Posteado por: mellondeep | 22/01/2012

Un domingo cualquiera

Antes de empezar, como casi siempre, me pregunto qué me trae aquí, y me respondo, de nuevo, más o menos rápido. Podrían ser las ganas de no hacer otras cosas, como un nuevo tostón de ejercicio en inglés. O de no saber si debo expresarle a alguien lo que quiero expresarle. O puede que sea una especie de incontinencia, que me acecha en los últimos días, y que me obliga a contar lo que sea. Por todo esto, o por lo que sea, aquí estoy de nuevo.

La luz del sol se derrama, alegre, sobre una parte del comedor. Vuelvo mi vista hacia el amplio ventanal, desde el cual observo edificios, con sus preciosas antenas coronándolos, y un par no menos estéticas grúas. Más al fondo, montañas. A la izquierda puedo divisar aquel pico que subí hace un mes; más a la derecha, aquel otro en el que empecé mis andaduras como currante, hace más de siete años.

Todo ello se presenta a mis ojos bajo el telón de fondo, una vez más, de un cielo limpio y azul, tan sólo manchado por la estela, breve, de aviones que lo surcan de punta a punta.

Suena alguna que otra traca, lejana. Suenan, más cercanas, las campanas de alguna de las mil iglesias de este pueblo. Si paro la música y dejo de teclear, puedo escuchar también, amortiguados, los sonidos de la calle. Si me levanto y fijo mi atención en lo que ocurre fuera del séptimo, allá abajo, puedo constatar que esa luz del sol que se derrama sobre una parte de mi comedor es la misma que ilumina esa calle de punta a punta, que juguetea caprichosamente trazando curvas en las esquinas, en las macetas, en los edificios, en las caras de la gente. Esos rostros, conocidos o no, que hoy ponen el freno de mano a unas vidas quizá frenéticas, y se paran en las aceras a charlar en tono más distendido de lo que pasa en el mundo. Bueno, de eso, y por supuesto de los demás.

¿Y qué pasará en el mundo?. En las más de quince horas que llevo encerrado aquí, me lo he preguntado en más de una ocasión. Al final, y aunque sea durante unos minutos, vuelvo a ese estado de ignorancia en el que uno es capaz de pensar que algo de lo que pasa igual lo cuentan en las noticias. O en Informe Semanal, donde anoche vi parte de un reportaje sobre Fraga, aquel ministro franquista que, como tantos otros, se recicló a demócrata para hacer carrera. Me lo tragué más por morbo -bueno, y por otro reportaje que le precedía y que valía la pena, que no todo es malo en Informe Semanal- que por otra cosa, porque una de mis dudas existenciales era quién sobreviviría a quien. Fraga a Informe Semanal, o viceversa.

Pero lo que más gracia me hizo fueron aquellas imágenes del Fraga ministro, y su séquito, marcando tipito y dándose un chapuzón en la costa almeriense para ahuyentar los fantasmas de que el mar por allí podría estar infestado de radioactividad proveniente de un accidente de sus amigos yankees. Al parecer, fue el mismo Fraga quien ideó aquello de “Spain is different”, y justamente ése eslogan me vino a la mente cuando vi el paripé. De verdad que sí: España es otra cosa. Yo no conozco otros países, pero mucho me temo que mucho de lo que acontece en éste en el que vivo sólo puede pasar aquí, y en ningún otro sitio más.

Además de Fraga, también está de rabiosa actualidad un nuevo emplazamiento turístico que ha surgido en algún rincón de la costa italiana, por lo visto porque allí se puede contemplar la silueta de un crucero a la deriva, o de lo que va quedando del mismo.

Tampoco es que las noticias, o la actualidad, me la traigan al pairo. Simplemente la consumo a mi manera, en muy pequeñas dosis, pasándola por mi filtro y quedándome sólo con la parte que me interesa de la misma. Lo del crucero éste es un buen ejemplo, porque de lo poco que he visto y leído estos días sobre ello, sólo me quedo con un artículo de uno de los señores que escribe en el periódico que hojeo los fines de semana. Admiro la forma de escribir de este hombre, porque en cualquiera de sus brevísimas columnas, de apenas cincuenta o sesenta palabras, es capaz de poner el mundo del revés. Y ayer establecía un divertido símil entre este idílico crucero y otro llamado Europa. También entre sus tripulantes.

Quizá de todo esto, y de Urdangarín, hablen esas figuras que se detienen en la acera, o en el parque, o en un bar, una tranquila, soleada y, de nuevo, casi primaveral mañana de domingo.

Ése es el problema de la actualidad, y de todos los que la siguen. Que, al igual que un informativo transita de refilón sobre todo, y particularmente sobre lo más importante, uno puede terminar pasando igualmente de puntillas por todo lo verdaderamente relevante de la vida. O, peor aún, obviarlo directamente, distrayéndose con lo de siempre.

La calle sigue tranquila. El sol avanza lentamente en su camino, marchándose de mi comedor.

Si el mundo se parase alguna vez, debería ser en momentos así.

Dentro de unas horas, todo volverá a su estado habitual, el de cualquier otro domingo. Caerá la tarde, luego la noche. Las ondas radiarán los partidos de otra jornada de liga. El tráfico y el ajetreo volverá a erigirse en el protagonista de la vida en la ciudad. Esta noche todo estará, de nuevo, en calma. Todos en su sitio, velando armas, a la espera de un nuevo estallido de actualidad mañana, temprano. Mientras tanto, a los pueblos volverá esa estampa de quietud que domina su día a día.

En realidad, pienso a veces, urge que el mundo se pare. Ahora lo pienso de nuevo. Debe ser por esta incontinencia que me acecha últimamente, pero la cuestión es que me gustaría que se parase en cuanto pueda. Aunque sólo sea para que nos demos cuenta de lo mal que nos lo montamos.

Posteado por: mellondeep | 20/01/2012

En busca de un gesto

La mañana era fresca. Bueno, más que fresca, hacía una rasca de cojones, que empezó a invadirme nada más bajar del coche, el cual quedó aparcado en la misma calle donde dejé aquel otro coche que me trajo a este mismo lugar en otra fría mañana de un domingo de enero hace… ¿cuánto? ¿seis años, ya?.

Qué diferente era aquel chaval que bajó de otro coche, azul, aquel día. Era tan diferente que, en ocasiones, sino fuese porque mi memoria retiene demasiadas imágenes y sensaciones, pensaría que no era yo. Pero sí, era yo. Aquel tipo de gafas que estrenaba un abrigo de publicidad reversible que le hacía parecerse a un esquimal no podía ser otro que yo.

Es un lugar muy especial para mí, éste al que volvía. La primera vez me lo descubrieron mis padres, cuando tendría yo unos quince años, y creo que quedé tan fascinado por la belleza que emanaba de sus calles, de sus edificios y del paisaje que lo rodea, que desde aquel día estuve deseando volver. Y ahora que lo he visitado tantas veces, que he paseado por esas callejuelas de día y de noche, es uno de esos sitios a los que, sencillamente, uno tiene irremediablemente que volver de vez en cuando, aunque sea para encontrarme, de nuevo, con todo lo que dejé.

La segunda vez que estuve fue aquel domingo de enero de hace seis años. Lo visité yo solo. Había quedado con un amigo, pero hubo un par de malentendidos y a última hora me dejó tirado, así que decidí que, entre quedarme amargado en mi casa pensando en planes truncados y lo bien que lo podíamos haber pasado, o cambiar por unas horas de aires, haría mi primera escapada en solitario. Poco sospechaba yo todo lo que ese día iba a empezar a vislumbrar en mi interior, y en definitiva a cambiarme, muy poco a poco, la vida. Creo que ese día me empezaron a crecer unas hermosas alas. Es una sensación rara, la de pensarlo tiempo después de haber despegado. Es extraño, como digo, tener la certeza de que el gran sentido de las cosas puede que esté al principio de todo, en ese punto de partida que emprendemos casi a ciegas, y que sólo somos capaces de ver y ubicar en el espacio y el tiempo cuando echamos la vista atrás y nos damos cuenta de lo lejano que queda ya. Lejano, sí, pero ahí está para siempre, y más conviene no olvidarlo. Y, quien me lo iba a decir, mientras escribo esto suena en mis auriculares eso de “caminante no hay camino / se hace camino al andar”.

Pero volvamos a la última vez que estuve allí, la más reciente, que es la que me lleva a largar todo esto.

