Posteado por: mellondeep | 24/02/2012

Un año conmigo mismo

Bajo mi humilde opinión, y también desde mi experiencia, pienso que la soledad es un asunto de extremos y con poco lugar para las medias tintas: o la adoras, o la aborreces. También hay quien la teme. En mi caso, al menos desde que me alcanza la memoria, siempre he sido uno de esos extraños tipos que necesitan como el comer un rato al día de estar solito, por mínimo que sea, para poner cierto orden en mis ideas, o lo que quiera que circule por mi cabeza. Así que si alguna vez das conmigo y por lo que sea no he podido disfrutar de ese tiempo, que sepas que no responderé ni de mis palabras ni de mis actos. Sencillamente, te encontrarás con una versión muy alejada de lo que soy habitualmente.

Como decía, desde siempre he buscado y encontrado ese tiempo, por poco que fuese, en el que casi nada ni casi nadie interrumpía el curso de mis pensamientos. Exceptuando esos homenajes míticos que me doy con cierta frecuencia, y en los que además de estar solo veo algo de mundo y me da un poco el aire, normalmente ese tiempo para mi propio feng shui diario se reducía, a lo sumo, a un par de horas al día. Y lo aceptaba y estaba contento con ello, hasta hace dos años. Por entonces, mis padres se largaron una semana de viaje y me dejaron en casa de Rodríguez (aunque no estoy seguro de que sea éste el término apropiado para autodefinirme). Durante esos cinco o seis días, y sin dejar de pasar muchas horas fuera currando ni alterar significativamente mis rutinas, tuve la oportunidad de probar a ratos un caramelo cuyo sabor me supo a gloria y encima se me hacía corto, así que puede que me sentase mucho mejor a mí el retiro de mis progenitores viviéndolo desde casita que a ellos mismos dando vueltas por ahí. Por eso cuando volvieron cambiaron muchas cosas. El cuerpo empezaba a pedirme a gritos más caramelos como aquellos, por momentos sentía que me faltaba el aire entre esas cuatro paredes –paradójicamente, rodeadas de montañas- en las que había crecido, y las discusiones con mi madre, que tiene un carácter igual de difícil que el mío o incluso más, se hicieron frecuentes. Mi relación con ella era sumamente compleja, una especie de “ni contigo ni sin ti” cuyo origen sólo he sabido adivinar con el tiempo, y que resultó ser el mismo que en tantos otros conflictos humanos: nos veíamos demasiado.

Coincidió todo esto con una etapa convulsa de mi vida a nivel senti-mental, con armarios que se abrían de par en par, con revelaciones y conclusiones más o menos lúcidas sobre mí mismo, sobre mi vida, sobre “de todo un poco”, y este tipo de cosas. Ya tú sabes. Así que como colofón a todo lo que me acontecía, durante los meses siguientes empezó a madurar en mi interior la idea de volar del nidito. Pero no terminaba de creérmelo. Me había tirado toda la vida en ese pequeño pueblo, con mi familia, y no alcanzaba a imaginarme cómo sería algo distinto a aquello. Les hablaba a mis amigos de mis planes y parecían alegrarse, mientras a mí me costaba horrores asimilar la idea de que tendría que cocinar, ponerme lavadoras y hacérmelo todo. Lo cierto es que no me veía viviendo solo.

Al final, con la excusa de que un buen día dentro de poco terminaría de devolverle a mi padre lo que le costó mi coche, decidí creérmelo, o al menos hacer todo lo posible por ello.

A estas alturas del año pasado iba loco de un lado para otro, recorriendo de punta a punta este pueblo lleno de iglesias, aprovechando cada minuto libre mirando pisos y otras cosas raras que se hacían llamar con ese nombre, hasta que decidí alquilar uno que resultó de mi agrado y con unas condiciones razonables. Después vino todo el curro de adecentarlo y dejarlo con un aspecto que resultase más o menos agradable a mis sentidos, y una mudanza que salvo en momentos puntuales llevé a cabo yo solo sin pedir ayuda a nadie, y sacando tiempo, fuerza y energía de no sé donde. Quizá de los kilos que perdía cada semana. Supongo que, después de todo, tenía ganas. Ganas de creérmelo, digo.

Mi última semana en casa de papá y mamá, éstos me hicieron sin querer el mismo favor del año anterior, y se largaron de nuevo permitiendo que me diese mis merecidos homenajes en mi pueblo de toda la vida. No tenía, sin embargo, una fecha prevista para mi definitivo traslado, pero cuando volvieron aguanté solamente una noche con ellos en casa. Después de catar de nuevo ese caramelo tan sabroso, esta vez el sufrimiento iba a ser voluntario, y no estaba dispuesto a alargarlo; así que para el día siguiente hice las maletas, cargué los bártulos que me quedaban y salí casi despedido hacia mi nueva vida.

Nada más cerrar la puerta aquella tarde en mi nueva morada, me invadió una sensación de lo más extraña. Para mi sorpresa, no fue de libertad, ni de nada parecido. Fue, otra vez, una especie de vértigo, o vacío, lo que sentí, y no sólo cuando me asomaba al balcón.

Ignorante de mí, lo que me pregunté por entonces era cómo diablos iba a llenar todo aquel espacio de vida y de experiencias. Paseé por cada estancia. Ninguna me transmitía nada. Todo estaba por llenar y por crear allí dentro.

Y fue entonces cuando, inconscientemente, supe que me esperaba una ardua pero apasionante tarea, y que me tenía que poner manos a la obra cuanto antes.

Recuerdo aquellas primeras noches cuando después de cenar miraba por la ventana. Había pasado de vivir en las afueras de un pueblo de no más de 500 habitantes a estar en el centro neurálgico de otro de casi 25.000. Con el hemisferio gañán de mi cerebro funcionando aún a pleno rendimiento, me resultaba sumamente extraño el simple hecho de que a ciertas horas pudiesen circular coches y personas allá abajo, en la calle.

Aquel vago temor de la primera tarde fue sólo una sombra que se diluyó rápidamente, y pese a que mis obligaciones laborales y domésticas me dejaban sin apenas tiempo libre, los siguientes días empecé a sentir que estaba entrando de lleno en otra dimensión.

Llegó el buen tiempo mientras yo me iba sintiendo más libre, me desapegaba de mi familia y de mi pueblo, y trataba de desarrollar y cultivar esa identidad propia que tanto tiempo había dejado de lado. Empecé a hacer cosas nuevas más allá de las tareas rutinarias. A salir a correr. A hacer breves sesiones de meditación. Pero sobre todo, pasar tanto tiempo a solas me servía para darme cuenta de todo lo que tenía que dejar de hacer, y que con cierta frecuencia seguía haciendo.

Me sorprendía al comprobar lo poco que me costaba descentrarme en cualquier momento, sobre todo conociendo lo metódico, disciplinado y exigente que soy para con mis cosas. También empecé a descubrir varias conductas adictivas que había llevado a cabo de forma compulsiva en los últimos años de mi vida. No vale la pena que entre en detalles, porque se trata de pequeños vicios relacionados con placeres efímeros que a la larga no me conducían a ninguna parte, y quien más y quien menos ha tenido o tiene los suyos. Es lo que tiene vivir en un mundo en el que estamos rodeados continuamente de estímulos que nos distraen de lo realmente importante. Que terminamos abusando de casi todo lo que se digiere rápidamente, y esto nos termina resultando, aunque muchas veces no nos demos cuenta, muy perjudicial; que si uno no sabe echar el freno de mano puede terminar hundido en un mar de banalidad. Así de bien nos va.

Y allá cada cual, pero uno es de de la opinión de que si quiero construir una vida plena, todo aquello que me resulte intrascendente o irrelevante tengo que cortarlo de raíz cuanto antes, empezando por dejar de distraerme con una mosca que me pasa por delante. Éste es el propósito que me hice un tiempo atrás, y que intento llevar a cabo a diario.

Sobre todo, después de aquellos meses locos del -hasta ahora- mejor verano de mi vida, en los que mi estado de emancipación y “liberación” y unos ánimos alterados por el calor, y algún que otro incentivo más, me pedían de vez en cuando cierto desorden en mis tareas. Varias noches el hecho de tener que irme a dormir suponía casi un engorro para mí, y me ponía a hacer cualquier cosa más o menos placentera para terminar cenando y acostándome a las tantas con sentimiento de culpa, y levantarme echo un zorro pocas horas después para volver a tirarme otro día currando, primero para mis jefes, y luego para mí. Y para ellos a estas alturas me da igual no estar en plenas condiciones, pero para mí no me lo puedo permitir. Por eso tenía que proponerme no perder nunca, o casi nunca, el norte, y meterme una marcha más de autodisciplina.

Los resultados, en cuanto a desarrollo y crecimiento personal, son espectaculares, y el término “bienestar” cobra por momentos nuevas definiciones para mí. Sí, me fastidia poner lavadoras, madrugar los sábados para limpiar, y tener la sensación en demasiadas ocasiones de ir corriendo detrás de algo tan ficticio como un puto reloj haciendo cosas de las que en realidad uno saca muy poco. Decía Gandhi aquello de “casi todo lo que haga será insignificante, pero es importante que lo haga”, así que al fin y al cabo debo ver estas cosas como efectos secundarios. El precio a pagar por otros momentos más enriquecedores y edificantes. Como los que vivo por las mañanas cuando me zampo mi plátano contemplando como se despierta el mundo y la luz creciente en el exterior se va desparramando sobre el amplio comedor. O esos breves minutos del té de las cuatro en la galería disfrutando del tibio sol del invierno antes de volver al curro. Por no hablar de esas lecturas nocturnas y tranquilas en el sofá, con otra infusión cerca, y sobre todo con la sensación de haberme ganado esos momentos durante todas las horas anteriores. Y por supuesto, las pelis y documentales de los viernes y los sábados por la noche, o los domingos saltando al ritmo de “Sonideros” y “Tiempo de juego” para despedir la semana. Y cómo no, las veladas junto a esos pocos personajes que se dejan caer por aquí de vez en cuando para sumar algo más a mi vida.

