi madre, que tiene un carácter igual de difícil que el mío o incluso más, se hicieron frecuentes. Mi relación con ella era sumamente compleja, una especie de “ni contigo ni sin ti” cuyo origen sólo he sabido adivinar con el tiempo, y que resultó ser el mismo que en tantos otros conflictos humanos: nos veíamos demasiado.
Coincidió todo esto con una etapa convulsa de mi vida a nivel senti-mental, con armarios que se abrían de par en par, con revelaciones y conclusiones más o menos lúcidas sobre mí mismo, sobre mi vida, sobre “de todo un poco”, y este tipo de cosas. Ya tú sabes. Así que como colofón a todo lo que me acontecía, durante los meses siguientes empezó a madurar en mi interior la idea de volar del nidito. Pero no terminaba de creérmelo. Me había tirado toda la vida en ese pequeño pueblo, con mi familia, y no alcanzaba a imaginarme cómo sería algo distinto a aquello. Les hablaba a mis amigos de mis planes y parecían alegrarse, mientras a mí me costaba horrores asimilar la idea de que tendría que cocinar, ponerme lavadoras y hacérmelo todo. Lo cierto es que no me veía viviendo solo.
Al final, con la excusa de que un buen día dentro de poco terminaría de devolverle a mi padre lo que le costó mi coche, decidí creérmelo, o al menos hacer todo lo posible por ello.
A estas alturas del año pasado iba loco de un lado para otro, recorriendo de punta a punta este pueblo lleno de iglesias, aprovechando cada minuto libre mirando pisos y otras cosas raras que se hacían llamar con ese nombre, hasta que decidí alquilar uno que resultó de mi agrado y con unas condiciones razonables. Después vino todo el curro de adecentarlo y dejarlo con un aspecto que resultase más o menos agradable a mis sentidos, y una mudanza que salvo en momentos puntuales llevé a cabo yo solo sin pedir ayuda a nadie, y sacando tiempo, fuerza y energía de no sé donde. Quizá de los kilos que perdía cada semana. Supongo que, después de todo, tenía ganas. Ganas de creérmelo, digo.
Mi última semana en casa de papá y mamá, éstos me hicieron sin querer el mismo favor del año anterior, y se largaron de nuevo permitiendo que me diese mis merecidos homenajes en mi pueblo de toda la vida. No tenía, sin embargo, una fecha prevista para mi definitivo traslado, pero cuando volvieron aguanté solamente una noche con ellos en casa. Después de catar de nuevo ese caramelo tan sabroso, esta vez el sufrimiento iba a ser voluntario, y no estaba dispuesto a alargarlo; así que para el día siguiente hice las maletas, cargué los bártulos que me quedaban y salí casi despedido hacia mi nueva vida.
Nada más cerrar la puerta aquella tarde en mi nueva morada, me invadió una sensación de lo más extraña. Para mi sorpresa, no fue de libertad, ni de nada parecido. Fue, otra vez, una especie de vértigo, o vacío, lo que sentí, y no sólo cuando me asomaba al balcón.
Ignorante de mí, lo que me pregunté por entonces era cómo diablos iba a llenar todo aquel espacio de vida y de experiencias. Paseé por cada estancia. Ninguna me transmitía nada. Todo estaba por llenar y por crear allí dentro.
Y fue entonces cuando, inconscientemente, supe que me esperaba una ardua pero apasionante tarea, y que me tenía que poner manos a la obra cuanto antes.
Recuerdo aquellas primeras noches cuando después de cenar miraba por la ventana. Había pasado de vivir en las afueras de un pueblo de no más de 500 habitantes a estar en el centro neurálgico de otro de casi 25.000. Con el hemisferio gañán de mi cerebro funcionando aún a pleno rendimiento, me resultaba sumamente extraño el simple hecho de que a ciertas horas pudiesen circular coches y personas allá abajo, en la calle.
Aquel vago temor de la primera tarde fue sólo una sombra que se diluyó rápidamente, y pese a que mis obligaciones laborales y domésticas me dejaban sin apenas tiempo libre, los siguientes días empecé a sentir que estaba entrando de lleno en otra dimensión.
Llegó el buen tiempo mientras yo me iba sintiendo más libre, me desapegaba de mi familia y de mi pueblo, y trataba de desarrollar y cultivar esa identidad propia que tanto tiempo había dejado de lado. Empecé a hacer cosas nuevas más allá de las tareas rutinarias. A salir a correr. A hacer breves sesiones de meditación. Pero sobre todo, pasar tanto tiempo a solas me servía para darme cuenta de todo lo que tenía que dejar de hacer, y que con cierta frecuencia seguía haciendo.