Después de echar un vistazo y tomar un par de fotos de las vistas del río desde el puente, igual que aquel lejano domingo de hace seis años, ascendí caminando a paso lento por la larga y empinada cuesta que conduce a la parte alta, trazando sus curvas ahora a la izquierda, después a la derecha, mientras pensaba en ese otro lugar de esa ciudad, cercano a aquel por el cual transitaba en aquellos instantes, donde se cuenta una historia que, creo recordar, tiene como protagonista a un joven conocido como “el apuesto Diego”. Sonreí para mí.

Cuando pasé bajo los arcos que llevan a la plaza, ascendí unos metros más hasta llegar a la altura de la catedral, y una vez allí tomé una callejuela que dejaba sus muros a la izquierda, para volver a girar a la izquierda e ir a parar a una calle mucho más estrecha, y menos concurrida que las anteriores.

Caminé ahora muy lentamente, deteniéndome de vez en cuando para contemplar las vistas que se presentaban a mis ojos hacia la derecha, cuando la ausencia de casas permitía otear un paisaje dominado por la luz del sol y sus reflejos en las piedras, y el estrecho puente de madera suspendido en el vacío; pero también teñido de color ceniza, supongo que por el humo de las chimeneas y por la bruma que generaban el río y el frío.

Aquello era increíble, y como no podía ser de otra forma, empecé a batir las alas. Era una de esas situaciones en las que uno no puede tener otra cosa mejor que hacer que echar a volar, una vez más, la imaginación.

A tiro de piedra me quedaba un túnel que sumergía en las sombras la calle durante un par de metros, titulado en su entrada como “pasadizo”. Entré, y leí por tercera vez en mi vida aquella otra leyenda relativa a aquel lugar, una de las típicas castellanas, en la que se narraba en un par de azulejos adosados a la pared la historia de un humilde jornalero, una bella joven que vivía enamorada de él, una relación imposible, un tercero que se entromete y, cómo no, un final de lo más trágico.

Como en las ocasiones anteriores, me planteé si aquello pudo haber ocurrido allí. Pensé en otras épocas. En otras personas. En todas las historias y situaciones que, además de esa que relataba el azulejo, se podían haber vivido y sentido en aquel punto exacto del mapa.

Pensé, sobre todo, en todas esas esas historias que ni las paredes, ni los muros, ni las piedras, se atrevieron ni se atreverán a contar.

De pronto, alguien atrajo mi atención. Cegado por la oscuridad del pequeño túnel, no había reparado en que había alguien más allí dentro.

-El apuesto Diego -me pareció oír, en un hilo de voz, mientras me sentí escrutado por unos ojos que no pude ubicar.

-¿Nos conocemos? -pregunté, temeroso. Lo ubiqué de oídas, ya que allí me sentía incapaz de distinguir forma humana alguna.

En aquel instante distinguí dos puntos brillantes en la oscuridad, que parecían mirarme fijamente.

-Estás temblando. Ven, anda. Siéntate. Hay sitio para alguien más. O, mejor dicho, siempre habrá sitio para ti en un lugar como este.

Lo dirá por los amores imposibles”, pensé, no sin cierta amargura. Su voz sonaba joven, fresca. Muy cercana. Casi diría familiar, aunque mi memoria no la terminaba de ubicar. Sin plantearme qué extraña pulsión me llevaba a hacer aquello, me senté al lado de los dos puntos brillantes, y casi instantáneamente sentí una oleada de calor humano, ternura o algo parecido.

-¿Por qué estás aquí? -le interrogué. Los ojos parecieron brillarle, por segundos, con algo más de intensidad.

-¿Te extraña que esté aquí? -su pregunta dejaba caer un tono de incredulidad.

-Bueno… me extraña encontrarme personas en estos lugares. Aquí dentro, quiero decir.

-Curioso.

No respondí, así que volvió a hablarme.

-Te extraña encontrarme aquí, y sin embargo, has venido porque intuías que me encontrarías. Porque sabes que he venido a lo mismo que has venido tú.

Volví a quedarme mudo.

-¿O me equivoco? -uno de los puntos se ocultó durante unas décimas de segundo. ¿Un guiño, quizás?

-Bueno, necesitaba un déjà vu. Para ir tirando, ya sabes.

-Ah.

Permanecimos ambos callados unos segundos. ¿O fueron unos minutos?

-¿Conoces el amor, Diego? -me preguntó de forma repentina.

Sonreí interiormente, recordando ese dicho que reza algo así como que cuando hables, procures que tus palabras sean mejores que el silencio.

-Pues… quizá sí. Pero en realidad no lo sé. -Al terminar la frase sentí más frío. O puede que sólo fuese una pequeña ráfaga de tristeza.

-¿Nunca has estado enamorado?

-Pues tampoco lo sé. Si alguna vez lo he estado, no me ha durado mucho.

-¿Y eso?

-Bueno, imagino que no habré sido correspondido. Así que a fin de cuentas conozco más el desamor.

Se hizo el silencio. Y no sé a cuento de qué, me vino a la mente un eslogan muy gracioso que leí en algún trozo de papel, no hace mucho. “Loterías y apuestas del amor”, decía. Ah, ya recuerdo donde. En la invitación de una boda.

-Entiendo -respondió, al fin.

Nuevo silencio. Esta vez más breve que el anterior, interrumpido por una nueva pregunta suya.

-¿Qué es el amor, entonces?

¿Era posible que alguien me hiciese esa pregunta, precisamente, en aquellos momentos? En aquel punto de mi vida en el que casi todo se me sacudía, por fuera y por dentro, adquiriendo a veces nuevos significados, y otras veces quedando sólo conceptos vacíos y aislados, a los que era incapaz de encontrarle sentido, yo tenía que explicarle a aquel tipo del cual sólo podía distinguir el brillo de sus ojos en la oscuridad lo que era el amor para mí.

Por todo eso, preferí ser honesto conmigo mismo, y también con mi acompañante, por muy interesante que me resulte siempre tratar sobre tal asunto.

-Creo que, hoy por hoy, no estoy en condiciones de poder definir el amor. Al menos de forma más o menos lúcida.

-Pues entonces descríbelo como te apetezca. Invéntate una definición. Al fin y al cabo cada ser humano tendrá la suya, ¿no crees?

Aquella reflexión me recordó a una de un texto que me gusta tener muy a mano, y que siempre que lo releo termino llorando a lágrima viva. Pensé que no me quedaba otro remedio que utilizarla.

-Un día leí que lo jodido del amor es que uno se lo tiene que inventar todo. Así me siento yo a veces.

-¿Te inventas el amor, entonces?

-Quizá sí.

-¿Cómo lo haces?

-Pues puede que incluso se me dé bien, porque creo que lo hago de varias maneras.

-¿Por ejemplo?

-Bueno… en ocasiones una sola mirada me basta para inspirarme. Para sentirme muy vivo. Para pensar que todo lo que me rodea vale la pena. Que todo lo que me ha traído hasta aquí está cargado de sentido. Para llenarme de ilusión, energía y vitalidad, y pensar que siempre habrá alguien por quien merezca la pena inventármelo. Aunque sea por un instante. Aunque no sea correspondido. O, peor aún, aunque nunca llegue a conocerle. Imagino que algo así debe ser el amor. Una especie de huida hacia adelante, de flujo que te mantiene agarrado a la idea de que todo esto tiene más sentido cuando uno se deja la piel. Cuando te sientes envuelto por algo; algo mucho más grande que tú y yo juntos. Cuando sólo te crees capaz de dar lo mejor de ti mismo.

-Al final lo has definido sin querer.

Sonreí.

-¿Y lo haces mucho, dices, eso de inspirarte?

-Eso creo.

-¿Crees?

-Uno tiene demasiado por dar, y todas esas cosas.

-Entonces no te estás inventando nada. Sólo sacas lo que tienes dentro.

-Podría ser.

-¿Piensas que encontrarás a alguien?

-¿Qué más da lo que yo piense respecto a eso?

-Bueno, a mí me interesa.

-Pues… hace tiempo que lo de encontrar a alguien lo doy por imposible.

-Lo cual no significa que lo sea.

-De ahí lo que te decía, de que lo que yo piense no va a cambiar nada.

-Lo importante es que no pierdas la ilusión de encontrar aquello que te hace inventar lo que inventas. Esa mirada. O ese gesto. Y que tengas la certeza de que se pueden presentar de múltiples formas.

Incluso sin rostro”, estuve tentado de decirle, pero no lo hice. En lugar de eso, aproveché un nuevo silencio para, allí en la oscuridad, batir de nuevo las alas.

-Es todo tan… -balbuceé.

Los dos puntos brillantes se clavaron en mis ojos.

-¿Mágico? -creí escuchar.

-Por ejemplo -admití- Debe de ser eso. Entre otras cosas, claro.