Después de todo esto, podrás suponer que, a día de hoy, todo lo que muestra a mis ojos cada estancia de las que hace un año no me transmitían nada ha ido llenándose de significado(s), y ahora mismo considero este inmueble como una especie de mundo aparte, muy distinto al que hay fuera de esas paredes. No sé si hecho a mi imagen y semejanza, pero desde luego, me siento en él como pez en el agua, y se me antoja un mundo muy propio aunque sus amos sean otros.

El colegio, el instituto, el primer trabajo, el primer polvo. Hay etapas en la vida por las que, con mayor o menor intensidad, terminamos pasando casi todos. Vivir con uno mismo no suele ser, por desgracia, una etapa muy común, y sin embargo mientras estoy inmerso en ella me parece que tendría que ser poco menos que obligatoria para cada individuo de este planeta. Porque abrumadora me resulta esta conclusión, pero en muchos sentidos me he abierto más puertas y he aprendido más en este último año de mi vida que en los casi veintisiete anteriores.

Posteado por: mellondeep | 21/02/2012

(Sin título)

La noche, pese a ser principios de enero, no era especialmente fría. Aun así, la temperatura habría descendido al menos dos o tres grados durante el largo paseo, y mis manos, pese a estar protegidas con guantes, empezaban a perder movilidad. No sé que les pasa este invierno, si estarán aún más sensibles que el resto de mi ser -que ya es decir- pero cuando tengo frío, lo noto sobre todo en las manos. Lo puedo sentir también ahora, mientras mis dedos tratan de coger algo de calor danzando con más o menos brío sobre las teclas.

El resto mi cuerpo también empezaba a acusar las horas de caminata. Eso, y llevar casi veinte horas despierto. Pero intuía, por el mapa que iba sacando y desplegando cada pocos minutos para luego volver a depositar en cualquiera de los mil bolsillos que tenía a mano, que no quedaba lejos aquel lugar que quería conocer. Que debía conocer. No me equivoqué. En seguida vi un cartel que lo señalizaba hacia una dirección determinada, y recuperé las fuerzas. Aunque ya lo intuía, estaba cerca.

En pocos minutos, me encontré frente a una larga, estrecha y empinada escalera de piedra. Ascendí lentamente los peldaños, de uno en uno. Sumido en mis pensamientos, creo que perdí la noción del tiempo, y no sé lo que pude tardar en completarlos. Pero la cuestión es que llegué arriba. Una vez allí, me sentí raro al pisar la tierra en polvo, tras tantas horas seguidas de asfalto.

Pero me gustaba. Sobre todo, me encantaba ese sonidito que acompañaba mis pasos, cercano, y que dejaba en un segundo plano el ruido de los jóvenes que poblaban algunos bancos empezando el botellón del sábado noche. De fondo, el rumor incesante, eterno, del tráfico y la vida en la ciudad, que me llegaba amortiguado por la gran cantidad de árboles y vegetación que poblaban el parque.

En el centro de aquel espacio se levantaban algunas moles de piedra rodeadas de un pequeño estanque donde se reflejaban, y a las que la iluminación nocturna les confería un color marrón claro.

Era como lo había imaginado.

Decidí que rodearía paseando el perímetro del parque, así que pronto dejé atrás los bancos destinados al botellón. Unos metros más adelante, había un mirador con unas vistas preciosas de las cúpulas de la catedral de la que yo venía. Y a sus pies, miles de luces nocturnas inundaban el paisaje y manchaban el cielo, en el que apenas se podían distinguir un par de estrellas. Pese a todo, me resultaba bello. Inspirador.

Seguí caminando. A poca distancia del mirador, pude distinguir, creo que apoyadas en la barandilla que les separaba del vacío, o del infinito (¿será lo mismo?), dos figuras masculinas recortadas en la noche. Estaban abrazados. Y se fundían en interminables besos, ajenos a lo que les rodeaba. Probablemente, ajenos también a mi presencia, no sé si repararon en aquella silueta que caminaba lentamente, y que llegó a mirarles de refilón durante un par de segundos. Seguí con mi vuelta de honor.

A muy pocos metros, en otro banco, estaba sentado un hombre cuyo aspecto se me antojó de lo más normal. Echaba mano de lo que parecía una bolsa de patatas fritas. Parecía ensimismado. Con las patatas, o vete tú a saber con que.

Y en ese momento, igual que si mi ánimo fuese similar al tiempo atmosférico, y dependiese de esos frentes pasajeros que se van y vienen cuando les apetece, me sentí invadido por una ráfaga de tristeza. Como si, repentinamente, el aire que estaba respirando me hubiese impregnado de tal sensación.

Entonces decidí variar mi trayectoria, hasta entonces circular, para irme directamente al centro del parque, junto al estanque y las grandes piedras iluminadas y reflejadas en el agua. Esas piedras que, según se decía, tenían más de 2.000 años de antigüedad, y habían venido de Egipto. Que un buen día fueron erigidas en templo para rendir culto a Isis y Amón, y que ahora estaban aquí, inamovibles. Rodeadas de besos interminables, patatas fritas y una ráfaga de tristeza. Me podía hacer una idea de lo que había detrás de la pareja que se besaba, del hombre que comía solitario en un banco. Podía incluso tratar de construir sus vidas recientes hasta llegar a aquel momento, puede que mágico, en el que se cruzaban nuestros caminos. También podía tratar de explicarme de dónde provenía mi tristeza. Pero todo eran ideas. Vagas suposiciones, difuminadas y engullidas por una realidad de la que por momentos ignoro cada vez más. Quizá sea esa la gran paradoja de la vida, la de terminar como un auténtico ignorante. Y lo cierto es que suena gracioso, joder. Suena hasta divertido. Quizá por eso no me detuve, y casi inconscientemente seguí caminando, haciendo fotos.

Había salido una mañana espléndida, y cuando mi acompañante me preguntó donde me apetecía ir, no lo dudé ni un instante.

-Me gustaría que fuésemos al Templo.

De nuevo me vi subiendo la misma escalera larga, estrecha y empinada. Una vez arriba, casi todo lo que alcanzaban a ver mis ojos estaba bañado por la luz del sol, a excepción de las sombras provocadas por los árboles. Había mucho ambiente. Gente sentada, paseando, posando frente a cientos de cámaras. De fondo, el sonido de interminables conversaciones a nuestro alrededor, y los gritos joviales de los chiquillos. De la pareja de chicos que se fundían en besos y abrazos y del hombre que comía patatas en un banco, ni rastro. La sensación que me embargó al chocar con ellos la noche anterior parecía, aunque no estaba del todo seguro, que también había quedado atrás. La estampa del domingo por la mañana era tan diferente a la del sábado por la noche que me resultaba difícil asimilar que aquel era el mismo lugar en el cual había estado dando una vuelta hacía nada.

El trayecto fue parecido. Hicimos una especie de círculo rodeando el perímetro del parque, por los miradores, para finalmente ir a parar junto al estanque y las piedras. En un momento de este trayecto, le dije, como de pasada y probablemente sin venir a cuento, que había estado aquí unas horas antes.

-Ah, ¿sí? ¿Viniste ayer? -me respondió, mientras yo decidía no entrar en detalles.

Sacamos unas fotos. Me quedé con las ganas de que nos hiciésemos una juntos, donde fuera. Y no sé por qué, no se lo dije. O sí que lo sé. Vete tú a saber.

Antes de abandonar el parque, pude captar la imagen que más me transmitió de todo lo que había visto allí. Probablemente porque se solapaba a todas las demás, culminando lo que había presenciado y sentido en los minutos y en las horas anteriores. El agua del estanque estaba en calma, y reflejaba como un espejo los edificios de la ciudad, bajo el cielo azul, con una simetría tan perfecta que resultaba un regalo para la vista. Como un oasis de armonía y quietud zen en pleno corazón de la ciudad, y también en mitad de todo lo que me acechaba y embargaba. Me sentí un privilegiado por poder contemplar aquello. Y nada más disparar la cámara de nuevo, quise darle a entender con pocas palabras lo que había significado para mí esa nueva postal que acababa de fabricarme.

-Cuando la vea en casa, no será lo mismo. Jamás podrá serlo.

Hace pocos días, veía un pequeño reportaje grabado en el Templo de Debod, en el cual se le rendía a un cámara de televisión una especie de homenaje al tiempo que éste explicaba qué le transmitía el lugar en cuestión. Mientras tanto, de mi cabeza brotaban al mismo tiempo un cúmulo de sensaciones. “Y a mí, ¿qué me transmite?”, me pregunté. Y con todo lo que viví allí, no soy capaz, por el momento, de identificar esas sensaciones. O mejor dicho, de etiquetarlas.

A veces tiendo a concebir todo lo que me rodea como una especie de decorado de mi vida, donde lo único relevante es lo que yo haga o deje de hacer, lo que se me pase por la cabeza. Imagino que en esas ocasiones sólo estoy jugando a ser egocéntrico. Y si me cruzo con alguien, ese alguien es un personaje inerte, más o menos efímero, al que sólo yo soy capaz de darle vida. Le podría llamar “amigo”, “conocido”, o simplemente “persona”, pero no. Le pongo la etiqueta que me apetece según su papel en la historia, en mi historia. En las últimas semanas podría haber etiquetado a todos esos personajes que me crucé en el parque, dándoles a mi conveniencia un significado, por ejemplo, premonitorio, y sin embargo aún no lo he hecho. Ni me pregunto por qué.

La mente humana es como un inmenso archivo que vamos llenando de experiencias, normalmente bien empaquetadas y etiquetadas según el sabor que nos dejan. No así la que acabo de relatar. Lo que acabas de leer lo tengo por aquí apartado en un rinconcito, esperando la pegatina. Es un extracto de un capítulo inconcluso y reciente de mi vida, que ni yo mismo sé si puede haber terminado, o si acaba de empezar. Un capítulo repleto de ilusiones, de miedos, de incertidumbre, y de muchas otras sensaciones.

Quizá tarde en ponerle título. Quizá, vete tú a saber, no lo haga nunca. Pero sea como sea, imagino que si he llegado hasta aquí, de una u otra forma, todo esto tenía que ser escrito cuanto antes.