Me sorprendía al comprobar lo poco que me costaba descentrarme en cualquier momento, sobre todo conociendo lo metódico, disciplinado y exigente que soy para con mis cosas. También empecé a descubrir varias conductas adictivas que había llevado a cabo de forma compulsiva en los últimos años de mi vida. No vale la pena que entre en detalles, porque se trata de pequeños vicios relacionados con placeres efímeros que a la larga no me conducían a ninguna parte, y quien más y quien menos ha tenido o tiene los suyos. Es lo que tiene vivir en un mundo en el que estamos rodeados continuamente de estímulos que nos distraen de lo realmente importante. Que terminamos abusando de casi todo lo que se digiere rápidamente, y esto nos termina resultando, aunque muchas veces no nos demos cuenta, muy perjudicial; que si uno no sabe echar el freno de mano puede terminar hundido en un mar de banalidad. Así de bien nos va.
Y allá cada cual, pero uno es de de la opinión de que si quiero construir una vida plena, todo aquello que me resulte intrascendente o irrelevante tengo que cortarlo de raíz cuanto antes, empezando por dejar de distraerme con una mosca que me pasa por delante. Éste es el propósito que me hice un tiempo atrás, y que intento llevar a cabo a diario.
Sobre todo, después de aquellos meses locos del -hasta ahora- mejor verano de mi vida, en los que mi estado de emancipación y “liberación” y unos ánimos alterados por el calor, y algún que otro incentivo más, me pedían de vez en cuando cierto desorden en mis tareas. Varias noches el hecho de tener que irme a dormir suponía casi un engorro para mí, y me ponía a hacer cualquier cosa más o menos placentera para terminar cenando y acostándome a las tantas con sentimiento de culpa, y levantarme echo un zorro pocas horas después para volver a tirarme otro día currando, primero para mis jefes, y luego para mí. Y para ellos a estas alturas me da igual no estar en plenas condiciones, pero para mí no me lo puedo permitir. Por eso tenía que proponerme no perder nunca, o casi nunca, el norte, y meterme una marcha más de autodisciplina.
Los resultados, en cuanto a desarrollo y crecimiento personal, son espectaculares, y el término “bienestar” cobra por momentos nuevas definiciones para mí. Sí, me fastidia poner lavadoras, madrugar los sábados para limpiar, y tener la sensación en demasiadas ocasiones de ir corriendo detrás de algo tan ficticio como un puto reloj haciendo cosas de las que en realidad uno saca muy poco. Decía Gandhi aquello de “casi todo lo que haga será insignificante, pero es importante que lo haga”, así que al fin y al cabo debo ver estas cosas como efectos secundarios. El precio a pagar por otros momentos más enriquecedores y edificantes. Como los que vivo por las mañanas cuando me zampo mi plátano contemplando como se despierta el mundo y la luz creciente en el exterior se va desparramando sobre el amplio comedor. O esos breves minutos del té de las cuatro en la galería disfrutando del tibio sol del invierno antes de volver al curro. Por no hablar de esas lecturas nocturnas y tranquilas en el sofá, con otra infusión cerca, y sobre todo con la sensación de haberme ganado esos momentos durante todas las horas anteriores. Y por supuesto, las pelis y documentales de los viernes y los sábados por la noche, o los domingos saltando al ritmo de “Sonideros” y “Tiempo de juego” para despedir la semana. Y cómo no, las veladas junto a esos pocos personajes que se dejan caer por aquí de vez en cuando para sumar algo más a mi vida.
Después de todo esto, podrás suponer que, a día de hoy, todo lo que muestra a mis ojos cada estancia de las que hace un año no me transmitían nada ha ido llenándose de significado(s), y ahora mismo considero este inmueble como una especie de mundo aparte, muy distinto al que hay fuera de esas paredes. No sé si hecho a mi imagen y semejanza, pero desde luego, me siento en él como pez en el agua, y se me antoja un mundo muy propio aunque sus amos sean otros.
El colegio, el instituto, el primer trabajo, el primer polvo. Hay etapas en la vida por las que, con mayor o menor intensidad, terminamos pasando casi todos. Vivir con uno mismo no suele ser, por desgracia, una etapa muy común, y sin embargo mientras estoy inmerso en ella me parece que tendría que ser poco menos que obligatoria para cada individuo de este planeta. Porque abrumadora me resulta esta conclusión, pero en muchos sentidos me he abierto más puertas y he aprendido más en este último año de mi vida que en los casi veintisiete anteriores.
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