Sentí la calidez de una mano deslizándose por mi espalda, después bajando por mi brazo, hasta detenerse a la altura de mi mano diestra.

-Sigues temblando -me dijo la voz, cogiéndome de la mano.

Deseé que el mundo acabase, o mejor aún, que se detuviese en aquel preciso instante.

Mi pensamiento volvió a todo lo que en aquellas paredes se pudo vivir a lo largo de tanto tiempo. A tantos sentimientos que nunca pudieron ver la luz. A tantas almas amando a escondidas, como puede que haya hecho yo muchas veces.

Como quizá estaba volviendo a hacer en aquel momento aquella mañana, mientras temblaba de frío, o de lo que fuese, agarrado a una mano cuyo tacto creía haber catado antes.

-Gracias por dejarte ver -dije, emocionado, dirigiéndome a los dos puntos brillantes, al tiempo apretaba su mano-. Gracias por existir.

Hay sueños de los que, felizmente, uno no despierta nunca. Y puede que sean esos sueños los que, a fin de cuentas, le mantienen a uno vivo. Muy vivo.

Posteado por: mellondeep | 19/01/2012

Mundos sin fin

La luna brilla fríamente sobre un cielo azul intenso, donde escasas estrellas relucen pálidas como mica. La sombra llena la mitad de la calle, grabando en los guijarros una silueta de tejados, chimeneas y cornisas, dejando el otro lado blanco de luna. Las fachadas de las casas con sus escuetas ventanas podían estar talladas en hielo. En la oscuridad de un portal cabecea una mujer acurrucada bajo un mantón pardo. Sin embargo, del acordeón que apoya en su regazo sale una canción que oscila y danza por la silenciosa calle abajo. En el escalón de la puerta, hay un platillo para los céntimos. En la puerta contigua, dos golfillos duermen arrebujados. La luna destaca con burlón interés sus flacos pies llenos de mugre, sus piernas estiradas sobre el helado pavimento y los asquerosos harapos que apenas cubren sus carnes. Dos hombres salen tambaleándose de una taberna, cogidos del brazo; dos pobres hombres con trajes de pana, que andan, vacilantes, haciendo grandilocuentes ademanes de lástima, derribando las rígidas fachadas con generosas frases de borracho, sostenidos a medias por el calor del vino. (…)

Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo: un odio, hasta entonces amortiguado, se despertaba en su alma contra la sociedad, contra los hombres…

De veras te digo —concluyó diciendo— que quisiera que estuviera lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho ascuas.

Y, rabioso, invocó a todos los poderes destructores para que redujesen a cenizas esta sociedad miserable.

Jesús le escuchaba con atención. —Eres un anarquista —le dijo.

¿Yo?

Sí. Yo también lo soy.

¿Tú?

Sí.

¿Desde cuándo?

Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que he visto cómo se entrega fríamente a la muerte un pedazo de Humanidad; desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y en los hospitales —contestó Jesús con cierta solemnidad.

Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la Ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.

El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la Vía Láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.

A lo lejos, el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.

El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.

¡Cuánta estrella! —dijo Manuel—. ¿Qué serán?

Son mundos, y mundos sin fin.

No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos? —preguntó Manuel.

Quizá, ¿por qué no?

¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?… ¿Eh? ¿Crees tú?

Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril…

En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.

No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido a la ley del deber, y el horizonte de la Humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul…

Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel… Luego, los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.

Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma…

Rocinante vuelve al camino (John Dos Passos)

Posteado por: mellondeep | 12/01/2012

Tormenta. Tecla. Teclado. Origen

En días como los que estoy atravesando últimamente creo que escribiría no una columna, sino un libro entero. Y sin embargo no lo hago. No lo hago, y ni siquiera sé las razones, a estas alturas de mi vida.

Quizá terminaría por contar una historia incongruente, carente de sentido. Eso es lo malo de no ser escritor, que ya te puedo avanzar que vas a encontrar mucha poesía barata en las próximas líneas. Que cuando pares de leer puede que tengas la certeza de que has perdido tu tiempo, y por eso te aviso de antemano.

Pero sin embargo, por lo que a mí respecta, aquí voy a seguir. Escribiendo casi por escribir, letra a letra, palabra a palabra, construyendo frases que hoy son de un color y mañana serán, probablemente, de otro. Que quizá algún día sean relevantes para alguien, aunque también es probable que, como tantas otras cosas, se diluyan en el vacío.

Pero tengo que seguir. Lo necesito casi como el comer, en días así. A veces me pregunto qué sería de mí sin mis textos, aun hoy, después de haber derribado tantas barreras que yo mismo me impuse a costa de mi propia persona.

¿Qué me pasa?”, me pregunto. “Ahora, ¿qué?”. Y no sé responderme.

¿Cómo me siento”, me vuelvo a preguntar. Tantos meses jugueteando con ideas, con conceptos, con palabras, para esto. Para que cada vez me resulte más complicado expresar(me) cómo me siento.

Pero uno ya se conoce lo suyo. Por eso de vez en cuando me toco ciertas teclas, intuyendo lo que puedo llegar a desencadenar en mi interior. Haciendo cosas diferentes. Originando terremotos que, felizmente, sólo me afectan a mí, mientras el resto del mundo permanece ajeno e inalterable.

Por eso, apago todo, y en el más absoluto de los silencios, trato de encontrar una respuesta medianamente razonable, y sigo digiriendo el último chute de estímulos.

Enero. Camino. El centro de la plaza. Las risas que nos echamos aquel sábado. Chopos. Recta. Macy Gray. Torre lejana. Estación abandonada. Torre cercana. Pájaros revoloteando 369 días después. Sol tenue. Lo castizo. Molinos. Belenes. El manchego. Horizontes infinitos. Puesta de sol. Crepúsculo. Calles vacías. Vapor. Pensamientos puros. Manos inmóviles. Luna casi llena. Luces a lo lejos. I believe in something. La llanura enmudecida. Frío amanecer. Encuentros conmigo mismo. Fotos perdidas. La memoria y el olvido. La venta y la noria. Pasar sin llamar. Fotos re-encontradas. Rectas y curvas. Sol radiante. Patio de armas. Ávila y Calpe. Patos en el estanque. Extrarradio. Mente inquieta. Mandarinas. Rioja. Acento. Atracción. Andenes. Radio. Pegatina azul. Paco, Pepe, Armenteros y compañía. Bufandas del Granada. Sonrisas. Tumulto. Comida / Merienda / Cena. La barra que da a la calle. Miradas perdidas. Propina. Magia. Niños intrépidos. Inocencia. Ternura. Relojes. Vista atrás. Cuesta. Leones y columnas. Las Letras. La voz acatarrada de los abuelos desde el callejón. Santa Ana. Luces. Mercadito. El saludo del desconocido. Mirada iluminada. Imanes, llaveros y dedal. Release yourself. El codo. La estatua solitaria que una tarde posó junto a mí. Explanada. Vistas nocturnas. El rumor incesante. Parejas. El reflejo de las piedras en la oscuridad. Platón. Skyline. Manos casi inmóviles. We found love. Próxima parada. Dos estrellas. Tres. Cuatro. La Puerta del Sur. Espejo. Cercanía. Galletas. Pies desnudos. Roce. Compañía. Cariño. Jerseys de quita y pon. Cruasán caliente. Fotos. Invierno. Imágenes retenidas. Postales. Posteridad. Parar el tiempo cada segundo. Sol más radiante. Detrás de cada paso. Luz natural. Contrastes. Té con jazmín. Memoria. Memorias. Mente selectiva. Naturalidad. Escucha. Sé y haz. Intensidad. El retorno. Lo que se queda. Lo que dejo. Todo lo que me llevo. Pelos de punta. A flor de piel. Paco, Pepe, Armenteros y compañía sonando en el coche. Ocre. El monasterio. Los campos encendidos despidiendo el día. Recuerdos de aquel viaje. Lágrimas. Alto en el camino. La primera vez. La mitad del trayecto. Manzana, plátano y galletas. Siluetas recortadas en el atardecer. Sonideros. Los domingos anteriores. Paisajes plateados. A Dub for Mali. Tormenta visual. Tormenta sonora. Tormenta sensorial. Tan lleno. Tan vacío.

Ahora salgo a la calle y vuelvo a ver lo mismo de siempre. Los días y las noches se siguen sucediendo. El mundo sigue girando, quien me lo iba a decir, tal como lo hacía hace una semana, o como hace dos y también tres. Las piezas del puzzle parecen recolocarse poco a poco. Pero después de unos días en los que a la mínima se me ha erizado el vello y se me ha puesto la piel de gallina, no seré tan ignorante de pensar que nada ha cambiado, y de ignorar lo que ocurre, o ha ocurrido, dentro de mí.