Posteado por: mellondeep | 10/02/2012

Programados para olvidar

A veces me sorprendo a mí mismo sintiéndome un incomprendido. Quizá por eso esté aquí, después de todo.

Puede que cuanto más auténtico sea uno, más termine alejándose de los demás. Sin embargo, cuando no era nada auténtico ya me sentía, con bastante frecuencia, desubicado respecto al resto del mundo. Desde pequeño, y hasta hace unos meses, mi mayor hobby era encerrarme en mi pequeña habitación de la casa en la que convivía con mi familia, y construir en ese pequeño espacio entre cuatro paredes lo que me diese la real gana. Tenía, a mi juicio, todo lo necesario para disfrutar: una cama, una mesa y una silla de escritorio, un ordenador, mis libros y mis revistas. No me hacía falta nada más.

Ya que somos tan aficionados a etiquetar, yo encajaba fácilmente en ese perfil de chico introvertido al que no le gusta salir ni relacionarse. Y para que la gente pudiese saber de qué pie cojeaba nada más echarme un vistazo, encima llevaba gafas.

Lo peor es que durante muchos años me lo creí, y me sentía como tal. Me sentía incomprendido cuando entraba con amigos a las discotecas y, a no ser que me echase unos combinados para alterar mi ánimo, terminaba sintiéndome como el culo dentro de esos extraños ecosistemas repletos de humo, ruido y otros placeres que a mí no me conducían a ninguna parte, porque no sacaba nada de ellos que me sirviese para tirar adelante al día siguiente, o al siguiente del siguiente. Rodeado de gente en busca de experiencias pasajeras que les hiciesen olvidar lo que habían vivido horas o días antes, para al día siguiente volver a su vez a olvidar esa misma experiencia. No sé en cuántas ocasiones podría llegar a echar de menos las cuatro paredes de mi habitación durante aquellas noches de juerga, pero seguro que más de dos y de tres.

También me sentía incomprendido cuando, sin llegar a contarle a nadie lo que me pasaba por la cabeza en tales situaciones -básicamente, para no poner en peligro mis relaciones sociales- contrastaba mis excéntricos puntos de vista con lo que parecían pensar los demás. Me ocurría, por ejemplo, en el instituto donde estudié durante seis años. La adolescencia es una etapa que, vivas lo que vivas, te va a marcar para el resto de tu vida. Quizá por ello les cogí especial afecto a varios de mis compañeros de clase, aunque con algunos sólo compartiese pupitre y experiencias durante unos cuantos días. Me sentía especialmente bien cuando percibía esa sensación como recíproca, y parecía que estábamos sentando las bases de una amistad sólida y sincera. A veces lo hablábamos, y con los más allegados me sentía capaz de expresar abiertamente una parte mis temores.

-Ya verás como cuando termine el curso dejaremos de tener relación -les solía decir. Me respondían que no, que la relación no tenía por qué terminar, que seguiríamos en contacto. Y yo, casi por instinto, seguía en mis trece.

No me equivoqué. El contacto en algunos casos se evaporaba lentamente, y en otros se esfumaba casi de golpe, como si todo lo que habíamos compartido los días, semanas o meses anteriores se lo hubiese tragado la tierra.

Cuando lo pensaba, por momentos me sentía despagado. Conforme pasaban los años, vi que esto sólo era una antesala de lo que (dicen) es la vida misma. Que el “si te he visto no me acuerdo” parece ser el lema de una abrumadora mayoría de la gente con la que tengo que interactuar a diario. “Tantos miles de años de evolución en la especie humana para terminar así”, me digo muchas veces.

A día de hoy no sé si soy un incomprendido. Respecto a los demás, cada día creo que me la trae más al pairo lo que otros me puedan comprender, y por ello me sorprendo en esas contadas ocasiones en las que doy con gente que, para mi sorpresa, parece comprenderme sin que yo haga esfuerzo alguno para que tal milagro ocurra.

El curro, como en casi todo lo demás, lo tengo respecto a mí. Me contento con comprenderme cada día más a mí mismo. Para ello, entre otras, de unos meses para acá vengo anotando mis sueños (los que recuerdo) en una especie de diario. Lo comencé con vistas a fomentar mi creatividad, y también para aumentar mis probabilidades de tener sueños lúcidos. En tres meses no sé aún lo que puedo haber conseguido en estos terrenos, pero lo que sí he constatado es que a la mínima que me descuido (o que me duermo) aparecen de la chistera, entre muchas otras cosas, algún amigo olvidado del instituto, o alguna compañera del colegio con la que haciendo un trabajo conjunto se me despertaban ciertos instintos ahora irreconocibles para mí. De ello concluyo que podré intentar huir de mucho en mi vida, pero no de mi memoria.

Por eso sigo sin terminar de comprender el curioso hecho de que en mi día a día no dejan de aflorarme continuamente personas, situaciones, momentos o efemérides, al tiempo que los demás parecen estar reseteando su memoria continuamente. Mientras no dejo de almacenar y procesar información -excepto el vocabulario de inglés-, el resto del mundo sigue instalado en una memoria más o menos volátil.

Cuando era pequeño me iba dando cuenta, poco a poco, de que traía varios defectos de fábrica, la mayoría de ellos físicos. Parece que acabo de descubrir uno más, que no es físico, y en realidad tampoco sé si es defecto. Sea lo que sea, está claro que no nací programado para olvidar. Ni falta que hacía.

Posteado por: mellondeep | 09/02/2012

Anders Breivik y los universos paralelos

Quien más y quien menos recordará aquel atentado del 22 de julio del pasado año, en el cual un joven noruego colocó una bomba en el centro de Oslo, y posteriormente se lió a tiros con unos turistas que visitaban el islote de Utoya haciéndose pasar por policía. El resultado de la carnicería fue -según wikipedia- de 77 muertos.

Contemplaba yo las imágenes, y escuchaba boquiabierto los hechos, tumbado en mi sofá medio en bolas. “Ya me podían haber avisado”, pensé. En esas tediosas y tórridas tardes de verano, con lo último que espera uno encontrarse es con noticias así. Era la primera vez que Noruega me mostraba algo distinto a fiordos, soles de medianoche y maravillosas auroras boreales. Y no te lo vas a creer, pero cuando vi esas primeras tomas de la capital vikinga, en las cuales el cielo presentaba un aspecto gris y la gente caminaba por la calle en manga larga, deseé estar allí. “Qué a gustito, sin esta calor”, me decía. La masacre me cogía física y mentalmente lejos. Yo estaba en España, no en Noruega. Eran las cuatro de la tarde y trataba de echarme una siesta que me despejase un poco la cabeza y me hiciese más llevadero el calor. En tal coyuntura, uno sólo se ve apto para idear idílicas situaciones -normalmente acompañado- en una playa paradisíaca. Jamás en esas circunstancias había sido capaz de pensar ni en terroristas, ni atentados, ni en nada parecido. Así que que no terminaba de concebir aquello como algo que realmente acabase de suceder. Una especie de filtro barría la información desagradable que recibía a través de mi sentido de la vista y el del oído, para mostrarme sólo la parte de la realidad que me interesaba: Noruega. Julio. Fresquito. Fiordos. Y cuando se vayan las nubes, soles de medianoche y auroras boreales.

Varias semanas después, escuchaba en el coche un boletín de noticias en la radio. Anders Behring Brevik (éste es el nombre completo del bestia que puso la bomba y luego se fue a pegar tiros) estaba detenido, y la duración de su más que posible condena era un asunto de debate nacional en Noruega. De hecho, la noticia no estaba en tal debate. Lo relevante del día venía servido en boca de su abogado defensor, que intentaba evadirle de cualquier pena o castigo, e incluso justificaba el crimen alegando que su defendido vivía en un mundo, o universo (no recuerdo el término exacto, pero tampoco viene a cuento) paralelo al de los demás.

Imagino que estas palabras escandalizarían a la opinión pública. Y en cierto sentido no son para menos. A mí, sin embargo, no me sorprendieron en absoluto. Qué duda cabe de que un pavo que se declara como jefe de una orden de caballeros templarios, o que es capaz de cargarse a alguien, vive en un universo paralelo. Al menos paralelo al mío, claro.

La teoría del multiverso llevaba ya un tiempo tomando forma en mi mente, y ahora se me ha hecho aún más evidente, si cabe. En efecto, Anders Breivik vive en un universo paralelo. Su abogado, que justifica lo injustificable, vive en un universo paralelo. Diego Atienza, que escucha cómodamente desde su sofá la noticia mientras piensa -entre otras cosas- en lo bien que se estará ahora en Noruega, vive en un universo paralelo, cuyos límites, por suerte para la salud del planeta, terminan donde empiezan los de los demás.

Viaje al centro de algún universo”, reza el título de esta página en la que llevas sumergido unos minutos. Ahora que empiezo a saber de qué va el cuento, cada día le encuentro más sentido al hecho de haber puesto un título así.

Hay por ahí una cita que me encanta, y que viene a decir algo como que existen otros mundos, pero que todos están en este. Buscar vida en Marte tiene su cosa. Si hablamos de vida inteligente suena aún más atractivo, pero tampoco estaría de más que pensásemos en algún momento en cuán diferentes a la nuestra son esas cientos de vidas que nos cruzamos a diario en cada calle y en cada esquina.

Quien me conozca, lo sabe. Quien me lea, lo podrá intuir. Yo consejos no doy. No me siento capaz de penetrar en universos distintos al mío, o al menos de sentirlos como mi hábitat, porque no lo son. Lo único que hago es transmitir(me) y compartir mis (pocas) certezas, y mis (muchas) dudas, así que terminaré regalándote una certeza. Que sepas que tú tampoco te escapas. Que vives en un universo paralelo al del resto. Puede que no te cambie la vida saberlo, pero quizá te ayude a explicarte -o a dejar de explicarte- mucho de lo que ocurre o deja de ocurrir a tu alrededor.