Ahora todo es distinto, al menos por dentro. Ahora vivo despacio, pero vivo. Y en momentos como éste echo la vista atrás, y recuerdo tanto tiempo vacío, en el que ni siquiera vivía despacio porque apenas vivía. No vivía mi vida, quiero decir. Vivía la de otros, aunque aún no sepa cómo se hará eso. Presenciaba, a veces expectante, desfilar de largo mis ilusiones, mis sentimientos, y al instante me despegaba de ellos. Aunque ahora tampoco sepa cómo uno puede aprender a hacer algo así.

No me siento especialmente bien, ni tampoco mal. Tampoco triste. Mi estado de ánimo varía constantemente en las últimas semanas, pero lo cierto es que no tengo ni puñetera idea de cómo me siento. Sólo sé que me siento diferente, y que también sentirse así tiene que llevar, necesariamente, a algo, aunque esto último sea, básicamente, una intuición.

Recuerdo esa sensación lejana de no sé cuanto tiempo atrás, cuando me sentía como si me faltase algo, o alguien. Me cuesta un huevo sonreír, o más que eso, me cuesta echar mano de esas finas ironías que uno se fabrica con más o menos frecuencia para ir tirando. Abro la agenda del recién estrenado año. Paso las páginas aleatoriamente buscando frases lapidarias, de ésas que me gustan a mí. Lloro. A veces (creo) de alegría; otras veces no tengo ni idea del motivo, pero la cuestión es que las lágrimas terminan por aparecer en mi rostro. Como sin mucha hambre, y bebo sin apenas sed. Duermo sin excesivo sueño. O quizá sí tenga hambre, sed, sueño y todas esas cosas, pero las considero tan secundarias durante estos días, que si no fuese yo el protagonista de todo esto, me resultaría casi irrelevante satisfacer estas necesidades.

Pero soy yo, y debo suponer que, a pesar de todo, sigo caminando en una sola dirección.

Ésa es casi la única certeza que tengo respecto a mi vida en el día de hoy: que sigo caminando, sin tener la mínima idea de hacia donde voy. Y que, aún así, sin conocer el destino, no puedo parar ahora. O no debo. Que quizá después de todo esté moviéndome en la oscuridad, pero en la dirección correcta.

Imagino que suena muy gracioso. Y muy poético.

A veces me río, aunque sea interiormente, cuando pienso en el típico elogio que he recibido desde pequeño. Bueno, no desde pequeño, porque yo de pequeño era un demonio. Pero por lo visto al entrar en ese terreno tan pantanoso que -dicen- es la adolescencia, quizá por miedo, o por pudor, parece que me apacigüé. Y entonces los mayores, y en especial los profesores, me decían que tenía muy bien amueblada la cabeza. Sí señor. Me lo decían los demás, y entonces también terminé tragándomelo y diciéndomelo yo. Y sin embargo, aquí me tienes. Sí que la tengo amueblada, sí. La tengo tan amueblada que, tras casi treinta tacos viviendo en mi propio pellejo, no sé qué diablos quiero hacer con mi vida. Por eso ahora me pregunto qué podía significar aquello de la cabeza amueblada, cuando cualquier estímulo nuevo me remueve todo lo que parecía estable, sin tener ni la más mínima idea de a dónde me puede conducir.

Cuando uno ve cómo se tambalea lo que llevó tiempo y trabajo construir, se pregunta muchas cosas, y más que una cabeza amueblada, lo único que se tiene son muchas dudas.

O igual sólo es que soy demasiado sensible. O demasiado débil. O demasiado humano.

Leí un buen día que existen otros mundos, pero que todos están dentro de éste. Y me digo que hay algo de cierto en esta cita, porque en mi caso tiene mucho de verdad. Hace tiempo que empecé a crear y diseñar mi mundo, un mundo más o menos a mi medida, o incluso a mi imagen y semejanza. En la mayoría de ocasiones que lo pienso, me felicito por ello, e incluso creo que algo de mérito debo atribuirme. Mi madre, por ejemplo, no opina lo mismo, ya que siempre ha parecido reprochármelo. “Es que tú siempre has ido a tu bola”, me espeta. Y nunca he entendido qué es lo que me echa en cara, cuando mi mundo siempre termina donde empieza el de los demás. Yo no impongo nada a nadie. Tú llevas unos minutos sumergido en mi mundo, leyendo estas líneas, y nadie te ha obligado a entrar, así como nadie te obliga a permanecer en él.

Tengo que admitir que vivir en mi mundo a veces es la hostia.

¿Sabes? Un día, no sé a cuento de qué, imaginé cierta situación. Yo estaba en una gran ciudad. Era de noche. Paseaba por las plazas, por los parques. Creo que hacía frío. No estaba solo. Venía alguien conmigo. En un momento del paseo, nos paramos y nos abrazamos, no sé durante cuanto tiempo, en mitad de la calle, sin importarnos todo lo que nos rodeaba.

Hace algunas noches, presencié una situación idéntica a la que imaginé. Paseaba por un parque en aquella misma ciudad, y vi allí en medio a dos personas, abrazadas, sin despegarse una de la otra. Ajenas a todo, rodeadas por el manto oscuro de la noche, con las interminables luces titilando al fondo. Sentí frío. Y sentí también una extraña sensación, como si dos trenes chocasen, el de mi mundo imaginario y el del real. La diferencia, la única, era que en el real yo no era, como de costumbre, el protagonista de la historia. Y pensé que eso es lo que me revienta de la realidad, que yo casi siempre soy el espectador.

Eso es lo jodido. Que mi papel en el mundo real se suele limitar a salir a la calle y encontrarme, una vez más, con lo de siempre. Con miradas vacías, con semblantes inexpresivos. Con maneras que me resultan bastante curiosas, o distantes, de llevar a cabo una vida, una existencia, o una “como quieras llamarle”.

Es entonces cuando palpo el vacío, y te puedo asegurar que duele. Duele, cuando uno marcha, irremediablemente ya, hacia las profundidades, y se da cuenta de todo lo que queda en la superficie. Por cada acera, por cada esquina, por cada asiento del tren, buscando las huellas de los que pasaron antes por allí. Recogiendo lo que otros sintieron, y reciclándolo a mi manera. Pensando inútilmente en la razón por la cual los mismos estímulos que yo recibo provocan respuestas tan dispares en los demás; o, peor aún, esos mismos estímulos no provocan respuestas.

En realidad es bastante curioso, todo esto.

Es una especie de regreso al origen, lo que estoy viviendo estos días. A no explicarme nada, o casi nada. A re-plantearme muchas cosas. A activar en mi ser esa tecla que me obliga a sentarme ante este teclado para intentar colorear los sentimientos que me envuelven con palabras.

Y aunque por mucho que lo intente nunca consiga explicarlo como un escritor de verdad, me alegro mucho de estar viviendo, de nuevo, algo así. De encontrarme con esa parte tan extraña de mi que ya creía perdida, y que, para qué engañarnos, echaba de menos.

Podrá parecer una tontería, pero de alguna forma me reconforta el simple hecho de reflejarlo aquí. De esta forma siento que estoy cumpliendo conmigo mismo. Honrando de alguna manera la sensación de que no puedo, ni debo, dejar que pase de largo, porque ya he dejado escapar demasiado en lo que llevo de vida.

Es ahora cuando más impulsado me siento a seguir haciendo cosas diferentes, a eliminar de mi vida la palabra “rutina”, a jugar de nuevo con el cubo de Rubik que me acabo de comprar. A combinar colores, y a hacer de mi vida algo parecido. A seguir contrastando mi mundo con los demás, a base de tormentas sensoriales, de chutes masivos de estímulos, aunque sea sólo para ver si algún día seré yo el protagonista en ambos.

A continuar, en definitiva, tocando las teclas que me erizan el vello y me ponen la piel de gallina. Las teclas que activan este teclado, y que han provocado todo lo que estoy terminando de contar.

Y aún no me he quedado a gusto; tengo mucho más por aquí, que irremediablemente deberá ser escrito. Porque es por lo que dejo en estas líneas, y sobre todo por lo que queda de mí entre ellas, por lo que estoy aquí.

Porque cuando uno ve, oye y siente mucho a su alrededor, que existan o no las palabras para transmitirlo y explicarlo es lo que menos me debe importar. Por mi propio bien, yo sólo debo intentarlo. Y por descontado, vivirlo tan intensamente. Aquí empieza y termina mi deber.