Posteado por: mellondeep | 07/02/2012

Pequeñas grandes lecciones

Intento pasarme al menos una vez al mes a ver a mis abuelos maternos. A veces me echo en cara no hacerlo más a menudo viviendo en el pueblo de al lado, porque a su edad un buen día, más temprano que tarde, ya no estarán tan cerca. Pero como tampoco es que nos sobren temas que tratar, más allá de constatar por mi parte que que están más o menos bien de salud, y por la suya que estoy cada día más alto y guapetón, y encima sigo trabajando, deduzco, imagino que de manera acertada, que no son necesarias más visitas.

La hora era, más o menos, la de siempre. Es decir, la de España Directo. Hubo una temporada, no hace mucho, en la que si al resto de vecinos de la finca donde viven mis abuelos les apetecía visualizar lo mismo que ellos en la televisón, tranquilamente podían haber prescindido del volumen en sus aparatos. El problema, imagino, sería que quisiesen ver otra cosa, así que hubo que solucionarlo con un par de grandes auriculares, que evitaban de paso un posible peligro de derrumbe del inmueble.

Podía escuchar a través de sus cascos nítidamente, sentado a un metro de ellos, los originales comentarios emitidos por los reporteros de ese gran programa con vocación de servicio público, aderezados con una pizca de crónica social, y alguna que otra receta de cocina. Se sucedían, unas tras otras, espeluznantes imágenes de la ola de frío que azotaba la península. Especialmente impactantes resultaban las de unos señores mayores que, con dos cojones, se bañaban en la Playa de la Concha veinticuatro horas después de que ésta amaneciese cubierta de nieve.

-Está buenísima el agua. Y además esto es muy saludable -declaraban los valientes al salir y toparse con las cámaras.

En ese momento mi abuela, que cuenta con ochenta y largas primaveras a sus espaldas, rompió el silencio de la estancia.

-Pues yo no me bañaría -concluyó, como quien se ha tirado reflexionado un buen rato sobre alguna cuestión más o menos trascendente.

Reprimí una carcajada, a la espera de que, una vez constatado el hecho de que estaba más alto y más guapo que la última vez, y también que seguía trabajando, no tardaría en llegar la pregunta del millón. Y en efecto, en cuestión de segundos las tres palabras salieron de su boca casi automáticas. Como cuando hablamos por defecto. No recuerdo si se quitó los grandes auriculares.

-¿Tienes ya novia?

Reprimí una segunda carcajada. Siempre he disfrutado más cuando se ríen los demás de lo que digo.

-Las chicas no me salen rentables, yaya.

Entonces entró en acción mi abuelo. Si no me equivoco, va para noventa y tres tacos. Paseó su mirada alternativamente entre los rostros de mi abuela y el mío. Creo recordar que él sí se quitó los cascos, antes de soltar la suya con ese vozarrón que es capaz de callar incluso a los de España Directo.

-No tiene novia, pero ahora cuando deje de hacer frío irá a buscarse una.

Ya no pude reprimir la carcajada.

Y después de la carcajada, me invadió una oleada de admiración. Como decía, me siento mejor cuando los demás se ríen de algo que digo yo a cuando me río yo de algo que dicen los demás. Por eso muchas veces persigo ciertos estímulos con la esperanza que se me pegue lo que sea de quien lo hace bien. No es fácil encontrar sentido del humor, en los tiempos que corren. Pero sentido del humor del bueno. Y de repente, mi abuelo me lo planta todo en las narices en una frase. Acidez. Humor. Vitalidad. Energía. Lucidez.

Gracias, abuelo. No sé si llegaré a tu edad, pero más me vale currármelo para que, en caso de que llegue, te llegue a ti a la suela de los zapatos. Por la cuenta que me trae.

Posteado por: mellondeep | 05/02/2012

Invierno en el Maestrazgo

Amanecía algo nublado, aquel sábado tres de diciembre del pasado año en el que me había comprometido con mi amigo Juanjo a subir por segunda vez en mi vida -y también por segunda en dos meses- el gigante de piedra. La ruta estaba pactada casi con un mes de antelación, en una fría mañana en la que nos fuimos los dos a correr, y aunque la tarde anterior al día “D” había estado lloviendo con ganas, tenía la certeza de que sólo la suspenderíamos si caían chuzos de punta al levantarnos por la mañana. Es lo bueno que tiene el juntarse de vez en cuando con elementos igual de cabezones que yo, o incluso más.

Se agregó a nosotros Vicente, un amigo de Juanjo que tuve el placer de conocer. Un señor de cincuenta y pico años cuya mirada me transmitía de primeras cierto aire de tristeza y agotamiento, sensación que eliminé rápidamente de mi cabeza tras intercambiar un par de impresiones con él. Ya firmaría yo llegar a esa edad en su estado de forma, con la mitad de mundo que tiene o, si me apuras, me conformaría tan solo con tener una pequeña parte de sus actuales ganas de vivir y de hacer cosas de ésas que en mi pueblo denominan “de provecho”.

Creo que fue nada más dejar atrás la Vall d’Alba cuando pudimos divisar la silueta de la cara sur del Penyagolosa pintada de un blanco no muy intenso, pero sí visible. Se nos iluminaron los ojos a los tres, porque a finales de otoño, y sin haber pasado apenas frío aún en aquella época del año, íbamos a tener la suerte de estar un ratillo rodeados de nieve.

Dejamos a la derecha Benafigos, ese pueblo encaramado en lo alto de un cerro que llama la atención de cualquier curioso que circule por sus alrededores. Las chimeneas de las casas a toda pastilla nos dieron la bienvenida a Vistabella a eso de las diez y poco. Y no era para menos, porque el termómetro del C4 no marcaría más de cinco o seis grados. Mientras por nuestras latitudes aún seguían cayendo las hojas otoñales a piñón, en el Maestrazgo los árboles estaban ya pelados, y el invierno se iba dejando notar allá donde detuviese uno la vista. Así que los compañeros propusieron caldear el cuerpo con algo líquido y rapidito, bajo la excusa de que nos descorchasen la botella de vino que se había traído Vicente por si durante la ruta surgía alguna emergencia y había que volver a calentar algún organismo vivo -o algún ánimo- sobre la marcha.

Fueron cinco o seis horas de tranquilo paseo, contando el tiempo que pasamos detenidos en la cima, las paraditas para dar un respiro y, cómo no, las que se cogía el fotógrafo de turno -es decir, yo- para inmortalizar una panorámica, un barranco, un posado, un charco, una nube, o cualquiera de las mil maravillas que llamaban mi atención.

Pero fueron muchas cosas más.

Tenía yo mis reservas sobre lo que me depararía aquel día, porque ni había salido nunca con Juanjo, ni conocía a Vicente. También había visitado el lugar recientemente, lo cual le quitaba algo de gracia. Y fue probablemente este hecho, el de no esperar nada especialmente relevante, lo que seguramente contribuyó de manera decisiva a que me llevase todo lo que me llevé.

Los días siguientes se me repetían, en secuencias desordenadas, todos aquellos estímulos. Instantes fugaces que en otro momento de mi vida hubiesen pasado de largo como un tren de mercancías que nunca volvería a ver en la estación, pero que justo en ese momento de mi vida se detenían para que yo los contemplase y se me removiesen muchas cosas dentro. Aún hoy, dos meses después, puedo recordar todo lo que se me pasó por la cabeza cuando nos cruzamos con aquella perrita perdida que saltaba de alegría al toparse con nosotros. O la que estaba abajo, en el santuario, arrimándose a todo aquel que se dejaba caer por allí y poniéndonos carita de pena para que le diésemos comida mientras el sol se ocultaba y la temperatura caía de nuevo en picado. Aquellos dos jóvenes que subían mientras nosotros bajábamos, y con los cuales departimos un par de minutos. La mirada encendida del chico de detrás de la barra, cuando a la vuelta, ya de noche, nos dejamos caer por Benafigos a tomar algo. La lumbre en aquel comedor oscuro con viejas ventanas que daban a un precipicio cada vez más oscuro, y que de día debía ofrecer unas vistas espectaculares. O las conversaciones con los dos fenómenos que me acompañaban, poniendo patas arriba el mundo, y también a algunos elementos que lo ensucian con bastante frecuencia.

Todo eso y algo más me llevé de aquel sábado de otoño, que era casi de invierno en el Maestrazgo castellonense. Los días siguientes volvían incesantemente a mi cabeza aquellos momentos, aquellas imágenes, aquellas sensaciones. Mis ánimos se agitaban por momentos, como azotados por repentinos vendavales de emociones. Muchos de esos momentos terminaba llorando como un crío. Y me podía suceder en cualquier lugar. En casa. En el trabajo. Solo. Acompañado. De día. De noche. Daba lo mismo. Aquello era como si me hubiese tomado alguna droga rarísima cuyos efectos viesen la luz en momentos aleatorios. Y de todo esto que me pasó, la única certeza que saqué, alterado, es que algo muy grande tenía que empezar a construir a partir de todo ello.

Creo que lo mejor que tiene pasar mucho tiempo con uno mismo es que puedo calentarme la cabeza (acción también conocida como “pensar”) todo el tiempo que desee sin que nadie me interrumpa. Además tengo la suerte de quererme un huevo, así que gran parte de esas comeduras de coco las destino a mi propio bienestar. A acariciarme y mimarme. A pensar sobre mi(s) conducta(s), sobre las causas y consecuencias que motivan mis propios actos, para mí y para otros. A darme vueltas de tuerca pasándomelo pipa, y a meditar sobre la conveniencia de hacer esto y no hacer lo otro (y viceversa). En definitiva, a probar y tocar diferentes teclas de mi propio ser, obteniendo por supuesto distintos resultados, y contrastándolos acto seguido. Después toco aquí, y luego allí. Mañana quizá lo haga al revés. Seré yo rarito, pero ésa constituye para mí una de las grandes atracciones de mi vida, y desde luego que recomiendo a quien pueda que se pegue tranquilos paseos por sí mismo para constatarlo. Porque tras un tiempo transitando por estos terrenos, te aseguro que se pueden obtener grandes beneficios.