Posteado por: mellondeep | 31/12/2011

Hoy escribe…

Me alegro especialmente de que te hayas decidido a leer estas líneas, porque por una vez voy a dejar de ser protagonista de lo que aquí se cuenta, y quiero cederle la palabra al profesor Xavier Guix; que imagino que, al igual que yo no le conozco a él, tampoco me conocerá de nada ni a mí ni a mi blog, pero que por lo que le he leído no creo que le haga mucha falta.

Y como también se explica algo mejor que yo, he decidido rebotar un texto suyo que descubrí hace algunas semanas, pero que me ha apetecido leer y saborear estos días. Una reflexión tan extensa como jugosa, con un título ya bastante explícito de por sí -“El sentido de la vida o la vida sentida”- donde el profe se explaya tratando asuntos tan interesantes como las creencias que nos creamos (expresión curiosa donde las haya), lo que nos condicionan, y también su relación con la experiencia -haciendo especial hincapié en la importancia capital que tiene el el simple hecho de experimentar, también conocido como “la acción”-; habla de la evolución, de la plenitud, de la diferencia entre existir y vivir. Y por supuesto, habla del amor.

En definitiva, una disertación magnífica que intenta profundizar en el significado de la existencia humana, y repleta de frases lapidarias de ésas que a uno le gusta retener. Si eres de los míos y te va pensar y reflexionar con frecuencia sobre estas cosas, ponte cómodo, porque aquí tienes material para un tiempo. Y si no, te recomiendo igualmente que le eches un vistazo.

Si decides hacerlo, espero que lo disfrutes, y que le puedas sacar tanto provecho o más como el que le he sacado (y sigo sacándole) yo.

Todo tuyo: http://www.hottopos.com/notand26/N-15-30Guix.pdf

Posteado por: mellondeep | 25/12/2011

La rubia y el moreno

Opino que todos aquellos y aquellas que nos dedicamos, aunque sea de vez en cuando, a esto de juntar palabras, lo hacemos por uno de estos dos motivos fundamentales: o bien para desahogarnos, o bien para intentar cambiar el mundo. A veces, incluso por ambas razones.

Lo primero es relativamente fácil; basta con que yo me siente aquí, y mi desahogo resultará más o menos directamente proporcional al nivel en el que decida abrirme, o en resumidas cuentas, ponerme a largar.

Lo segundo, al menos en lo que a mí se refiere, se me antoja cada día menos factible. Si lo hubiese sabido cuando empecé con todo esto, vete tú a saber, igual ni hubiese abierto la paraeta. Pero sin embargo a estas alturas, consciente ya de que no voy a conseguir cambiar el mundo, para mi sorpresa no me siento decepcionado. Ni respecto a mí mismo, ni respecto a nadie más.

Y no sólo eso, sino que por momentos me siento animado para seguir contando cosas.

No se ha producido ni se va a producir, como digo, ese efecto secundario de cambiar el mundo. Tampoco me han llamado de ningún periódico, ni de ninguna plataforma en la que pueda, de alguna manera, ganarme la vida contando mis batallas. Creo que ni siquiera he conseguido cambiarme a mí mismo, y esto sí que me resulta llamativo, después de tantas horas dedicadas a escribir sobre mí y sobre mi vida.

Porque uno siempre está hablando, lo quiera o no, de sí mismo. Y se está hablando, lo quiera o no también, a sí mismo. Esta página es un claro ejemplo de ello, y en ocasiones este extraño arte yo lo he llevado casi al extremo, pegándome auténticos homenajes en forma de palabras.

Pero en alguna que otra ocasión, extiendo esa especie de homenaje que me doy a ciertas personas de mi entorno. Hoy va a ser uno de esos días. Una de esas ocasiones en las que no me hace falta calentarme mucho la cabeza para plasmar ideas, porque casi salen solas. Y porque llevan bastante tiempo queriendo salir.

Hace ya muchos meses que no me llena mi trabajo. Esto en ocasiones es frustrante, y sólo quien ha pasado por algo así puede llegar a entenderme. Recuerdo que una idea que siempre he tenido presente desde hace varios años era que la naturaleza de mi trabajo no me permitía interactuar con personas parecidas a mí. O, dicho de otra forma, que me impide conocer gente de ésa que me suele resultar interesante. Exacto: no puedo ligar. Pero además me reduce drásticamente las posibilidades de hacer nuevos y buenos amigos.

Por eso una parte de mí no se terminaba de convencer cuando aparecieron por allí dos clientes nuevos. Jóvenes, en comparación a las carrozas que estoy acostumbrado a ver. Extrañamente amigables y abiertos me resultaban la rubia y el moreno cuando se dirigieron por primera vez a mí, según me recuerdan preguntándome por un abrelatas “de verdad”. Habituado a tratar con alcornoques y vejestorios más cerrados que los politiqueros de mi pueblo -y la mayoría, con un nivel de educación bastante peculiar-, no recuerdo bien qué pudo pasarme por la cabeza la primera vez que posé mi vista, mi oído, y no sé si algún sentido más sobre esta pareja, pero puede que fuese algo parecido a una bocanada de aire puro y fresco.

Solían venir los viernes. A veces en pack, o a veces venía sólo el moreno. Lo mismo me daba. Yo tenía la certeza de que ese día para mí iba a tener cinco minutos, diez, o incluso quince, diferentes al resto de la semana. Enriquecedores. Y este hecho me hacía afrontar el día con más optimismo e ilusión.

No hace mucho tiempo que me di cuenta de lo tremendamente estrecho y cerrado que me he mostrado hasta hace muy poco a la hora de relacionarme con desconocidos. Quizá el hecho de haber vivido siempre en un pueblo pequeño, unido a alguna que otra experiencia negativa, me hacían sentirme en terreno pantanoso cuando se trataba de abrirme por iniciativa propia a conocer gente. Pero llegó un momento en el que, o bien por estar hasta los huevos de ser así, o por tomar consciencia de estar perdiéndome muchas cosas y muchas personas por la pereza de no quitarme ese estúpido prejuicio, decidí que había llegado el momento de dar un vuelco a mi carácter en este sentido. Y felizmente para mí, mi apertura al mundo ha coincidido con la época en la que se me ha presentado en bandeja la posibilidad de conocer, y dejarme conocer, por estos dos elementos.

Recuerdo la gratitud interior que sentía cuando el moreno, en nuestra tercera o cuarta conversación con un mostrador por medio, ya me estaba invitando a viajar con ellos a su país. Pero sobre todo recuerdo expresiones, y recuerdo miradas. No sé si con el tiempo y la observación he podido aprender algo sobre lecturas en frío, pero cuando miraba a esos dos pares de ojos, no sé si cegado por mi ilusión y mis sentimientos, creía vislumbrar lo mismo o algo similar a lo que sabía que mostraban los míos.

Tras un par de meses de breves charlas, hubo un día especialmente productivo. Recuerdo que estuvimos hablando, entre risas, de esa gran certeza que es el hecho de que la gente no sabe -sabemos- escuchar algo ajeno a nuestro propio diálogo interior. También, quizá a cuento de esto, pasamos de puntillas sobre lo interesante que nos resultaba la programación neurolingüística. Y fue en esta ocasión, coincidiendo también con el hecho de que me preguntasen por mi identidad en cierta red social para agregarme, cuando supe que tenía que hacer todo lo que estuviese en mi mano por acercarme a la rubia y al moreno. Avisándoles, eso sí, de que no se asustasen de lo que pudiesen leer o descubrir sobre mí en la red, o lo que es lo mismo, aquí.

Después de eso, pasaron algunas semanas infructuosas, en las cuales un par de mensajes enviados por mí animándoles a quedar fuera del trabajo no dieron resultado, y ya empezaba a pensar que eran como tantos otros con los que parece que uno siempre tiene que quedarse a las puertas de todo, cuando me crucé con ellos alguna tarde, con la lengua fuera (con la lengua fuera yo, quiero decir) porque estaba empezando a salir a correr, y cruzamos algunas impresiones.

Una de aquellas tardes llegué en tal estado de excitación a casa que tuve tentaciones de abrir un documento como éste, para rellenarlo y colgarlo sólo con una palabra: “gracias”. Pero en realidad nadie lo iba a entender, empezando quizá por mí mismo. En cualquier caso, lo que viví en aquellos momentos creo que estableció en mi mente la certeza de que más temprano que tarde el tiempo nos pondría en nuestro lugar, y eso era lo realmente importante, así que decidí echar un poco de paciencia y estar a la expectativa, cosas que por otra parte últimamente se me dan bastante bien.

Por fin -y en esto sí creo que tuvo mucho que ver un artículo sin alusiones que escribí aquí, aunque a mí sólo me corresponde sospecharlo-, una tarde de junio la rubia se puso en contacto conmigo, y se ofreció, junto al moreno, a acompañarme a presenciar una puesta de sol en un magnífico mirador de Edeta, y a pasar unas horas en mi casa.

La puesta de sol fue la hostia. Pero para mi sorpresa, esas preciosas imágenes que tomé del astro rey ocultándose tras las montañas fueron casi lo que menos sacudió todo mi ser aquella tarde – noche.

Fue durante aquellas horas cuando pudimos realmente presentarnos sin interrupciones. Bueno, no exactamente, porque quien me conozca sabe que hablando conmigo interrupciones no van a faltar. Pero fue aquel día, tratando e introduciendo tantos temas interesantes sobre el mundo, sobre la vida, y sobre lo que nos apeteció hablar, cuando de verdad pude entrever lo que podían aportar a mi existencia esas dos personas, que además eran marido y mujer; así que iba a tener la suerte de disfrutar de la compañía de ambos a la vez, lo cual -y a esta conclusión estoy llegando mientras escribo estas líneas- quizá podría servirme también para aprender a hablar para más de un receptor, que era lo contrario de lo que yo estaba acostumbrado a hacer hasta entonces.

No sólo me acosté tarde, sino que me costó mucho conciliar el sueño aquella noche de luna llena. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan activo interactuando con alguien, y mi mente aún hervía como una olla a presión cuando me tumbé en la cama.

Al día siguiente me levanté como un trapo, y sin embargo me sentía extrañamente feliz. Mi mente seguía activa e hirviendo, y tuve la impresión de que la digestión de aquella cena se prolongaría unas cuantas horas, o incluso varios días.

No me equivoqué. Pero lo mejor es que parece ser que alguien más estaba pasando por lo mismo que yo.

De todo lo que ha ocurrido desde entonces no hay mucho más reseñable para contar, salvo todo lo que me llevo cada vez que me junto con la rubia y el moreno para hacer un poco más grande nuestro mundo, y de paso para ver si se me pega algo de ellos. Para pasear, para correr, para comer, para cenar, para hablar, para hacernos buena compañía. Para lo que nos nazca hacer juntos, en definitiva. Por demasiadas razones, y todas buenas, no creo que olvide jamás este verano de 2011, pero sin duda ellos dos son la principal. Son la imagen que crea mi mente cuando recuerdo los mejores momentos vividos en esos meses en los que empecé a descubrirme a lo grande día tras día. Lo hubiese hecho igualmente sin ellos, pero no habría sido lo mismo.

Algunas de las personas con las que he tratado a lo largo de mi vida me han llegado a decir, o sino lo han insinuado, que me exijo demasiado. Nunca he entendido del todo esta valoración, y quizá por eso sigo viviendo muy agustito con mis auto-exigencias, porque entre otras cosas me llevan a centrarme en mi vida y no en la de los demás, a esperar lo máximo de mí mismo, y nada de los demás. Quizá por esto uno no se sienta lleno al lado de cualquiera. Quizá por esto a veces me siento solo, o aislado, en un mundo taladrado de injusticia, de banalidad, de relaciones superficiales, en el que por momentos me resulta realmente difícil llegar a comprender de qué coño va todo lo que me rodea en un momento determinado.

Quizá también por esto muchas veces pensaba en lo que me hubiese podido ayudar y orientar un hermano mayor. Esta reflexión no la había compartido con nadie hasta ahora mismo, ni siquiera con la rubia y el moreno, que durante los últimos tiempos se han convertido en una especie de ése hermano mayor que uno sabe que, por lejos que esté, siempre queda cerca, y que te llama con cierta frecuencia sólo con el único pretexto de querer saber cómo estás.

Y esto para mí no tiene precio.

Suelo tirar de dos indicios para mí reveladores a la hora de valorar mi relación con los demás. Uno de ellos lo uso en mis interacciones, y es el humor. Cuando alguien me ríe las gracias, intuyo hasta qué punto podemos llegar a comprendernos. El otro son los sueños, que uso para mis reflexiones más personales e íntimas. Pero a juzgar por las risas que nos pegamos los tres, y por los paseos que se pegan a sus anchas en mis últimas experiencias oníricas, por descabelladas que me puedan resultar, no me queda otra que pensar que la rubia y el moreno me han marcado mucho.

Aquí a mi vera tengo la caja de infusiones que me regalaron el otro día porque sí. Según me contaban, la vieron, pensaron en mí y me la cogieron. Hacía bastante tiempo que no desenvolvía un paquete, y no encontré mejor forma de manejarme en tal coyuntura que repetirme con el “muchas gracias”, totalmente consciente de que no iban a entender lo que significaba tal detalle para mí. Cuando me preparo uno de esos deliciosos sobres con forma de pirámide, siento algo parecido a cuando me pego una de mis excursiones, y, en un momento dado, me paro y me pongo a contemplar el cielo azul. La diferencia, la única, es que con esas infusiones creo estar deleitándome saboreando un trocito de ése cielo azul. Quizá si llegan a leer esto todo sea ya más fácil de comprender, aunque en realidad toda esta historia ya la llevaba construyendo e ideando muchas semanas.

Sólo me queda repetirme de nuevo, ahora olvidándome de hierbas, sonriente y feliz por poder contar con el aprecio y la amistad de personas así. Por esa sensación tan agradable que me proporciona la certeza de que nunca tendremos nada que demostrarnos, y la de que nuestros caminos, sino tan cercanos como hoy, en muchos sentidos siempre discurrirán paralelos, aunque sólo sea para que los podamos juntar de vez en cuando.

Por todo esto, hoy os utilizo a mi antojo, como excusa para pegarme este nuevo auto-homenaje en forma de palabras, y os lo agradezco todo de nuevo. Gracias, Eva. Gracias, Fabio. Os quiero un huevo a los dos.

Y felicidades por ser como sois; porque precisamente por eso tanto hoy, como mañana, como siempre, tendréis algo que celebrar.

Posteado por: mellondeep | 07/12/2011

El inventor permanente

La mañana era soleada, sumamente agradable para estar en aquel lugar.

Me dirigí hacia una pareja que se encontraba sentada a la orilla del río para que nos recomendasen algún paseo que nos hiciese aún más ameno el día por allí. Junto a ellos se encontraba un nano que no tendría más de dos años, intentando dar sus primeros pasos con ayuda de la chica, que debía de ser su madre.

Mientras departía con ellos, le miré varias veces de reojo, reparando en la cuenta de que me observaba. Les pregunté por el nombre del figura.

-Se llama Adrián -respondió ella.

Me acerqué al nano y me agaché, para estar a su misma altura. Él fijaba ahora su atención en la llave de mi coche, que sobresalía de una de mis manos, cerrada para sostenerla. Entonces decidí ofrecerle la otra.

-Adrián -le dije- ¿te vienes con nosotros?.

No respondió. Se lo repetí de nuevo, y entonces asintió con la cabeza, al tiempo que agarraba la mano que le había ofrecido. Aunque su atención permanecía fija en la que portaba la llave del coche.

Comencé a caminar lentamente con Adrián, alejándome de sus padres. Él no echaba la vista atrás, mientras éstos se partían el culo. También mis colegas, viéndome llegar con el regalito de la mano.

Mis amigos le preguntaron si quería venirse, y él asentía siempre. No tenía ni puta idea de lo que le esperaba, y eso era precisamente lo que le fascinaba. Todo era nuevo. De vez en cuando volvía la vista a mi mano cerrada con la llave del coche; y, cargado de curiosidad por saber lo qué sería aquello, un par de veces hizo amago de abrirme la palma.

Tuvo que acercarse su madre a recogerle, porque no había manera de que Adrián les echase de menos.

-Es increíble -nos dijo al llegar- no para nunca. Desde las nueve que se levanta, hasta las once que se acuesta. Se pasa el día inventando.

Aquellas cinco palabras me pusieron del revés.

Quizá algún día, hace mucho tiempo, todos los adultos fuimos como Adríán. Quizá también yo llegué a ser como él. Sintiendo una voraz curiosidad por todo lo que me rodeaba. Sintiendo auténtica fascinación por lo desconocido.

Al parecer un buen día, o puede que en mitad de alguna noche, a los adultos nos cambiaron la configuración que traíamos de fábrica, y esas sensaciones tan primarias que sólo llevan a crear y construir fueron transformadas por miedo, pereza y todas esas cosas.

Pues desde ya, me revelo ante eso. Yo de mayor quiero ser -o volver a ser- como Adrián.