Y creo que fue ese día en el cual todo se me hizo mucho más evidente, y me empecé a dar cuenta. Aquel sábado llegué a la conclusión de que hoy por hoy, cuando estoy viviendo, o incluso cuando me dispongo a vivir, alguna experiencia que me va a marcar, me cuesta muy poco identificarla. Al instante de recibir un estímulo puedo intuir qué respuesta voy a procesar a largo plazo, y cómo pueden resonar sus ecos en el conjunto de mi experiencia vital. No había sido así hasta hace nada. Antes tardaba años, meses, o como poco, semanas. Ahora es instantáneo. Más o menos, como cuando me da por tomarme una manzanilla.

No sé si te pasa a ti, y en cierto modo tengo mucha curiosidad por saber cómo llevan los demás estas cosas. Porque por lo que a mí respecta, el sentirme capaz de coger al vuelo lo que algo me va a proporcionar me obliga, en cierto sentido, a vivir de otra manera.

Por eso, las semanas siguientes a aquel tres de diciembre, a la mínima oportunidad que se me presentaba me ponía a tocar(me) con bastante frecuencia ciertas teclas sabiendo los efectos que podía tener lo que hacía sobre mi persona. Y, en efecto, éstos fueron inmediatos. Viví momentos que jamás pensé que podría vivir, y de hecho no estoy seguro de que cualquier ser humano pase a lo largo de su vida por lo que he pasado yo recientemente. O sí. Quizá, vete tú a saber, es un salto en la consciencia, en mi madurez como individuo. Otro paso más en mi propia evolución como ser humano. Pero en cualquier caso ésta puede que sea una reflexión estéril para mí, así que de nuevo tendré que centrar mi atención en volver a intentar explicarme qué es lo que he vivido exactamente, y sobre todo hacia dónde me puede conducir.

Es difícil de definir, y por eso trato de contarlo, de escribirlo. Y es curioso, porque aún no se me ha pasado. Por momentos se me vuelve a remover todo por dentro. Mi estado de ánimo parece instalado desde hace semanas en una especie de montaña rusa, alterándose con una facilidad pasmosa y pasando rápidamente de unas fases a otras. No sé si es saludable todo esto, a largo plazo. Pero es diferente. Y es intenso, muy intenso.

Pocas conclusiones he sacado, a día de hoy. La única, de momento, es que mis prioridades se me antojan mucho más evidentes. Que lo que antes me motivaba mucho ahora aún me motiva más, y que lo que me motivaba poco ahora no me motiva en absoluto.

Otra de las imágenes que tengo grabadas a fuego de aquel sábado de hace dos meses en el Penyagolosa era la cara de mi amigo Juanjo. Le notaba un aire diferente al de siempre, y al principio lo achaqué a lo que que sea que se respira por allí, y que imagino que también me cambiaría a mi el careto por unas horas.

Ahora sé que no.

Juanjo se casó en junio con la hija de mis jefes, tras dos años de relación. Yo conocía a su prometida unos siete años, y con el tiempo había llegado a la conclusión de que era una de esas personas con las que, por el bien de mi salud mental, más me valía mantener distancias.

Ya me chirriaron los oídos cuando mi amigo me dijo que tendría que pedir permiso a su mujer para que saliésemos a pasearnos. Y me chirriaron todos los sentidos simultáneamente cuando, ya de vuelta, le dejé en la puerta de su casa y tenía allí plantada a la policía de turno esperándole. Con perro incluído, y con el mismo aspecto de amargada de los últimos meses, sólo le faltó soltarle un “vete preparando, que menuda te va a caer”, cuando dos días antes delante mío, y también a mediodía por teléfono, le había dicho que podíamos volver cuando quisiésemos (lo cual iba a suceder con o sin su consentimiento, siendo yo el conductor). Me faltó tiempo para decirle “hola” y salir echando leches de allí.

Una semana después, ella se empeñó en terminar su relación conyugal. Ahora están con los trámites de la separación. Ella, pasándolas canutas. Él, menos, aunque al principio sufrió lo suyo.

Un par de conversaciones tuve con Juanjo inmediatamente después de toda la movida, donde traté de animarle como mejor pude, y de hacerle ver que, bajo mi humilde e inexperto punto de vista en estas lides, hay vida siempre. Nos guste o no, mientras sigamos respirando estamos vivos, y más nos vale sentirnos como tales. Y después del infierno, aún más.

Hace una semana me llamó y me invitó a almorzar. Su semblante me recordó al de aquel sábado de invierno en el Maestrazgo en el que la nieve, las bocanadas de aire puro, o lo que fuese, le hicieron pensar en algo menos desagradable que lo que tenía que aguantar a todas horas.

Dice mi jefe -el padre de la novia- que la vida es una historia para escribirla. Me encanta oír esto en boca de alguien que lo único que que ha escrito en los últimos cincuenta años es su firma en papeles que vete tú a saber dónde acabarán. No se me había pasado por la cabeza tan lúcida reflexión, y sin embargo llevo un tiempo llevándola a la práctica.

No sé si la vida es una historia para escribirla. No sé si lo será la mía. Algunas, desde luego, lo son. Sea como sea, sigo escribiendo sobre mi vida, y pensando sobre si me ha cambiado la vida.

Una mañana de diciembre, tres muchachos subían juntos el Penyagolosa. De eso se acaban de cumplir dos meses. A uno sí que le ha cambiado la vida desde entonces. Lo mío creo que aún está por ver.

Fuera oigo ráfagas de viento, que hacen aún más gélida y desapacible esta noche de sábado bañada en plata por una luna que allí arriba ni se inmuta ante el vendaval. No sólo es invierno en el Maestrazgo.

Aquí dentro todo es distinto. Todo es calma, silencio y oscuridad, a excepción del chorro de luz que emite esta pantalla, y del pequeño resplandor que sale del radiador. Todo es calidez, también. Y de nuevo me siento embargado (o embriagado) por esa sensación incomparable de que un día más me he vaciado, y una noche más dormiré arrebujado entre mantas como un bebé, con la certeza de habérmelo ganado.

Quizá al final nuestras vidas sean colecciones de historias que, escritas o no, en muchos sentidos discurren paralelas.

Lo mío, como decía, aún está por ver. Descuida, que estoy en ello.

Posteado por: mellondeep | 22/01/2012

Un domingo cualquiera

Antes de empezar, como casi siempre, me pregunto qué me trae aquí, y me respondo, de nuevo, más o menos rápido. Podrían ser las ganas de no hacer otras cosas, como un nuevo tostón de ejercicio en inglés. O de no saber si debo expresarle a alguien lo que quiero expresarle. O puede que sea una especie de incontinencia, que me acecha en los últimos días, y que me obliga a contar lo que sea. Por todo esto, o por lo que sea, aquí estoy de nuevo.

La luz del sol se derrama, alegre, sobre una parte del comedor. Vuelvo mi vista hacia el amplio ventanal, desde el cual observo edificios, con sus preciosas antenas coronándolos, y un par no menos estéticas grúas. Más al fondo, montañas. A la izquierda puedo divisar aquel pico que subí hace un mes; más a la derecha, aquel otro en el que empecé mis andaduras como currante, hace más de siete años.

Todo ello se presenta a mis ojos bajo el telón de fondo, una vez más, de un cielo limpio y azul, tan sólo manchado por la estela, breve, de aviones que lo surcan de punta a punta.

Suena alguna que otra traca, lejana. Suenan, más cercanas, las campanas de alguna de las mil iglesias de este pueblo. Si paro la música y dejo de teclear, puedo escuchar también, amortiguados, los sonidos de la calle. Si me levanto y fijo mi atención en lo que ocurre fuera del séptimo, allá abajo, puedo constatar que esa luz del sol que se derrama sobre una parte de mi comedor es la misma que ilumina esa calle de punta a punta, que juguetea caprichosamente trazando curvas en las esquinas, en las macetas, en los edificios, en las caras de la gente. Esos rostros, conocidos o no, que hoy ponen el freno de mano a unas vidas quizá frenéticas, y se paran en las aceras a charlar en tono más distendido de lo que pasa en el mundo. Bueno, de eso, y por supuesto de los demás.

¿Y qué pasará en el mundo?. En las más de quince horas que llevo encerrado aquí, me lo he preguntado en más de una ocasión. Al final, y aunque sea durante unos minutos, vuelvo a ese estado de ignorancia en el que uno es capaz de pensar que algo de lo que pasa igual lo cuentan en las noticias. O en Informe Semanal, donde anoche vi parte de un reportaje sobre Fraga, aquel ministro franquista que, como tantos otros, se recicló a demócrata para hacer carrera. Me lo tragué más por morbo -bueno, y por otro reportaje que le precedía y que valía la pena, que no todo es malo en Informe Semanal- que por otra cosa, porque una de mis dudas existenciales era quién sobreviviría a quien. Fraga a Informe Semanal, o viceversa.

Pero lo que más gracia me hizo fueron aquellas imágenes del Fraga ministro, y su séquito, marcando tipito y dándose un chapuzón en la costa almeriense para ahuyentar los fantasmas de que el mar por allí podría estar infestado de radioactividad proveniente de un accidente de sus amigos yankees. Al parecer, fue el mismo Fraga quien ideó aquello de “Spain is different”, y justamente ése eslogan me vino a la mente cuando vi el paripé. De verdad que sí: España es otra cosa. Yo no conozco otros países, pero mucho me temo que mucho de lo que acontece en éste en el que vivo sólo puede pasar aquí, y en ningún otro sitio más.

Además de Fraga, también está de rabiosa actualidad un nuevo emplazamiento turístico que ha surgido en algún rincón de la costa italiana, por lo visto porque allí se puede contemplar la silueta de un crucero a la deriva, o de lo que va quedando del mismo.

Tampoco es que las noticias, o la actualidad, me la traigan al pairo. Simplemente la consumo a mi manera, en muy pequeñas dosis, pasándola por mi filtro y quedándome sólo con la parte que me interesa de la misma. Lo del crucero éste es un buen ejemplo, porque de lo poco que he visto y leído estos días sobre ello, sólo me quedo con un artículo de uno de los señores que escribe en el periódico que hojeo los fines de semana. Admiro la forma de escribir de este hombre, porque en cualquiera de sus brevísimas columnas, de apenas cincuenta o sesenta palabras, es capaz de poner el mundo del revés. Y ayer establecía un divertido símil entre este idílico crucero y otro llamado Europa. También entre sus tripulantes.