Crear y construir. Construir y crear. Y a poco más aspiro en esta vida.

Posteado por: mellondeep | 23/11/2011

Quiero entender el mundo

Hace unos meses leí que los chimpancés hablan, mienten y hacen poesía. Nosotros los humanos, al ser una de las versiones más evolucionadas de los chimpancés, tenemos la capacidad de poder hacer las tres cosas a la vez. A esta conclusión debí haber llegado hace mucho tiempo, pues me hubiese servido de bastante en mi empeño por comprender cómo funciona el mundo, y para explicarme situaciones no tan extremas como la que voy a describir, pero que con mayor o menor intensidad o duración me toca vivir con cierta frecuencia, y que me hacen preguntarme cosas tan triviales como qué habré hecho yo para que me caigan encima muertos de este calibre.

Era una mañana como otra cualquiera en el trabajo. A una determinada hora, una figura desconocida para mí, como tantas otras que aparecen por la entrada, hizo acto de presencia, y preguntó por algún responsable. Estas preguntas ya me causan algo de no-sé-qué, pero la cuestión es que para gilipolleces, yo era (y soy) el responsable, así que por cojones me tocaba atenderle.

Se presentó. Por supuesto, no recuerdo su nombre, aunque tampoco viene al caso. Tampoco recuerdo -y ésto sí me resulta llamativo- a qué me dijo que se dedicaba exactamente. La cuestión es que el tío hizo una breve presentación, y acto seguido empezó a hablar. Mientras pasaba las hojas de un gran catálogo, largaba y largaba sin ningún miramiento. Que si os puedo hacer el rótulo de la empresa, que si hago publicidad en programas de radio, que si toco algo el teatro, que si no me apetecería un cartelito luminoso. Mi cabeza se iba cargando de in-formación, y el tío sólo hacía pequeñas pausas para coger aire que yo me encargaba de rellenar con monosílabos, mientras le miraba, perplejo y fascinado por tanta capacidad de verborrea. Aunque echando la vista atrás, lo que más me sorprendió fue el hecho de que yo le escuchase atentamente durante varios minutos sin ponerme a pensar en mis cosas, que es lo que he solido hacer toda mi vida con todo aquel que se dignase a hablarme sobre algo, interesante o no. Pero con gente así, estas viejas costumbres se convierten en auténticos mecanismos de defensa.

La única vez que me permitió articular más de una palabra, procedí a detallarle las expectativas reales de negocio que, a día de hoy, tenía con mi empresa, con una frase del tipo “no está el horno para bollos”, “menudo va el negocio como para pensar en publicidad”, “con este panorama ni se lo plantearé a mis jefes”, o algo así. Y fue entonces cuando de su boca, si mal no escuché, salieron unas palabras que me dejaron totalmente anonadado:

-Pues se empiezan a ver brotes verdes.

Creo que fue al terminar de decir esto cuando por fin se calló. Me acordé de uno de aquellos espectáculos de variedades de Jose Luis Moreno que me tragaba los sábados por la noche en casa de mis abuelos cuando era pequeño. No sé por qué extraña razón me encantaban aquellos programas. Y en ellos había un momento cumbre: aquel en el cual Rockefeller le soltaba a su mentor un sonoro “¡¡Toma morenooooo!!”, a cuento de cualquier barbaridad.

Se empiezan a ver brotes verdes”. Es una frase que he oído en más de una boca. Un intento de profecía que algún sinvergüenza se inventaría hace algunos meses con la esperanza de convertirlo en un hit, pero que la cruda realidad se encargó de ponerla de nuevo bajo tierra, a la espera de tiempos mejores. Desde luego, si alguien se tragó aquello, poseía una curiosa percepción de lo que solemos conocer como realidad.

Tras haberse adornado con sus brotes verdes, el buen hombre guardó silencio. Parecía que había llegado mi turno de palabra, y en un principio me debatí entre tres posibles actitudes a tomar, cada una con su respuesta pertinente.

Darle la razón como a los tontos con un “pues sí, se empiezan a ver brotes verdes. Debe ser la primavera”.

Dudar de su afirmación, con una especie de “uf, no sé yo…” o similar.

O, por el contrario, responder de la forma más clara, escueta y sincera que se me ocurría: “eres gilipollas”.

Pero preferí no decir nada, quizá ante la duda, o quizá ante la certeza de estar ante uno de esos tipos a los que, de forma irremediable, cada palabra que le dirijas desencadena torrentes por su parte, decenas de frases a cada cual más intrascendente. Siento absoluta fascinación por este tipo de gente que, sin ton ni son, te empiezan a contar su vida, y por conocer algún día qué extraño proceso puede tener lugar en sus cabezas para actuar de esta forma.

Total, que el tipo, en respuesta a mi no-respuesta, continuó hablando. Yo le miraba fijamente. Sus ojos bailaban frenéticamente hacia todas direcciones.

-Y también hago imitaciones. Como podrás deducir, lo mío son las letras -sentenció.

Aquello era increíble. Ya no sabía si me estaba ofreciendo algún producto o pidiéndome trabajo.

Me pregunto cómo esta gente puede seguir existiendo con el paso de los años, cuando siempre que topamos con uno se nos asemejan a algo parecido a una especie en extinción. En mi intento por comprender el mundo, me resulta especialmente llamativo constatar ese vicio popular tan extendido por servirse de los recursos de los demás sin intercambio, sólo por el propio interés. Yo hablo, y si no te interesa, sigo hablando.

Quizá la gran mayoría somos incapaces de hacernos a la idea de que sólo somos eso, ideas y poco más, en la cabeza de los demás. Igual que los demás lo son en la nuestra.

Cuando era pequeño me daba miedo cualquiera, por aquello del tamaño y la supremacía física. Conforme he ido creciendo, mis miedos se han ido enfocando hacia quienes intuía que podían hacerme daño, y no físico, precisamente. Que, todo sea dicho, era un grupo bastante numeroso, porque cuando uno se siente vulnerable, cualquiera que se le pone enfrente puede joderle el dia. Con el paso del tiempo diría que he recortado bastante el círculo, y ahora sólo siento algo de miedo cuando se cruza en mi camino algún desconocido con tiempo libre, de esos que te plantan el spam en las narices pensando que el tiempo de los demás tiene el mismo valor irrisorio que el suyo.

Le leí a Millás algo así como que el mundo se entiende mejor desde la literatura que desde la historia. No sé yo, pero desde luego, se entiende mucho peor desde el comportamiento de algunos individuos de la especie humana.

A todo esto, el tipo seguía hablando. Al final sonó el teléfono. Sentí que se me abrían las puertas del cielo, y pude por fin quitármelo de encima. Salí disparado hacia el venerable aparato, librándome de él.

Descolgué el auricular. Era publicidad.

Posteado por: mellondeep | 12/11/2011

Las palabras que rellenan el vacío

Siempre he gozado de buena memoria, pero no sé qué será, si ya son demasiadas experiencias en poco tiempo para retenerlas como me gustaría, creo que últimamente mis capacidades en este campo se ven mermadas. O será que me estoy haciendo mayor. Pero como con acontecimientos a corto plazo aún me puedo manejar con cierta solvencia, esto debió de ocurrir hace un par de semanas, una noche de sábado de ésas que mucha gente aprovecha para distraerse a cualquier precio, mientras yo las uso para bucear en mi intimidad y seguir moldeándome algo que se parezca a una identidad.

Llegué a casa a eso de las once, sin nada importante por hacer. Me senté en la cama de la habitación, y procedí a retrasar una hora el reloj digital de la cadena de música. Volvían a ser las diez. Estaba contento por poder sacar una hora más de la nada para mis cosas, y pensaba en que podría invertirla de muchas formas para que me valiese la pena aquel detalle ficticio que, como tantos otros, nos regalan los mercados, sean lo que sean éstos.

Detrás de la cadena de música tengo un espejo. Cuando alcé la mirada vi la figura de un muchacho de veintitantos años, delgado, con gafas y con barba de varios días. Si la memoria no me fallaba, allí estaba yo, y de alguna forma me gustó verme reflejado allí en un momento como aquel.

Además de mis particulares rasgos físicos, hurgando en esa figura que estaba frente al espejo pude divisar muchas más cosas. Mi sobre-exposición a mi misma mirada me permitió poder seguir sacando porquería de dentro de mí, y puede que sea por esto por lo que no conozco a muchas personas capaces de ponerse a hacer lo mismo durante mucho tiempo. Tampoco creo que sea éste el plan que tendrá en mente el personal para una noche de sábado, aunque les regalen una hora; lo contrario quizá explicaría lo de la vieja maldición de los espejos rotos. Sin embargo, vete tú a saber por qué, yo cada día le estoy cogiendo más gustillo a este sano ejercicio de contemplarme, y de sacar conclusiones de ello.

Y es que la contemplación debería ser nuestro estado natural. Aunque si esto fuese así, si nos pasásemos gran parte de nuestra vida contemplando el mundo y lo que ocurre (o no) a nuestro alrededor, seguramente alteraríamos de tal forma nuestra consciencia que iríamos por la calle como si nos hubiésemos comido un par de setas, que yo no las he llegado a probar, pero me han dicho que para esto de colocarse en mayúsculas son cosa fina.

No sé cuánto llegaría a alterar mi consciencia durante aquel rato sentado en la cama frente al espejo, en el cual pude divisar muchos complejos, y muchos prejuicios (que imagino que vendrán a ser lo mismo); algunos quedaron atrás, y otros igual también quedarán atrás un día de estos. Pude divisar los ecos de tanta pereza, de tanta distracción gratuita. De tantas cosas de las que tengo que seguir despegándome, y otras tantas de las que tendré que empezar a despegarme. De tanta adicción a placeres inmediatos que me conducían a ninguna parte, y que he venido arrastrando durante mucho tiempo.

Ah, y el tiempo.

Imagino que cualquier persona que se plantee la cantidad de tiempo que ha podido malgastar a lo largo de su vida terminará sintiéndose como el culo. Es lo normal, y es lo que me pasa a mí a veces. Pero hay algo más.

Sólo hay una forma de no sentirse mal cuando uno piensa en el tiempo perdido, y es, como tantas otras cosas, aprender la lección. Agarrarse a la certeza de que cuando das un paso te espera otro, y luego otro, y luego otro más. Que mientras uno pueda seguir caminando, el único sendero para no volver a lamentarse por el tiempo perdido es el que no tiene fin, y el que mira, básicamente, hacia delante. Esto pasa necesariamente por dejarse la piel, y lo que haga falta, en el intento. Sí, supongo que ésa debe ser la mejor de las soluciones para que eso no me vuelva a ocurrir.

El espejo de mi habitación también me reveló que puede que siempre haya tenido las cosas demasiado claras, cuando en realidad lo que no quería era complicarme la vida. Siempre a lo seguro. Siempre a lo fácil. Instalado en eso que llaman “zona de confort”. Ahora este falso confort se difumina por momentos entre tantas alfombras levantadas, y es entonces cuando más obligado me veo a huir de la polvareda y mirar, de nuevo, hacia delante.

-Puede que tengas un problema -pareció decirme el muchacho de veintitantos, delgado, con gafas y con barba de varios días que me hablaba al otro lado.

Puede que tenga un problema”, me repetí en voz muy baja. Puede que mi problema, paradójicamente, es que la vida aún no me ha dado una buena hostia, de ésas que te giran la cara y te la ponen en el sitio, con los sentidos orientados hacia donde tuvieron que estar orientados siempre. El día que eso ocurra, entonces ese día puede que deje de malgastar el tiempo que creo que aún malgasto, y es por esto que me pregunto si sería conveniente buscar la hostia, a sabiendas de que seguramente me sentará bien.

Pero el chico que estaba frente al espejo también sacó a la luz algo que ya se me ha revelado en más de una ocasión. Apareció en mis ojos un atisbo de miedo. Miedo a esa hostia, y miedo al sufrimiento. Sin embargo, esos mismos ojos también me revelaron que con mucho curro, como el que me estoy pegando, o incluso con más, si bien será muy chungo vencer esos miedos, sí puedo llegar a combatirlos. Aunque esto del miedo bien me merece un capítulo aparte.

Probablemente hayas oído hablar del limbo. Si no es así, deja de leer esto ya mismo y ponte a ver Origen, donde se habla algo del limbo -en plan metafórico, pero al mismo tiempo muy gráfico-, y mucho sobre otras cosas igual o más interesantes. Me resulta un buen símil esto del limbo, porque es ahí precisamente donde me siento en ocasiones como ésta en las que uno parece capaz de verse a sí mismo con tanta perspectiva.

Es una sensación rara. Es como si, por mucho que haya recorrido, siempre volviese al punto de partida, al kilómetro cero. Una y otra vez.

Sé que no estoy sólo, y sin embargo, no me consuela.

Este limbo, o tierra de nada, ni de nadie, o como diablos cada cual lo quiera llamar, quizá sea el hábitat no físico de la especie humana, igual que el estado habitual de nuestra mente es la distracción. Y aquí estamos, tan agustito. Bueno, yo al menos a disgusto no estoy. De hecho a veces hasta me siento lleno. Pero puede que sólo sea la plenitud de lo conocido. El bienestar ante la certeza de lo que uno presupone que sabe, y lo que supone que va a ocurrir. El resto es puro vacío.

Pero el vacío, precisamente por desconocido, puede ser aún más bello. Es la belleza de lo que uno puede rellenar con lo que le plazca. Con reflexiones, por ejemplo. De hecho lo más habitual es rellenar el vacío con cualquier pensamiento.

O con palabras. Palabras que dan forma a conceptos. Conceptos que dan forma a ideas, que se derraman frente a miles de pedazos de cristal. Posiblemente todo esto, una vez más, sólo tenga significado para mí, y es precisamente por eso por lo que de alguna forma me obligo a retenerlo en la memoria, a no dejar que llenen el vacío sólo por unos instantes, para luego difuminarse de nuevo en la inmensidad de una mente distraída.

Porque es cuando uno mira a los ojos al vacío cuando puede empezar a construir de verdad. Porque detrás de las palabras, necesariamente, debe haber algo más. Algo menos volátil.

Porque después de todo esto, sólo puedo seguir pensando en todo lo que me queda por ser y por hacer. Y más me vale, porque esto sí que es cosa mía.

Y es en momentos como éste, cuando a mi alrededor reina otra vez el silencio y releo todo lo escrito en los dos últimos días por enésima vez, cuando diría que me siento de nuevo un poco más fuerte, un poco más consciente, y un poco más capaz, y termino maravillado. Imagino que poco importa si del espejo, si de mis propias palabras, o si de todo lo que se puede llegar a vislumbrar en lo que a veces uno entiende por el vacío.

Posteado por: mellondeep | 27/10/2011

Hurgando en la mente positiva

Hoy quiero compartir por aquí un audio de Milenio 3, pero espera, no te asustes. Quien más y quien menos -sobre todo los más aficionados a las ondas- habrá escuchado, u oído hablar, de este programa -que igual muchos han conocido gracias a su hermano televisivo, Cuarto Milenio- que se lleva emitiendo la tira de años en la Cadena Ser, y en el cual Íker Jiménez, que a mi parecer es, por encima de todo, un gran comunicador, se pasa unas horas hablando sobre cosas relacionadas con el más allá junto a algunos frikis que le siguen la corriente. A mí al principio me llegó a enganchar, y ahora no pasa de ser otra de esas bandas sonoras que me pongo de fondo para dormir en alguna noche de sábado.

Pero lo que traigo no trata ni sobre muertos, ni sobre fantasmas, ni sobre otros bichos raros, que de todo eso igual ya conoces bastante en tu entorno cotidiano. En este link puedes descargarte un monográfico de Milenio 3 dedicado a la mente positiva, un especial de hora y pico donde Íker invita a dos señores puestos en estas cosas del coaching y la PNL que a mí cada día que pasa me chiflan más, y juntos se ponen a hablar sobre desarrollo y crecimiento personal. Reflexionan acerca de temas tan interesantes como el significado de la muerte y del miedo del ser humano a la misma, la velocidad a la que circulamos por la vida, nuestro papel como creadores y/o observadores de nuestra realidad… muy corto se me ha hecho el audio tratando asuntos con tanta miga.

Su escucha me ha servido, además de para disfrutar un rato y reflexionar, para cazar perlitas como la de pasar de preguntarnos “por qué” a preguntarnos “para qué”, un anuncio de Mercedes (quién lo iba a decir) con un mensaje de esos que le pueden poner a uno del revés, o un dicho popular que tergiversan en la tertulia, y que para mí queda mucho mejor que el original: si no lo creo, no lo veo.

No quiero cerrar la columna sin agradecer de nuevo a mi gran amigo El Filósofo Loco, que compartió el audio hace unos días, y como en tantas ocasiones estoy aquí rebotándole al mundo algo que otra vez he descubierto y/o aprendido gracias a él.

Y en fin, que si decides echarle una orejilla, o las dos, buen provecho :-)

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