Quizá de todo esto, y de Urdangarín, hablen esas figuras que se detienen en la acera, o en el parque, o en un bar, una tranquila, soleada y, de nuevo, casi primaveral mañana de domingo.

Ése es el problema de la actualidad, y de todos los que la siguen. Que, al igual que un informativo transita de refilón sobre todo, y particularmente sobre lo más importante, uno puede terminar pasando igualmente de puntillas por todo lo verdaderamente relevante de la vida. O, peor aún, obviarlo directamente, distrayéndose con lo de siempre.

La calle sigue tranquila. El sol avanza lentamente en su camino, marchándose de mi comedor.

Si el mundo se parase alguna vez, debería ser en momentos así.

Dentro de unas horas, todo volverá a su estado habitual, el de cualquier otro domingo. Caerá la tarde, luego la noche. Las ondas radiarán los partidos de otra jornada de liga. El tráfico y el ajetreo volverá a erigirse en el protagonista de la vida en la ciudad. Esta noche todo estará, de nuevo, en calma. Todos en su sitio, velando armas, a la espera de un nuevo estallido de actualidad mañana, temprano. Mientras tanto, a los pueblos volverá esa estampa de quietud que domina su día a día.

En realidad, pienso a veces, urge que el mundo se pare. Ahora lo pienso de nuevo. Debe ser por esta incontinencia que me acecha últimamente, pero la cuestión es que me gustaría que se parase en cuanto pueda. Aunque sólo sea para que nos demos cuenta de lo mal que nos lo montamos.

Posteado por: mellondeep | 20/01/2012

En busca de un gesto

La mañana era fresca. Bueno, más que fresca, hacía una rasca de cojones, que empezó a invadirme nada más bajar del coche, el cual quedó aparcado en la misma calle donde dejé aquel otro coche que me trajo a este mismo lugar en otra fría mañana de un domingo de enero hace… ¿cuánto? ¿seis años, ya?.

Qué diferente era aquel chaval que bajó de otro coche, azul, aquel día. Era tan diferente que, en ocasiones, sino fuese porque mi memoria retiene demasiadas imágenes y sensaciones, pensaría que no era yo. Pero sí, era yo. Aquel tipo de gafas que estrenaba un abrigo de publicidad reversible que le hacía parecerse a un esquimal no podía ser otro que yo.

Es un lugar muy especial para mí, éste al que volvía. La primera vez me lo descubrieron mis padres, cuando tendría yo unos quince años, y creo que quedé tan fascinado por la belleza que emanaba de sus calles, de sus edificios y del paisaje que lo rodea, que desde aquel día estuve deseando volver. Y ahora que lo he visitado tantas veces, que he paseado por esas callejuelas de día y de noche, es uno de esos sitios a los que, sencillamente, uno tiene irremediablemente que volver de vez en cuando, aunque sea para encontrarme, de nuevo, con todo lo que dejé.

La segunda vez que estuve fue aquel domingo de enero de hace seis años. Lo visité yo solo. Había quedado con un amigo, pero hubo un par de malentendidos y a última hora me dejó tirado, así que decidí que, entre quedarme amargado en mi casa pensando en planes truncados y lo bien que lo podíamos haber pasado, o cambiar por unas horas de aires, haría mi primera escapada en solitario. Poco sospechaba yo todo lo que ese día iba a empezar a vislumbrar en mi interior, y en definitiva a cambiarme, muy poco a poco, la vida. Creo que ese día me empezaron a crecer unas hermosas alas. Es una sensación rara, la de pensarlo tiempo después de haber despegado. Es extraño, como digo, tener la certeza de que el gran sentido de las cosas puede que esté al principio de todo, en ese punto de partida que emprendemos casi a ciegas, y que sólo somos capaces de ver y ubicar en el espacio y el tiempo cuando echamos la vista atrás y nos damos cuenta de lo lejano que queda ya. Lejano, sí, pero ahí está para siempre, y más conviene no olvidarlo. Y, quien me lo iba a decir, mientras escribo esto suena en mis auriculares eso de “caminante no hay camino / se hace camino al andar”.

Pero volvamos a la última vez que estuve allí, la más reciente, que es la que me lleva a largar todo esto.

Después de echar un vistazo y tomar un par de fotos de las vistas del río desde el puente, igual que aquel lejano domingo de hace seis años, ascendí caminando a paso lento por la larga y empinada cuesta que conduce a la parte alta, trazando sus curvas ahora a la izquierda, después a la derecha, mientras pensaba en ese otro lugar de esa ciudad, cercano a aquel por el cual transitaba en aquellos instantes, donde se cuenta una historia que, creo recordar, tiene como protagonista a un joven conocido como “el apuesto Diego”. Sonreí para mí.

Cuando pasé bajo los arcos que llevan a la plaza, ascendí unos metros más hasta llegar a la altura de la catedral, y una vez allí tomé una callejuela que dejaba sus muros a la izquierda, para volver a girar a la izquierda e ir a parar a una calle mucho más estrecha, y menos concurrida que las anteriores.

Caminé ahora muy lentamente, deteniéndome de vez en cuando para contemplar las vistas que se presentaban a mis ojos hacia la derecha, cuando la ausencia de casas permitía otear un paisaje dominado por la luz del sol y sus reflejos en las piedras, y el estrecho puente de madera suspendido en el vacío; pero también teñido de color ceniza, supongo que por el humo de las chimeneas y por la bruma que generaban el río y el frío.

Aquello era increíble, y como no podía ser de otra forma, empecé a batir las alas. Era una de esas situaciones en las que uno no puede tener otra cosa mejor que hacer que echar a volar, una vez más, la imaginación.

A tiro de piedra me quedaba un túnel que sumergía en las sombras la calle durante un par de metros, titulado en su entrada como “pasadizo”. Entré, y leí por tercera vez en mi vida aquella otra leyenda relativa a aquel lugar, una de las típicas castellanas, en la que se narraba en un par de azulejos adosados a la pared la historia de un humilde jornalero, una bella joven que vivía enamorada de él, una relación imposible, un tercero que se entromete y, cómo no, un final de lo más trágico.

Como en las ocasiones anteriores, me planteé si aquello pudo haber ocurrido allí. Pensé en otras épocas. En otras personas. En todas las historias y situaciones que, además de esa que relataba el azulejo, se podían haber vivido y sentido en aquel punto exacto del mapa.

Pensé, sobre todo, en todas esas esas historias que ni las paredes, ni los muros, ni las piedras, se atrevieron ni se atreverán a contar.

De pronto, alguien atrajo mi atención. Cegado por la oscuridad del pequeño túnel, no había reparado en que había alguien más allí dentro.

-El apuesto Diego -me pareció oír, en un hilo de voz, mientras me sentí escrutado por unos ojos que no pude ubicar.

-¿Nos conocemos? -pregunté, temeroso. Lo ubiqué de oídas, ya que allí me sentía incapaz de distinguir forma humana alguna.

En aquel instante distinguí dos puntos brillantes en la oscuridad, que parecían mirarme fijamente.

-Estás temblando. Ven, anda. Siéntate. Hay sitio para alguien más. O, mejor dicho, siempre habrá sitio para ti en un lugar como este.

Lo dirá por los amores imposibles”, pensé, no sin cierta amargura. Su voz sonaba joven, fresca. Muy cercana. Casi diría familiar, aunque mi memoria no la terminaba de ubicar. Sin plantearme qué extraña pulsión me llevaba a hacer aquello, me senté al lado de los dos puntos brillantes, y casi instantáneamente sentí una oleada de calor humano, ternura o algo parecido.

-¿Por qué estás aquí? -le interrogué. Los ojos parecieron brillarle, por segundos, con algo más de intensidad.

-¿Te extraña que esté aquí? -su pregunta dejaba caer un tono de incredulidad.

-Bueno… me extraña encontrarme personas en estos lugares. Aquí dentro, quiero decir.

-Curioso.

No respondí, así que volvió a hablarme.

-Te extraña encontrarme aquí, y sin embargo, has venido porque intuías que me encontrarías. Porque sabes que he venido a lo mismo que has venido tú.

Volví a quedarme mudo.

-¿O me equivoco? -uno de los puntos se ocultó durante unas décimas de segundo. ¿Un guiño, quizás?

-Bueno, necesitaba un déjà vu. Para ir tirando, ya sabes.

-Ah.

Permanecimos ambos callados unos segundos. ¿O fueron unos minutos?

-¿Conoces el amor, Diego? -me preguntó de forma repentina.

Sonreí interiormente, recordando ese dicho que reza algo así como que cuando hables, procures que tus palabras sean mejores que el silencio.

-Pues… quizá sí. Pero en realidad no lo sé. -Al terminar la frase sentí más frío. O puede que sólo fuese una pequeña ráfaga de tristeza.

-¿Nunca has estado enamorado?

-Pues tampoco lo sé. Si alguna vez lo he estado, no me ha durado mucho.

-¿Y eso?

-Bueno, imagino que no habré sido correspondido. Así que a fin de cuentas conozco más el desamor.

Se hizo el silencio. Y no sé a cuento de qué, me vino a la mente un eslogan muy gracioso que leí en algún trozo de papel, no hace mucho. “Loterías y apuestas del amor”, decía. Ah, ya recuerdo donde. En la invitación de una boda.

-Entiendo -respondió, al fin.

Nuevo silencio. Esta vez más breve que el anterior, interrumpido por una nueva pregunta suya.

-¿Qué es el amor, entonces?

¿Era posible que alguien me hiciese esa pregunta, precisamente, en aquellos momentos? En aquel punto de mi vida en el que casi todo se me sacudía, por fuera y por dentro, adquiriendo a veces nuevos significados, y otras veces quedando sólo conceptos vacíos y aislados, a los que era incapaz de encontrarle sentido, yo tenía que explicarle a aquel tipo del cual sólo podía distinguir el brillo de sus ojos en la oscuridad lo que era el amor para mí.

Por todo eso, preferí ser honesto conmigo mismo, y también con mi acompañante, por muy interesante que me resulte siempre tratar sobre tal asunto.

-Creo que, hoy por hoy, no estoy en condiciones de poder definir el amor. Al menos de forma más o menos lúcida.

-Pues entonces descríbelo como te apetezca. Invéntate una definición. Al fin y al cabo cada ser humano tendrá la suya, ¿no crees?

Aquella reflexión me recordó a una de un texto que me gusta tener muy a mano, y que siempre que lo releo termino llorando a lágrima viva. Pensé que no me quedaba otro remedio que utilizarla.

-Un día leí que lo jodido del amor es que uno se lo tiene que inventar todo. Así me siento yo a veces.

-¿Te inventas el amor, entonces?

-Quizá sí.

-¿Cómo lo haces?

-Pues puede que incluso se me dé bien, porque creo que lo hago de varias maneras.

-¿Por ejemplo?

-Bueno… en ocasiones una sola mirada me basta para inspirarme. Para sentirme muy vivo. Para pensar que todo lo que me rodea vale la pena. Que todo lo que me ha traído hasta aquí está cargado de sentido. Para llenarme de ilusión, energía y vitalidad, y pensar que siempre habrá alguien por quien merezca la pena inventármelo. Aunque sea por un instante. Aunque no sea correspondido. O, peor aún, aunque nunca llegue a conocerle. Imagino que algo así debe ser el amor. Una especie de huida hacia adelante, de flujo que te mantiene agarrado a la idea de que todo esto tiene más sentido cuando uno se deja la piel. Cuando te sientes envuelto por algo; algo mucho más grande que tú y yo juntos. Cuando sólo te crees capaz de dar lo mejor de ti mismo.

-Al final lo has definido sin querer.

Sonreí.

-¿Y lo haces mucho, dices, eso de inspirarte?

-Eso creo.

-¿Crees?

-Uno tiene demasiado por dar, y todas esas cosas.

-Entonces no te estás inventando nada. Sólo sacas lo que tienes dentro.

-Podría ser.

-¿Piensas que encontrarás a alguien?

-¿Qué más da lo que yo piense respecto a eso?

-Bueno, a mí me interesa.

-Pues… hace tiempo que lo de encontrar a alguien lo doy por imposible.

-Lo cual no significa que lo sea.

-De ahí lo que te decía, de que lo que yo piense no va a cambiar nada.

-Lo importante es que no pierdas la ilusión de encontrar aquello que te hace inventar lo que inventas. Esa mirada. O ese gesto. Y que tengas la certeza de que se pueden presentar de múltiples formas.

Incluso sin rostro”, estuve tentado de decirle, pero no lo hice. En lugar de eso, aproveché un nuevo silencio para, allí en la oscuridad, batir de nuevo las alas.

-Es todo tan… -balbuceé.

Los dos puntos brillantes se clavaron en mis ojos.

-¿Mágico? -creí escuchar.

-Por ejemplo -admití- Debe de ser eso. Entre otras cosas, claro.

Sentí la calidez de una mano deslizándose por mi espalda, después bajando por mi brazo, hasta detenerse a la altura de mi mano diestra.

-Sigues temblando -me dijo la voz, cogiéndome de la mano.

Deseé que el mundo acabase, o mejor aún, que se detuviese en aquel preciso instante.

Mi pensamiento volvió a todo lo que en aquellas paredes se pudo vivir a lo largo de tanto tiempo. A tantos sentimientos que nunca pudieron ver la luz. A tantas almas amando a escondidas, como puede que haya hecho yo muchas veces.

Como quizá estaba volviendo a hacer en aquel momento aquella mañana, mientras temblaba de frío, o de lo que fuese, agarrado a una mano cuyo tacto creía haber catado antes.

-Gracias por dejarte ver -dije, emocionado, dirigiéndome a los dos puntos brillantes, al tiempo apretaba su mano-. Gracias por existir.

Hay sueños de los que, felizmente, uno no despierta nunca. Y puede que sean esos sueños los que, a fin de cuentas, le mantienen a uno vivo. Muy vivo.

Posteado por: mellondeep | 19/01/2012

Mundos sin fin

La luna brilla fríamente sobre un cielo azul intenso, donde escasas estrellas relucen pálidas como mica. La sombra llena la mitad de la calle, grabando en los guijarros una silueta de tejados, chimeneas y cornisas, dejando el otro lado blanco de luna. Las fachadas de las casas con sus escuetas ventanas podían estar talladas en hielo. En la oscuridad de un portal cabecea una mujer acurrucada bajo un mantón pardo. Sin embargo, del acordeón que apoya en su regazo sale una canción que oscila y danza por la silenciosa calle abajo. En el escalón de la puerta, hay un platillo para los céntimos. En la puerta contigua, dos golfillos duermen arrebujados. La luna destaca con burlón interés sus flacos pies llenos de mugre, sus piernas estiradas sobre el helado pavimento y los asquerosos harapos que apenas cubren sus carnes. Dos hombres salen tambaleándose de una taberna, cogidos del brazo; dos pobres hombres con trajes de pana, que andan, vacilantes, haciendo grandilocuentes ademanes de lástima, derribando las rígidas fachadas con generosas frases de borracho, sostenidos a medias por el calor del vino. (…)

Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo: un odio, hasta entonces amortiguado, se despertaba en su alma contra la sociedad, contra los hombres…

De veras te digo —concluyó diciendo— que quisiera que estuviera lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho ascuas.

Y, rabioso, invocó a todos los poderes destructores para que redujesen a cenizas esta sociedad miserable.

Jesús le escuchaba con atención. —Eres un anarquista —le dijo.

¿Yo?

Sí. Yo también lo soy.

¿Tú?

Sí.

¿Desde cuándo?

Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que he visto cómo se entrega fríamente a la muerte un pedazo de Humanidad; desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y en los hospitales —contestó Jesús con cierta solemnidad.

Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la Ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.

El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la Vía Láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.

A lo lejos, el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.

El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.

¡Cuánta estrella! —dijo Manuel—. ¿Qué serán?

Son mundos, y mundos sin fin.

No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos? —preguntó Manuel.

Quizá, ¿por qué no?

¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?… ¿Eh? ¿Crees tú?

Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril…

En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.

No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido a la ley del deber, y el horizonte de la Humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul…

Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel… Luego, los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.

Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma…

Rocinante vuelve al camino (John Dos Passos)

Posteado por: mellondeep | 12/01/2012

Tormenta. Tecla. Teclado. Origen

En días como los que estoy atravesando últimamente creo que escribiría no una columna, sino un libro entero. Y sin embargo no lo hago. No lo hago, y ni siquiera sé las razones, a estas alturas de mi vida.

Quizá terminaría por contar una historia incongruente, carente de sentido. Eso es lo malo de no ser escritor, que ya te puedo avanzar que vas a encontrar mucha poesía barata en las próximas líneas. Que cuando pares de leer puede que tengas la certeza de que has perdido tu tiempo, y por eso te aviso de antemano.

Pero sin embargo, por lo que a mí respecta, aquí voy a seguir. Escribiendo casi por escribir, letra a letra, palabra a palabra, construyendo frases que hoy son de un color y mañana serán, probablemente, de otro. Que quizá algún día sean relevantes para alguien, aunque también es probable que, como tantas otras cosas, se diluyan en el vacío.

Pero tengo que seguir. Lo necesito casi como el comer, en días así. A veces me pregunto qué sería de mí sin mis textos, aun hoy, después de haber derribado tantas barreras que yo mismo me impuse a costa de mi propia persona.

¿Qué me pasa?”, me pregunto. “Ahora, ¿qué?”. Y no sé responderme.

¿Cómo me siento?”, me vuelvo a preguntar. Tantos meses jugueteando con ideas, con conceptos, con palabras, para esto. Para que cada vez me resulte más complicado expresar(me) cómo me siento.

Pero uno ya se conoce lo suyo. Por eso de vez en cuando me toco ciertas teclas, intuyendo lo que puedo llegar a desencadenar en mi interior. Haciendo cosas diferentes. Originando terremotos que, felizmente, sólo me afectan a mí, mientras el resto del mundo permanece ajeno e inalterable.

Por eso, apago todo, y en el más absoluto de los silencios, trato de encontrar una respuesta medianamente razonable, y sigo digiriendo el último chute de estímulos.

Enero. Camino. El centro de la plaza. Las risas que nos echamos aquel sábado. Chopos. Recta. Macy Gray. Torre lejana. Estación abandonada. Torre cercana. Pájaros revoloteando 369 días después. Sol tenue. Lo castizo. Molinos. Belenes. El manchego. Horizontes infinitos. Puesta de sol. Crepúsculo. Calles vacías. Vapor. Pensamientos puros. Manos inmóviles. Luna casi llena. Luces a lo lejos. I believe in something. La llanura enmudecida. Frío amanecer. Encuentros conmigo mismo. Fotos perdidas. La memoria y el olvido. La venta y la noria. Pasar sin llamar. Fotos re-encontradas. Rectas y curvas. Sol radiante. Patio de armas. Ávila y Calpe. Patos en el estanque. Extrarradio. Mente inquieta. Mandarinas. Rioja. Acento. Atracción. Andenes. Radio. Pegatina azul. Paco, Pepe, Armenteros y compañía. Bufandas del Granada. Sonrisas. Tumulto. Comida / Merienda / Cena. La barra que da a la calle. Miradas perdidas. Propina. Magia. Niños intrépidos. Inocencia. Ternura. Relojes. Vista atrás. Cuesta. Leones y columnas. Las Letras. La voz acatarrada de los abuelos desde el callejón. Santa Ana. Luces. Mercadito. El saludo del desconocido. Mirada iluminada. Imanes, llaveros y dedal. Release yourself. El codo. La estatua solitaria que una tarde posó junto a mí. Explanada. Vistas nocturnas. El rumor incesante. Parejas. El reflejo de las piedras en la oscuridad. Platón. Skyline. Manos casi inmóviles. We found love. Próxima parada. Dos estrellas. Tres. Cuatro. La Puerta del Sur. Espejo. Cercanía. Galletas. Pies desnudos. Roce. Compañía. Cariño. Jerseys de quita y pon. Cruasán caliente. Fotos. Invierno. Imágenes retenidas. Postales. Posteridad. Parar el tiempo cada segundo. Sol más radiante. Detrás de cada paso. Luz natural. Contrastes. Té con jazmín. Memoria. Memorias. Mente selectiva. Naturalidad. Escucha. Sé y haz. Intensidad. El retorno. Lo que se queda. Lo que dejo. Todo lo que me llevo. Pelos de punta. A flor de piel. Paco, Pepe, Armenteros y compañía sonando en el coche. Ocre. El monasterio. Los campos encendidos despidiendo el día. Recuerdos de aquel viaje. Lágrimas. Alto en el camino. La primera vez. La mitad del trayecto. Manzana, plátano y galletas. Siluetas recortadas en el atardecer. Sonideros. Los domingos anteriores. Paisajes plateados. A Dub for Mali. Tormenta visual. Tormenta sonora. Tormenta sensorial. Tan lleno. Tan vacío.

Ahora salgo a la calle y vuelvo a ver lo mismo de siempre. Los días y las noches se siguen sucediendo. El mundo sigue girando, quien me lo iba a decir, tal como lo hacía hace una semana, o como hace dos y también tres. Las piezas del puzzle parecen recolocarse poco a poco. Pero después de unos días en los que a la mínima se me ha erizado el vello y se me ha puesto la piel de gallina, no seré tan ignorante de pensar que nada ha cambiado, y de ignorar lo que ocurre, o ha ocurrido, dentro de mí.

Ahora todo es distinto, al menos por dentro. Ahora vivo despacio, pero vivo. Y en momentos como éste echo la vista atrás, y recuerdo tanto tiempo vacío, en el que ni siquiera vivía despacio porque apenas vivía. No vivía mi vida, quiero decir. Vivía la de otros, aunque aún no sepa cómo se hará eso. Presenciaba, a veces expectante, desfilar de largo mis ilusiones, mis sentimientos, y al instante me despegaba de ellos. Aunque ahora tampoco sepa cómo uno puede aprender a hacer algo así.

No me siento especialmente bien, ni tampoco mal. Tampoco triste. Mi estado de ánimo varía constantemente en las últimas semanas, pero lo cierto es que no tengo ni puñetera idea de cómo me siento. Sólo sé que me siento diferente, y que también sentirse así tiene que llevar, necesariamente, a algo, aunque esto último sea, básicamente, una intuición.

Recuerdo esa sensación lejana de no sé cuanto tiempo atrás, cuando me sentía como si me faltase algo, o alguien. Me cuesta un huevo sonreír, o más que eso, me cuesta echar mano de esas finas ironías que uno se fabrica con más o menos frecuencia para ir tirando. Abro la agenda del recién estrenado año. Paso las páginas aleatoriamente buscando frases lapidarias, de ésas que me gustan a mí. Lloro. A veces (creo) de alegría; otras veces no tengo ni idea del motivo, pero la cuestión es que las lágrimas terminan por aparecer en mi rostro. Como sin mucha hambre, y bebo sin apenas sed. Duermo sin excesivo sueño. O quizá sí tenga hambre, sed, sueño y todas esas cosas, pero las considero tan secundarias durante estos días, que si no fuese yo el protagonista de todo esto, me resultaría casi irrelevante satisfacer estas necesidades.

Pero soy yo, y debo suponer que, a pesar de todo, sigo caminando en una sola dirección.

Ésa es casi la única certeza que tengo respecto a mi vida en el día de hoy: que sigo caminando, sin tener la mínima idea de hacia donde voy. Y que, aún así, sin conocer el destino, no puedo parar ahora. O no debo. Que quizá después de todo esté moviéndome en la oscuridad, pero en la dirección correcta.

Imagino que suena muy gracioso. Y muy poético.

A veces me río, aunque sea interiormente, cuando pienso en el típico elogio que he recibido desde pequeño. Bueno, no desde pequeño, porque yo de pequeño era un demonio. Pero por lo visto al entrar en ese terreno tan pantanoso que -dicen- es la adolescencia, quizá por miedo, o por pudor, parece que me apacigüé. Y entonces los mayores, y en especial los profesores, me decían que tenía muy bien amueblada la cabeza. Sí señor. Me lo decían los demás, y entonces también terminé tragándomelo y diciéndomelo yo. Y sin embargo, aquí me tienes. Sí que la tengo amueblada, sí. La tengo tan amueblada que, tras casi treinta tacos viviendo en mi propio pellejo, no sé qué diablos quiero hacer con mi vida. Por eso ahora me pregunto qué podía significar aquello de la cabeza amueblada, cuando cualquier estímulo nuevo me remueve todo lo que parecía estable, sin tener ni la más mínima idea de a dónde me puede conducir.

Cuando uno ve cómo se tambalea lo que llevó tiempo y trabajo construir, se pregunta muchas cosas, y más que una cabeza amueblada, lo único que se tiene son muchas dudas.

O igual sólo es que soy demasiado sensible. O demasiado débil. O demasiado humano.

Leí un buen día que existen otros mundos, pero que todos están dentro de éste. Y me digo que hay algo de cierto en esta cita, porque en mi caso tiene mucho de verdad. Hace tiempo que empecé a crear y diseñar mi mundo, un mundo más o menos a mi medida, o incluso a mi imagen y semejanza. En la mayoría de ocasiones que lo pienso, me felicito por ello, e incluso creo que algo de mérito debo atribuirme. Mi madre, por ejemplo, no opina lo mismo, ya que siempre ha parecido reprochármelo. “Es que tú siempre has ido a tu bola”, me espeta. Y nunca he entendido qué es lo que me echa en cara, cuando mi mundo siempre termina donde empieza el de los demás. Yo no impongo nada a nadie. Tú llevas unos minutos sumergido en mi mundo, leyendo estas líneas, y nadie te ha obligado a entrar, así como nadie te obliga a permanecer en él.

Tengo que admitir que vivir en mi mundo a veces es la hostia.

¿Sabes? Un día, no sé a cuento de qué, imaginé cierta situación. Yo estaba en una gran ciudad. Era de noche. Paseaba por las plazas, por los parques. Creo que hacía frío. No estaba solo. Venía alguien conmigo. En un momento del paseo, nos paramos y nos abrazamos, no sé durante cuanto tiempo, en mitad de la calle, sin importarnos todo lo que nos rodeaba.

Hace algunas noches, presencié una situación idéntica a la que imaginé. Paseaba por un parque en aquella misma ciudad, y vi allí en medio a dos personas, abrazadas, sin despegarse una de la otra. Ajenas a todo, rodeadas por el manto oscuro de la noche, con las interminables luces titilando al fondo. Sentí frío. Y sentí también una extraña sensación, como si dos trenes chocasen, el de mi mundo imaginario y el del real. La diferencia, la única, era que en el real yo no era, como de costumbre, el protagonista de la historia. Y pensé que eso es lo que me revienta de la realidad, que yo casi siempre soy el espectador.

Eso es lo jodido. Que mi papel en el mundo real se suele limitar a salir a la calle y encontrarme, una vez más, con lo de siempre. Con miradas vacías, con semblantes inexpresivos. Con maneras que me resultan bastante curiosas, o distantes, de llevar a cabo una vida, una existencia, o una “como quieras llamarle”.

Es entonces cuando palpo el vacío, y te puedo asegurar que duele. Duele, cuando uno marcha, irremediablemente ya, hacia las profundidades, y se da cuenta de todo lo que queda en la superficie. Por cada acera, por cada esquina, por cada asiento del tren, buscando las huellas de los que pasaron antes por allí. Recogiendo lo que otros sintieron, y reciclándolo a mi manera. Pensando inútilmente en la razón por la cual los mismos estímulos que yo recibo provocan respuestas tan dispares en los demás; o, peor aún, esos mismos estímulos no provocan respuestas.

En realidad es bastante curioso, todo esto.

Es una especie de regreso al origen, lo que estoy viviendo estos días. A no explicarme nada, o casi nada. A re-plantearme muchas cosas. A activar en mi ser esa tecla que me obliga a sentarme ante este teclado para intentar colorear los sentimientos que me envuelven con palabras.

Y aunque por mucho que lo intente nunca consiga explicarlo como un escritor de verdad, me alegro mucho de estar viviendo, de nuevo, algo así. De encontrarme con esa parte tan extraña de mi que ya creía perdida, y que, para qué engañarnos, echaba de menos.

Podrá parecer una tontería, pero de alguna forma me reconforta el simple hecho de reflejarlo aquí. De esta forma siento que estoy cumpliendo conmigo mismo. Honrando de alguna manera la sensación de que no puedo, ni debo, dejar que pase de largo, porque ya he dejado escapar demasiado en lo que llevo de vida.

Es ahora cuando más impulsado me siento a seguir haciendo cosas diferentes, a eliminar de mi vida la palabra “rutina”, a jugar de nuevo con el cubo de Rubik que me acabo de comprar. A combinar colores, y a hacer de mi vida algo parecido. A seguir contrastando mi mundo con los demás, a base de tormentas sensoriales, de chutes masivos de estímulos, aunque sea sólo para ver si algún día seré yo el protagonista en ambos.

A continuar, en definitiva, tocando las teclas que me erizan el vello y me ponen la piel de gallina. Las teclas que activan este teclado, y que han provocado todo lo que estoy terminando de contar.

Y aún no me he quedado a gusto; tengo mucho más por aquí, que irremediablemente deberá ser escrito. Porque es por lo que dejo en estas líneas, y sobre todo por lo que queda de mí entre ellas, por lo que estoy aquí.

Porque cuando uno ve, oye y siente mucho a su alrededor, que existan o no las palabras para transmitirlo y explicarlo es lo que menos me debe importar. Por mi propio bien, yo sólo debo intentarlo. Y por descontado, vivirlo tan intensamente. Aquí empieza y termina mi deber.

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